Mundo ficciónIniciar sesiónSus rodillas temblaron; tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.
La copa de vino se volcó y el líquido blanco se esparció por la madera, mezclándose con las lágrimas que finalmente comenzaron a caer. Una, dos, tres gotas que descendieron sin ruido, pero que pesaban como plomo. El correo no tenía texto. No había palabras. Solo esas imágenes que gritaban por sí mismas, crueles y frías. Amanda retrocedió la silla y se dejó caer. Sus manos buscaron algo a lo que aferrarse el borde del escritorio, el aire pero todo parecía disolverse. La habitación giraba, el brillo de las luces de París se filtraba a través de la ventana y se quebraba sobre su rostro como un reflejo distante. Pensó en su madre, en lo que diría si supiera. Pensó en su padre, en cómo las noticias podían herir a un hombre que había construido imperios pero no estaba preparado para ver a su hija destrozada. Pensó en Enzo, en su sonrisa, en las promesas susurradas bajo la lluvia del Sena. Y pensó en Elizabeth, la mujer que la había visto crecer, la que le enseñó a amar el arte y la arquitectura, la que ahora aparecía desnuda junto al hombre que ella amaba. Amanda apretó los dientes. El llanto la invadió al fin, desgarrador, silencioso. El cuerpo le dolía como si cada fibra protestara contra la traición. El reloj marcó la medianoche. La Torre Eiffel destelló a lo lejos, como lo hacía cada hora, recordando al mundo que París nunca duerme. Pero para Amanda Portal, la noche acababa de cerrarse sobre sí misma. El cursor seguía parpadeando sobre la bandeja de entrada. Un último archivo, más pesado que los anteriores, comenzó a descargarse. Ella no quiso mirarlo, pero su mano se movió sola, obedeciendo al impulso de quien necesita ver el fondo del abismo para entender su tamaño. El video se abrió. Era una grabación más nítida, más reciente. Amanda reconoció el reloj de pulsera de Enzo sobre la mesita de noche, el mismo que ella le había regalado en su último aniversario. Y entonces, el rostro de Elizabeth apareció de frente, sonriendo hacia la cámara. La sonrisa de quien sabe exactamente lo que hace. Amanda se cubrió la boca con una mano. El grito no salió. Solo el temblor. Solo el silencio. Allí terminó todo. El amor, la promesa, la noche perfecta de París. En la pantalla, la última imagen se congeló. Dos cuerpos, un secreto, y el sonido distante de las campanas de la ciudad que parecía, irónicamente, anunciar una boda que ya había muerto antes de comenzar. Amanda no apartó la mirada. La vio toda. La totalidad del contenido. Y supo, con una certeza dolorosa, que cuando el amanecer llegara, nada en el mundo sería igual. La madrugada se deslizó sobre París con una lentitud cruel. Las luces que horas antes parecían prometer eternidad ahora parpadeaban con una melancolía enfermiza. El murmullo lejano del Sena, el roce de las hojas sobre los tejados, el canto débil de algún ave insomne, todo sonaba como un réquiem silencioso. Amanda seguía allí, estaba por delante de aquel escritorio en donde su vida se había quebrado en mil pedazos invisibles. La computadora aún permanecía encendida, la pantalla negra reflejando su rostro demacrado, los ojos hinchados y vacíos. No quedaba en ella el brillo de la arquitecta segura, ni la dulzura de la mujer enamorada. Solo un espectro temblando entre las sombras. Ha tomado una copa de vino, y la misma se ha derramado, pero con el pasar de los minutos se había secado sobre la madera, dejando un rastro pálido y pegajoso. A su alrededor, los planos de su último proyecto, una casa frente al mar, símbolo del futuro que pensaba construir junto a Enzo yacían arrugados, como si el dolor los hubiera marchitado. El amanecer apenas asomaba, pero Amanda no lo esperaba. Había llorado hasta agotar el cuerpo. Hasta que las lágrimas dejaron de ser agua y se convirtieron en un vacío helado. París, la ciudad del amor, se había convertido en la ciudad de su destrucción. A través del ventanal, los tejados de zinc comenzaban a iluminarse con el primer resplandor del día. El cielo se teñía de un gris violáceo, y la Torre Eiffel, al fondo, se alzaba indiferente, majestuosa, testigo muda de un amor que se desangraba. Amanda la miró y sintió una punzada de ironía. Cuántas veces había creído que aquella ciudad era la encarnación de los sueños. Ahora comprendía que también podía ser el lugar donde los sueños se pudren. El eco de la noche y sus verdades reveladas se repetía en su mente como una pesadilla circular: la imagen de Enzo y Elizabeth entrelazados, las risas, los susurros, los momentos íntimos que han de haber compartido burlándose de ella. Cuatro años de amor convertidos en una mentira. Cuatro años de ilusiones colgando del hilo invisible de una traición. Pensó en todas las veces que Enzo había ido con ella a la Casa Carrasco, la residencia familiar donde su madre organizaba las cenas más elegantes de París. Recordó los brindis, las conversaciones entre política y arte, las sonrisas discretas que intercambiaban los invitados. Y entonces, las piezas comenzaron a encajar en un rompecabezas que apestaba a engaño. Elizabeth, siempre impecable, siempre radiante, había estado allí. Sentada junto a Enzo. Riendo con él, compartiendo miradas que en ese momento Amanda confundió con cortesía. Ahora comprendía que en aquellas risas se escondía la complicidad de dos cuerpos que ya se conocían demasiado. La repulsión le subió como un veneno por la garganta. Pensó en las veces que Elizabeth le había dado consejos sobre el matrimonio, con esa voz suave, fingidamente maternal. "El amor, querida, se cuida en los pequeños detalles", le había dicho una tarde mientras le ayudaba a probarse un vestido. Amanda apretó los puños hasta sentir las uñas clavarse en la piel. Pequeños detalles... sí, los mismos con los que había destruido su vida. Recordó también aquellas dos ocasiones en que su tía había llamado, diciendo que su automóvil se había averiado en medio del camino, y Enzo, siempre servicial, se había ofrecido a ir por ella. —No te preocupes, amor —le había dicho él aquella noche—, no puedo dejar que tu tía esté sola en la carretera.— Ella pensó que Enzo era un hombre muy servicial. Amanda creyó en sus palabras. Porque creía en él. Porque en su ingenuidad pensó que la bondad era amor. Esa noche, Enzo no volvió. Ella le escribió, le esperó, caminó por su departamento con el teléfono en la mano, convencida de que algo había ocurrido. Pero a mitad de la noche, fue Elizabeth quien le envió un mensaje: "Ya estoy en casa, cielo. Enzo fue muy amable. Le he dicho que se cuide mientras conduce, conducir de noche es peligroso, ya se ha ido" Amanda se cubrió el rostro con ambas manos. La memoria dolía más que las imágenes. Era repugnante. Todo era repugnante. Aquella noche Enzo y Elizabeth habían pasado la noche juntos. Se odiaba por no haber visto las señales. Por haber confundido los silencios de Enzo con cansancio y las evasivas de su tía con elegancia. Por haber sido tan ingenua, débil, estúpida, ingenua, le iba todos los calificativos posibles, había confiado en dos personas tan sucias. El reloj marcó las siete. El día de su boda había llegado, aquella fecha en las que tantas veces ha mirado en el calendario con ilusión, pero ahora era un calvario para la pequeña mujer. Amanda se incorporó lentamente. El cuerpo le pesaba como si llevara siglos sin dormir. El espejo frente a ella le devolvió una imagen desconocida: una mujer de ojos hinchados, piel pálida, y labios secos. Parecía enferma. Parecía muerta. Pero algo dentro de ella se negaba a rendirse. Quizá era el orgullo de los Portal. O la necesidad de mantener la apariencia ante el mundo. El instinto de sobrevivir, incluso entre ruinas. Caminó hasta el baño. Abrió la ducha y dejó que el agua fría le golpeara la piel. No era un baño: era un intento desesperado de borrar lo vivido, de arrancarse el recuerdo de los labios de Enzo sobre los de otra mujer. El agua se mezcló con sus lágrimas, y por un instante, el sonido del agua corriendo fue el único consuelo posible. Cuando salió, se envolvió en una bata blanca y permaneció unos segundos frente al espejo. Inspiró hondo. Una, dos, tres veces. Luego comenzó a prepararse. Eligió un vestido de lino beige, sobrio, sin joyas. Recogió su cabello en un moño sencillo. Su rostro seguía marcado por el llanto, pero con base y polvo logró cubrir los rastros de la noche. Detrás de la apariencia de serenidad, su alma se desmoronaba. Su hermosura eclipsaba cualquier rastro de dolor. Bajó las escaleras del edificio con paso firme. El chofer la esperaba afuera, al pie del auto negro que solía llevarla a sus compromisos. El vestido de novia había sido cuidadosamente embalado por algunas mucamas y ahora reposaba en el asiento trasero, custodiado como una reliquia sagrada. Amanda lo miró y sintió un escalofrío. El mismo vestido que anoche la había hecho soñar ahora parecía un símbolo macabro. Un sudario de promesas muertas. Ella le ha dicho a su madre que quería pasar la noche con el vestido razón por la cual han dejado el vestido en el departamento de ella a diferencia de los demás arreglos, y aquel vestido se convirtió en testigo de como la destruyeron. —Estoy lista Fredy, podemos marcharnos —dijo con voz baja, apenas audible. El chofer asintió. El vehículo arrancó, deslizándose entre las calles aún húmedas por la llovizna. París se desperezaba lentamente, pero Amanda no veía belleza en sus calles. Los cafés abrían sus puertas, los panaderos colocaban baguettes recién horneadas en los escaparates, los niños corrían con mochilas a la espalda. La vida seguía, vibrante y ajena. Para Amanda, en cambio, todo era gris. El aire olía a traición, y los sonidos de la ciudad los motores, las risas, los pasos se convertían en una sinfonía lejana, insoportable. Cruzaron el Sena. El río brillaba con un fulgor metálico. Amanda apartó la mirada. No quería ver reflejos. No quería verse. Mientras el auto avanzaba hacia las afueras, su mente regresó una y otra vez al mismo punto: Elizabeth Carrasco y Enzo Ferreiro. Los imaginó en los pasillos de su casa, riendo, tocándose con la impunidad de quienes creen que jamás serán descubiertos. Los imaginó en cada esquina del pasado, infiltrados en los recuerdos que antes consideraba puros. Ahora, cada sonrisa, cada viaje, cada palabra de amor, se transformaban en una sombra. El trayecto hasta la villa se hizo eterno. Amanda mantenía la mirada fija en el horizonte, las manos apretadas sobre las rodillas. Por momentos sentía ganas de gritar, de romper el vidrio, de huir. Pero no lo hizo. Se limitó a respirar y a mantener la compostura. La máscara debía sostenerse. Era una Portal, la digna Heredera de Carlos Portal y los Ancestros Portal El auto se detuvo finalmente frente a la villa de su Familia Paterna.. Un paraíso arquitectónico de piedra clara, enmarcado por jardines franceses y fuentes de mármol. La mañana resplandecía, el aire olía a flores y perfume caro. Decenas de trabajadores se movían de un lado a otro: decoradores, floristas, técnicos de sonido. El bullicio del montaje de una boda perfecta. El chofer bajó del auto y se apresuró a abrirle la puerta. Amanda descendió con movimientos lentos, casi mecánicos. El vestido de novia fue trasladado con delicadeza por dos asistentes, envuelto en una funda de satén blanco. Todos la saludaban con sonrisas, sin notar las grietas detrás de su gesto. —¡Señorita Portal! —dijo una de las coordinadoras—. Todo estará listo a tiempo, no se preocupe, la villa va a quedar como un verdadero palacio. Amanda asintió. Sus labios dibujaron una sonrisa forzada, mientras por dentro una voz gritaba. Un palacio. Sí. Pero para ella, aquello no era un palacio. Era un calabozo. Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre sí mismas. Los jardines, antes deslumbrantes, le recordaban a un cementerio de sueños. Las flores blancas sus favoritas ahora la asfixiaban con su pureza hipócrita. Amanda caminó hacia el interior de la villa, arrastrando el peso invisible de la noche anterior. Cada paso resonaba como un eco hueco en los pasillos alfombrados. La boda seguía su curso. El mundo seguía su curso. Pero en el corazón de Amanda Portal, todo había terminado.






