Amanda no abrió los ojos de inmediato cuando despertó del todo. Permaneció inmóvil, con la respiración controlada, fingiendo un sueño ligero mientras su mente ya trabajaba con una precisión casi quirúrgica. Había aprendido hacía años que, en situaciones de desventaja, el cuerpo debía parecer débil aunque la cabeza estuviera más despierta que nunca.
El olor a madera húmeda fue lo primero que registró. Luego el aire frío, distinto al de París. No era el frío elegante de una ciudad europea, sino u