Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en la villa Portal olía a jazmín, a pan recién horneado, y a secretos.
Los pasillos vibraban con una actividad nerviosa: pasos, risas contenidas, el murmullo del personal ultimando los detalles de la boda. Entre ese bullicio ordenado, Amanda Portal avanzaba como una sombra elegante, perfectamente compuesta, impecablemente rota. Nadie lo notó. Nadie adivinó la tormenta detrás de sus ojos esmeraldas. Ni los floristas que le cedieron el paso con sonrisas admiradas, ni los empleados que se inclinaban con respeto al verla cruzar el vestíbulo con su porte sereno, la cabeza erguida y el gesto indescifrable de quien parece haber nacido para los retratos. Pero sus padres sí lo notaron. Lucía Portal fue la primera en acercarse. Emergió desde el fondo del salón principal, resplandeciente en un vestido color lavanda, con las manos entrelazadas y una sonrisa que intentaba ser maternal, aunque se quebraba en los bordes. —Mi amor —susurró, acariciándole la mejilla—, estás tan hermosa. Amanda sonrió apenas. Un gesto leve, calculado, que no alcanzó a sus ojos. Lucía interpretó aquel silencio como nervios de novia. No imaginó que era la calma del naufragio. Detrás de ella apareció Carlos Portal, con la sobriedad de un hombre acostumbrado al control. Se acercó despacio, tomó la mano de su hija y la sostuvo con firmeza. —Amanda —dijo, mirándola a los ojos—, si llegas a dudar... aunque sea un instante... no pienses dos veces. Papá está aquí para contener cualquier tormenta mientras tú avanzas. Ella sintió la garganta cerrarse. Un temblor quiso asomar, pero lo contuvo. —No dudo, papá —murmuró — Pero estoy en donde quiero estar y hacía lo que quiero ir. Era mentira, pero dicha con la elegancia de los Portal, esos que sabían mentir con la postura perfecta. Su padre asintió, satisfecho, y se apartó con la tranquilidad de creer que había cumplido su deber. Lucía, sin embargo, la tomó del brazo con delicadeza. —Ven, cariño, te esperan en la habitación. Hay tanto por hacer... Amanda avanzó junto a su madre por los corredores de piedra clara. Las paredes estaban adornadas con flores blancas y cintas de seda que flotaban al paso del aire. Parecía un templo dedicado a la pureza. Y sin embargo, a Amanda le parecía que cada flor exhalaba un perfume fúnebre. Cuando la puerta de su habitación se cerró detrás de ellas, el ruido del mundo se disolvió en un silencio espeso. El vestido aguardaba allí, suspendido sobre un maniquí como un fantasma. La seda blanca relucía bajo la luz que entraba por el ventanal, tan pura, tan intocable, tan muerta. Amanda lo observó con una mezcla de repulsión y ternura. Aquella prenda que había soñado con amor ahora le parecía una mortaja. Un símbolo perfecto de su rendición. Cada encaje era una promesa que se había podrido en la boca de Enzo. Las maquillistas comenzaron su labor con movimientos precisos. Cepillos, brochas, perfumes. El aire se llenó de polvo de arroz y susurros. Amanda cerró los ojos y se dejó hacer. Como una estatua que otros adornan, como una víctima que se ofrece al ritual. Lucía, sentada frente al tocador, observaba a su hija en silencio. La veía tan serena, tan dueña de sí, que casi creyó que todo estaba bien. Pero hubo un instante, cuando Amanda abrió los ojos, en que su madre sintió un escalofrío: había en esa mirada una profundidad que no conocía, una oscuridad que no pertenecía a su hija. Amanda rompió el silencio con voz tenue: —Madre... ¿mi tía Elizabeth ya ha llegado? Lucía alzó la vista. Su expresión cambió, apenas un segundo, lo suficiente para revelar preocupación. —No, cariño. Desde ayer no he tenido noticias suyas. He intentado llamarla, pero no responde. Luego, como si temiera haber dicho demasiado, añadió con dulzura forzada: —¿La necesitas, amor? Amanda sostuvo su reflejo en el espejo, fría, inmóvil. —No —respondió sin dudar. Y sin embargo, dentro de ella la frase se expandió como una herida abierta: Yo no... pero quizás mi prometido la necesita para calentar su cama. Sintió un nudo subirle al pecho, pero no permitió que su voz temblara. El arte de las Portal consistía en morir sin hacer ruido. Las horas comenzaron a disolverse. Fuera, el cielo se aclaraba lentamente y el jardín se vestía de esplendor. Los músicos afinaban sus instrumentos, los invitados llegaban en automóviles negros y brillantes. Dentro de la habitación, Amanda se transformaba. La seda rozaba su piel con un frío casi humano. Las costureras ajustaban los pliegues del vestido, las maquillistas aplicaban el último toque de brillo en sus labios, las flores de azahar se entrelazaban en su cabello. Cada gesto la acercaba un paso más al sacrificio. En el espejo, la imagen final era impecable. Una novia perfecta. Nadie habría sospechado que, bajo esa superficie de pureza, se escondía una mujer que se había quedado sin alma. Lucía lloró en silencio al verla. —Pareces un sueño, como si fueras tallada a mano sin ninguna imperfección, Enzo Ferreiro se lleva un monumento y espero que estés a la altura de lo que tú representas mi princesa—murmuró. Amanda la abrazó con una dulzura que dolía. Porque sabía que, cuando la besara en la mejilla, sería la última vez que su madre la reconocería como la hija que fue. Después de ese día, sería otra. O no sería nadie. El reloj marcó las once. El murmullo de la villa se intensificó. Llegaban los invitados más importantes: los embajadores, los empresarios, los amigos de la familia Ferreiro y Portal. Los fotógrafos esperaban en el vestíbulo. La boda del año. El acontecimiento social de París. Amanda caminó hasta el pequeño cuarto de vigilancia, un lugar discreto junto a la escalera principal. Allí, en una pantalla, podía ver las cámaras distribuidas por la villa. Los autos llegando, los abrazos, los brindis tempranos. Vio a sus abuelos descender del coche, tomados del brazo, con el brillo de la emoción en los ojos. Vio a sus tíos sonreír, a los invitados charlar, a los empleados correr de un lado a otro. Y entre toda aquella coreografía perfecta, vio algo que le heló el alma: Enzo. A lo lejos, en la terraza, conversando con su padre. Vestido de traje, impecable, como si nada lo manchara. Su sonrisa era tan hermosa como la primera vez que la besó. Tan falsa como ahora. Amanda sintió que el pecho se le cerraba. El corazón latía con fuerza, no por amor, sino por rabia. Una rabia silenciosa, pulida, elegante. La clase de rabia que no grita, sino que planea. París, mientras tanto, brillaba tras los ventanales. La ciudad vestía de gala, pero para Amanda vestía de rojo en su corazón. El rojo de la sangre contenida, el rojo del vino derramado, el rojo de la humillación. Cada rayo de sol parecía incendiar las flores del jardín, tiñéndolas con la misma furia que le ardía en el alma. Regresó a su habitación. Se sentó al borde de la cama, con el velo extendido entre las manos. Era liviano como un suspiro, pero pesaba como una condena. Miró sus dedos, temblorosos, y pensó que todo lo que tocara ese día estaría maldito. La puerta se abrió. Su madre entró nuevamente, trayendo un ramo de lirios blancos. —Ya casi es hora, hija —dijo con una sonrisa temblorosa—. Tus abuelos ya están aquí. Los Ferreiro también. Todo está listo. Amanda la miró. —Todo —repitió. La palabra resonó como un eco hueco. Cuando su madre se marchó, Amanda se quedó sola. El silencio volvió, pesado, inmóvil. Afuera, el reloj del campanario marcó las doce menos cuarto. El aire olía a flores, pero también a metal. Amanda pensó en Enzo, en Elizabeth, en el vino derramado sobre los planos de su futuro. Pensó en la niña que fue, construyendo castillos de papel, creyendo que el amor era una casa segura. Y comprendió, con la claridad del dolor, que la casa se había incendiado y ella era la única que quedaba entre las ruinas. El reflejo en el espejo le devolvió una imagen que no reconocía. No era Amanda Portal. Era otra. Una figura hecha de silencio y rabia. Una novia que avanzaría hacia el altar no para unirse, sino para despedirse. De su inocencia, de su fe, de su vida anterior. Afuera, los músicos afinaban las cuerdas del violín. La ceremonia estaba a punto de comenzar. El rumor de las voces se mezclaba con el murmullo del viento. Amanda respiró hondo, una vez, dos, tres. Se levantó. El velo cayó sobre su rostro como una cortina de humo. Cada paso hacia la puerta sonó como un presagio. Detrás de la máscara, su corazón seguía sangrando, pero su voz interior se endureció como acero. Ser una Portal significaba no quebrarse. Y si el mundo había decidido verla como una reina traicionada, ella se aseguraría de que nadie olvidara la corona. Amanda sonrió, la sonrisa más serena y aterradora que jamás había tenido. El reloj marcó la hora exacta. El instante en que la boda debía comenzar. Y en ese momento, por primera vez desde la noche anterior, Amanda sintió algo parecido a poder. El amor había muerto. Pero la heredera seguía en pie. El sol caía sobre los jardines de la villa Portal con una suavidad engañosa. La luz dorada se filtraba entre los arcos de flores blancas como una bendición, como una promesa... como una mentira. Cada pétalo parecía brillar en un fulgor casi religioso, y, sin embargo, para Amanda, aquel esplendor tenía el aroma inconfundible del engaño. La música comenzó. Un violín delicado, casi etéreo, tejió en el aire una melodía que muchos describirían como celestial. Para ella, fue el sonido de una soga tensándose. Carlos Portal ofreció su brazo a su hija con solemnidad. —¿Lista? —preguntó él, sin sospechar lo que ardía detrás del velo. Amanda asintió. Los labios inmóviles. El corazón convertido en un animal herido que apenas respiraba. El velo caía suave sobre su rostro, como un telón entre ella y el mundo. Y desde allí, desde esa frontera hecha de tul y silencio, Amanda vio la escena que se desplegaba ante sus ojos. Los invitados se levantaron de sus asientos al verla. Sus abuelos, emocionados, con las manos temblorosas. Sus tíos sonriendo con orgullo, como si estuvieran contemplando una obra maestra. La familia Ferreiro erguida, radiante, convencida de que esa unión consolidaría aún más su legado. Una multitud perfecta celebrando una mentira perfecta. Amanda caminó despacio. Cada paso era un golpe seco en su interior. Cada nota del violín, una laceración más. Podía sentir la mirada de su madre clavada en ella, una mezcla de amor y nostalgia. Lucía Portal probablemente pensaba que su hija avanzaba hacia la felicidad. No sabía que avanzaba hacia un altar construido con ruinas. El jardín estaba adornado con columnas cubiertas de rosas. Rosas blancas, rosadas, marfiles. Miles de ellas. Habían sido elegidas para simbolizar pureza, amor, comienzo. Ahora parecían sudar inocencia falsa. Amanda casi podía escuchar cómo algunas pétalos caían al suelo, marchitándose al rozar la verdad de su historia. Y entonces los vio. Primero a él. Enzo Ferreiro. El prometido perfecto. El hombre que un día le había jurado que ella era su único destino. El amante que había desvestido su alma para luego destruirla sin remordimiento. Estaba vestido con un traje que le daba un aire casi principesco. Pero su rostro—oh, su rostro—era lo que más indignación le provocó. Porque Enzo... estaba llorando. Lágrimas que rodaban lentamente, con una emoción ensayada. Como si fuera el protagonista de un drama romántico y no el villano de su tragedia. Qué cínico, pensó Amanda. Un fuego helado se le extendió por el pecho. Qué fácil llorar cuando ella no sabe la verdad. Qué fácil vestir el papel del hombre enamorado cuando tu alma está podrida. Avanzó un paso más, y fue entonces cuando vio algo que congeló el aire alrededor suyo. A Elizabeth. La mujer que había sido como una guía, como una hermana mayor para ella, ahora la observaba desde la tercera fila. Y no era una mirada cualquiera. Era una mirada afilada. Una mirada asesina. El rostro de Elizabeth estaba descompuesto por una mezcla imposible: tristeza, rabia, desesperación, celos. Parecía atrapada en un sufrimiento silencioso... pero que ardía con una intensidad casi violenta. Amanda la observó sin pestañear. Elizabeth llevaba un vestido azul noche, tan elegante como siempre... pero su expresión la traicionaba. Los labios tensos. Las manos crispadas sobre el pequeño bolso que sostenía. Los ojos cargados de un dolor que revelaba demasiado. Amanda supo entonces, sin necesidad de palabras, que Elizabeth esperaba verla romperse. Quería ver a su sobrina débil, temblando, colapsando. Quería presenciar la caída que ella misma había provocado. Quizás pensando que ella no avanzaría por el altar hoy. Y cuando vio que Amanda seguía caminando, erguida, impecable... Elizabeth frunció el ceño con una furia que no logró ocultar. La traidora estaba sufriendo. La traidora estaba temblando. La traidora no soportaba verla resistir. Amanda sintió un destello de triunfo frío atravesarle el alma. Ella no estaba rota. No frente a ellos. No bajo esas miradas. Pero por dentro estaba siendo mutilada. Continuó avanzando, y las flores parecieron inclinarse a su paso. Las sonrisas de los invitados brillaban como cuchillos. Los murmullos de admiración se volvían insoportables. "Qué hermosa la novia". "Qué unión tan perfecta". "Qué pareja tan enamorada". Mentiras. Mentiras flotando en el aire como plumas venenosas. A través del velo, Amanda veía rostros distorsionados por la devoción social. Un teatro. Un espectáculo. Y ella era el premio, la joya, la heredera. Su padre, a su lado, avanzaba con dignidad. Él tampoco sabía que su hija ya no era la misma. Él tampoco sabía que la estaban entregando a un sepulcro disfrazado de altar. Cuando estuvieron a la mitad del pasillo, Amanda volvió la mirada hacia Enzo. Él la veía como si estuviera contemplando un milagro. Sus ojos seguían brillando con lágrimas que parecían casi sinceras. Casi. Amanda sintió la náusea subirle por el estómago. ¿De verdad osa llorar? ¿De verdad cree que puede engañarla otra vez? ¿De verdad piensa que puede tomarla por esposa después de haber compartido la cama con Elizabeth? Un impulso oscuro le cruzó el pensamiento. No de violencia, sino de justicia poética. Y entonces ocurrió. Amanda sonrió. No la sonrisa dulce que tantos conocían. No la sonrisa educada de la heredera perfecta. Sino una sonrisa fina, helada, afilada. Una sonrisa que no alcanzó los ojos. Una sonrisa que contenía todo el veneno y toda la fuerza de una mujer traicionada... y consciente. La sonrisa hizo que Enzo se detuviera, apenas un segundo. Sus ojos parpadearon, confundidos. Su expresión se quebró, como si algo dentro de él se hubiese encogido. Sí. La había visto. Y había entendido algo: Amanda no estaba emocionada. No estaba enamorada. No estaba suya. Elizabeth también vio la sonrisa. Y su rostro se tensó aún más, como si aquella expresión fuera un golpe directo al estómago. Amanda avanzó el último tramo con la seguridad de una reina difunta caminando hacia su trono. La música se elevó, las flores temblaron, los invitados contuvieron el aliento. Todo parecía perfecto. Todo parecía sagrado. Pero bajo el velo, su sonrisa seguía allí. Pequeña. Letal. Una sonrisa que decía sin palabras: He visto la muerte del amor. Y aun así, camino hacia el altar. Pero no por ti. Nunca por ti.






