Mundo ficciónIniciar sesiónEl día que Ximena Salazar cumplió treinta años, su mundo perfecto se hizo pedazos. Después de doce años de matrimonio, descubrió que su esposo Danilo Alcántara no solo la engañaba con su hermanastra, sino que planeaba internarla en un psiquiátrico para robarle la herencia de su abuela. Esa misma noche, Thiago Monteverde —el magnate más temido de la Ciudad de México y enemigo mortal de los Alcántara— le hizo una propuesta indecente: "Finge ser mi amante durante un año. Te daré el poder para destruirlos a todos." Pero Thiago ocultaba un secreto devastador: Ximena no era quien creía ser. Y cuando la verdad salga a la luz, tendrá que elegir entre la mujer que fue... y el monstruo en el que está a punto de convertirse. Porque en el juego de la venganza, no hay inocentes. Solo sobrevivientes.
Leer másEl sabor de la sangre en su boca era lo único real en un día que parecía sacado de sus peores pesadillas.
Ximena Salazar subió las escaleras de su casa con el pastel de tres leches equilibrado entre sus manos temblorosas. Treinta velas doradas coronaban la superficie blanca, reflejando la luz del atardecer que se filtraba por los ventanales. Había pasado toda la tarde horneándolo, siguiendo la receta de su abuela Leonora, la única persona que realmente la había amado sin condiciones.
Las llaves tintinearon en la cerradura de la habitación principal. Extraño. Danilo nunca cerraba con llave. El corazón de Ximena comenzó a latir con un ritmo irregular mientras giraba el pomo, empujando la puerta con el hombro.
La escena que se desplegó ante sus ojos la golpeó con la fuerza de un tren descarrilado.
Su esposo, Danilo Alcántara, el hombre con quien había compartido doce años de su vida, estaba sobre su hermanastra Jade. Las sábanas de seda egipcia —las mismas que ella había lavado esa mañana— estaban enredadas en los cuerpos desnudos de ambos. La luz dorada del ocaso bañaba la obscenidad de la traición, haciéndola más real, más hiriente.
El pastel se estrelló contra el suelo de mármol. El sonido fue como un disparo en el silencio cargado de la habitación.
Danilo se giró con una calma que resultaba más insultante que cualquier disculpa. No había vergüenza en sus ojos oscuros, solo una especie de fastidio, como si Ximena hubiera interrumpido algo importante. Se levantó sin prisa, recogiendo sus pantalones del respaldo de la silla. La silla donde ella se sentaba cada noche a cepillarse el cabello.
—Ximena. —Su voz era fría, desprovista de cualquier emoción—. Esto iba a suceder tarde o temprano.
Jade se incorporó lentamente, cubriéndose apenas con la sábana. Su cabello rubio —teñido, siempre teñido— caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Había algo parecido a la satisfacción brillando en sus ojos verdes, un triunfo silencioso que Ximena reconoció de inmediato.
—Lo siento, hermana. —Las palabras de Jade sonaban huecas, vacías de cualquier arrepentimiento genuino—. Pero esto lleva dos años. Ya era hora de que lo supieras.
Dos años.
La cifra resonó en la mente de Ximena como una campana funeral. Dos años de mentiras. Dos años en los que había dormido junto a un extraño. Dos años en los que había preparado cenas, planchado camisas, sonreído en fotografías familiares mientras su esposo se acostaba con su hermanastra a sus espaldas.
—¿Dos años? —La voz de Ximena salió como un susurro roto, casi inaudible—. ¿Cuánto tiempo, Danilo?
Él se abotonó la camisa con movimientos metódicos, sin mirarla directamente. La luz del atardecer acentuaba la mandíbula cuadrada que alguna vez había encontrado atractiva, los labios que había besado miles de veces sin saber que mentían con cada caricia.
—¿Realmente importa? —Danilo se giró finalmente, y Ximena vio algo en su rostro que nunca había notado antes: desprecio puro, destilado—. Eres hermosa como adorno, Ximena. Una pieza decorativa perfecta para las cenas de negocios y las galas benéficas. Pero en la cama, tu hermana es... creativa.
El golpe físico habría sido menos doloroso.
Ximena sintió cómo algo dentro de ella se quebraba. No fue ruidoso. No hubo lágrimas. Fue como el hielo bajo presión: silencioso, definitivo, irreversible.
—Vete. —La orden de Danilo cortó el aire como un cuchillo—. Quiero que salgas de esta casa ahora.
—¿Qué? —Ximena parpadeó, procesando las palabras—. Esta es mi casa. La compramos juntos...
—Está a mi nombre. —Danilo se acercó, y por primera vez, Ximena vio la verdadera cara del hombre con quien se había casado. No había nada del chico encantador que la había cortejado en la universidad. Solo había cálculo frío, ambición desnuda—. Todo está a mi nombre, querida. La casa, los autos, las cuentas bancarias. Incluso ese collar que llevas puesto es técnicamente mío.
Las manos de Ximena volaron instintivamente al collar de perlas que su abuela le había regalado en su boda. La última pieza de su herencia familiar que Danilo aún no había tocado.
—No puedes... —comenzó, pero Danilo la interrumpió.
—¿No puedo? —Una sonrisa cruel curvó sus labios—. Ya lo hice. Mañana mis abogados te enviarán los papeles del divorcio. Y hay algo más que deberías saber.
De la mesita de noche, Danilo extrajo una tablet. La encendió y se la mostró. La pantalla mostraba un video de Ximena en su estudio, hablando sola. Pero no era cualquier video: estaba editado para que pareciera desequilibrada, inestable. Sus palabras habían sido cortadas y reorganizadas para crear una narrativa de locura.
—Mi primo Augusto es psiquiatra, ¿lo recuerdas? —continuó Danilo con una calma escalofriante—. Muy respetado. Estará encantado de testificar sobre tu estado mental deteriorado. Especialmente después de que le muestre estos videos y las "preocupaciones" que he documentado durante meses.
El horror se deslizó por la columna vertebral de Ximena como agua helada.
—Estás mintiendo. Nadie te creería...
—¿No? —Danilo se acercó más, su aliento cálido contra el rostro de ella—. Eres una mujer que acaba de perder a su abuela, que heredó una fortuna considerable. Es perfectamente razonable que el estrés te haya afectado. En una semana, estarás internada. En un mes, tu herencia será mía. Todo legal, todo perfectamente documentado.
Quinientos millones de pesos. La herencia de su abuela Leonora. El último regalo de la única persona que había creído en ella.
Ximena retrocedió, tropezando con los restos del pastel en el suelo. El merengue blanco manchaba sus zapatos, como una metáfora de todo lo que había sido destruido en esos minutos eternos.
—No... —susurró—. No puedes hacerme esto.
—Ya lo hice. —Danilo señaló la puerta con un gesto despectivo—. Ahora vete. Y si intentas causar problemas, si le cuentas a alguien sobre esto, me aseguraré de que te encierren en el peor psiquiátrico de la ciudad. Créeme, conozco lugares donde nadie te encontrará jamás.
Jade seguía en la cama, observando la escena con una mezcla de aburrimiento y satisfacción. No dijo nada. No tenía que hacerlo. Su victoria era absoluta.
Ximena salió de esa habitación con las piernas temblando. Bajó las escaleras como una autómata, sus pies moviéndose por pura memoria muscular. Tomó su bolso del recibidor —un bolso de diseñador que Danilo le había regalado en su último aniversario— y salió de la casa que había considerado su hogar durante una década.
La noche había caído sobre la Ciudad de México. Las luces de Polanco parpadeaban a su alrededor, indiferentes a su dolor. Ximena caminó sin rumbo, sus tacones repiqueteando contra el pavimento en un ritmo hipnótico.
Intentó llamar a Carolina, su mejor amiga desde la preparatoria. El teléfono sonó cinco veces antes de ir a buzón. Probó otra vez. Nada. Un mensaje de texto apareció minutos después: "Ocupada, hablamos mañana."
Mañana. Como si hubiera un mañana para ella.
Marcó el número de su padre. Ernesto Salazar había rehecho su vida después de la muerte de su madre, casándose con Lorena —la madre de Jade— y creando una nueva familia que no incluía realmente a Ximena. El teléfono sonó y sonó hasta que finalmente saltó el buzón de voz.
Completamente sola. Esa era la verdad desnuda y brutal. Estaba completamente sola en una ciudad de millones.
Sus pies la llevaron a un bar que reconoció vagamente de alguna cena de negocios pasada. "Obsidiana", decía el letrero en letras plateadas. El interior era todo elegancia oscura: paredes de madera negra, iluminación tenue, y el tipo de clientela que pagaba más por un trago de lo que ella ganaba en una semana.
Antes de casarse. Antes de abandonar su carrera de arquitectura para convertirse en la esposa perfecta.
Ximena se dejó caer en un taburete del bar, consciente de que solo tenía trescientos pesos en su cartera. Suficiente para un trago. Uno solo.
—Un mezcal. El más barato que tengan. —Su voz sonaba extraña, como si perteneciera a alguien más.
El bartender, un hombre joven con tatuajes en los antebrazos, la miró con una mezcla de curiosidad y compasión. Debía verse tan destrozada como se sentía.
—Son quinientos el shot más económico, señorita.
Por supuesto que lo era. Ni siquiera podía permitirse ahogarse en alcohol adecuadamente.
Ximena estaba a punto de levantarse cuando una voz profunda, cultivada, cortó el aire:
—Póngale el Clase Azul Reposado. Y cárguelo a mi cuenta.
Se giró en el taburete. Un hombre estaba de pie a pocos metros de distancia, observándola con una intensidad que debería haberla asustado pero, en cambio, la mantuvo inmóvil. Era alto, devastadoramente guapo de una manera casi cruel: cabello negro peinado hacia atrás, mandíbula cincelada, y ojos de un gris tormentoso que parecían ver a través de ella.
Vestía un traje que probablemente costaba más que su antiguo salario anual. Había poder en la forma en que se movía, una confianza absoluta que solo venía de años de tener el mundo a sus pies.
—No acepto bebidas de extraños. —Las palabras de Ximena salieron automáticamente, una réplica de las buenas costumbres que su abuela le había inculcado.
El hombre sonrió. No fue una sonrisa amable.
—No soy un extraño, Ximena. —Se acercó, ocupando el taburete junto a ella con movimientos fluidos—. Sé quién eres. Sé lo que acaba de pasarte. Y sé exactamente cómo destruir a quien te destruyó.
El corazón de Ximena se detuvo. El bar, con su música suave y sus conversaciones murmuradas, desapareció. Solo existía este hombre de ojos grises y promesas oscuras.
—¿Quién eres tú? —susurró.
Él extendió su mano. Los dedos eran largos, elegantes, con un anillo de sello en el meñique que llevaba un símbolo que ella no reconoció.
—Thiago Monteverde. —Su nombre cayó entre ellos como una piedra en agua quieta—. Y tengo una propuesta que no podrás rechazar.
Cuando todos los enemigos están en la misma habitación, la única ventaja que tienes es el elemento de sorpresa. Y esa ventaja dura exactamente tres segundos.Ximena lo comprendió cuando Thiago sacó su teléfono móvil y su rostro se transformó en piedra pura.—No hay señal —dijo, y su voz sonó demasiado controlada, demasiado calmada—. Nada de nada.Danilo verificó el suyo. Luego Renata. Todos los dispositivos mostraban la misma pantalla: sin servicio.—Bloqueador de señal —murmuró Danilo, y algo en su tono hizo que Ximena sintiera un escalofrío recorrerle la columna—. Miranda no solo cortó la electricidad. Cortó toda comunicación con el exterior.Estamos solos, pensó Ximena, y la realidad de esas dos palabras la golpeó como un puño en el estómago. Completamente solos.
Cuando el enemigo te invita a sentarte a su mesa, la única pregunta real es: ¿cuál plato te van a servir primero?Ximena se detuvo en el umbral de la puerta abierta, con el corazón martilleando contra sus costillas. Thiago la sujetó del codo, un gesto protector que ella sintió más como una advertencia. Ambos miraban la escena imposible que se desarrollaba ante ellos: Damián Alcántara sentado en un sillón de cuero café, con una taza de café humeante entre las manos, como si fuera domingo por la mañana y estuviera en su propia sala.La casa era modesta pero bien mantenida, con paredes color crema y muebles funcionales que hablaban de una vida construida lejos de los reflectores. Nada que ver con las mansiones ostentosas de los Alcántara.—No se queden en la puerta —dijo Damián con una calma que erizó cada vello de la nuca de Ximena—. Es
Los muertos no escribían cartas. Pero cuando lo hacían, el mundo entero temblaba.Thiago sostenía el sobre con las manos temblorosas, como si contuviera no papel sino dinamita. Ximena lo observaba desde el otro lado de la mesa del comedor, estudiando cada micro expresión que cruzaba su rostro: incredulidad, esperanza, miedo. Una trinidad emocional que pocas veces había visto en un hombre tan controlado.—No puede ser real —murmuró Thiago, pero sus dedos ya estaban deslizándose bajo la solapa del sobre.La carta emergió lentamente. Papel crema, letra cursiva ligeramente inclinada hacia la derecha. Ximena se acercó lo suficiente para ver el contenido sin invadir el momento. Las palabras eran escasas, directas:"Hermano: Sé que pensaste que estaba muerta. Sé que has sufrido. Pero estoy viva, y necesito verte. Hay cosas que debo decirte antes de que sea demasiado tarde. V
Amor imposible no era solo un concepto de los libros de romance; era una sentencia que alguien había escrito sobre sus vidas sin que ellos lo supieran.Ximena lo comprendió cuando el técnico del laboratorio independiente le ató la banda elástica alrededor del brazo y le pidió que cerrara el puño. La aguja penetró su piel con una precisión clínica, y observó cómo su sangre llenaba tres tubos de vidrio etiquetados con códigos alfanuméricos. A su lado, separado por un biombo translúcido que no ocultaba las siluetas, Thiago pasaba por el mismo proceso.—Cadena de custodia completa —explicó la doctora Ramírez, una mujer de cincuenta años con lentes de montura metálica y expresión impasible—. Los tubos serán sellados en su presencia, transportados por correo certificado con rastreo GPS, y procesados bajo supervis
Los muertos no hablaban, pero a veces dejaban que sus palabras siguieran hablando por ellos mucho después de que el silencio los envolviera.Ximena lo comprendió cuando llegaron a la clínica privada del Dr. Herrera y encontraron el lugar acordonado con cinta amarilla. Tres patrullas bloqueaban la entrada principal, sus luces rojas y azules pintando la fachada blanca del edificio con colores de alarma. Un par de paramédicos salían por la puerta lateral cargando una camilla cubierta con una sábana blanca que no ocultaba del todo la forma humana debajo.Thiago frenó el Aston Martin con brusquedad que hizo rechinar las llantas contra el pavimento. Salió del auto sin apagar el motor, dejando la puerta abierta mientras corría hacia la entrada. Ximena lo siguió, sus tacones resonando contra el concreto en el amanecer grisáceo.Un oficial uniformado les cortó el paso con una mano levanta
Los hospitales eran los lugares donde las personas más vulnerables se congregaban; los depredadores lo sabían perfectamente.Ximena lo comprendió mientras observaba el pasillo de la unidad de cuidados intensivos transformarse en una fortaleza. Thiago había llegado cuarenta minutos después de su llamada, acompañado de un equipo que se movía con la precisión de una operación militar. Cuatro hombres de traje oscuro tomaron posiciones estratégicas alrededor de la habitación de Jade: dos flanqueaban la puerta, uno vigilaba el acceso al pasillo y el cuarto se apostó frente a los elevadores.—Nadie entra sin autorización expresa —ordenó Thiago al jefe de seguridad, un hombre corpulento de apellido Reyes—. Ni médicos, ni enfermeras, ni personal de limpieza. Verificas identidad con el hospital antes de permitir cualquier movimiento.Reyes asinti&oacu





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