SEIS

La noche en Dubái era un océano de luces doradas que parecían flotar en el aire cálido como brasas suspendidas. Amanda, envuelta en un vestido rojo que delineaba cada movimiento como un destello de fuego, avanzó hacia la barra del prestigioso —y discretamente peligroso— establecimiento donde las sombras parecían tener vida propia. Nadie allí preguntaba nombres; nadie allí necesitaba saberlos.

Ella ya había perdido la cuenta de la cantidad de copas. Solo sabía que la quemazón que descendía por su garganta era lo más parecido a respiración que tenía desde el desastre. Desde París. Desde él.

Un mensaje de Enzo aún vibraba en su móvil apagado dentro del bolso. Ruegos, explicaciones, palabras que antes la hacían sonreír y ahora la enfermaban.

—Solo fue un capricho… —había escrito—. Pero te amo a ti.

Amanda cerró los ojos al recordarlo. El amor convertido en una espina que ahora se enterraba más hondo con cada sorbo.

Volvió a pedir otra botella. El bartender dudó, pero cedió ante la mirada vacía y peligrosamente serena de la heredera Portal. Seguía sin darse cuenta de que alguien la observaba desde una distancia prudente.

Un par de ojos azules, intensos, eléctricos. Fríos como acero templado.

Y cuando Amanda llevó la copa a los labios una vez más, la figura se enderezó.

Jared Davenport.

Dos metros de elegancia contenida en un traje oscuro que parecía hecho a la medida de su poder. El aura que lo rodeaba era como un campo magnético; incluso aquellos que no lo conocían podían sentir que ese hombre no caminaba por el mundo… lo gobernaba.

Era arquitecto. Era astrólogo. Era el CEO de una multinacional cuyo apellido arrastraba historia, dinero y peligro.

Era un Davenport.

Cuando empezó a caminar hacia ella, la gente se apartó sin que él lo pidiera. Su sola presencia obligaba al aire a hacerse más denso.

Amanda no lo miró al principio. Estaba hundida en su propio abismo, bebiendo como si quisiera vaciarlo desde adentro. Solo oyó el roce de una copa posándose junto a la suya, seguido de una voz grave, rasposa, que parecía hecha para desarmar personas.

—No es ideal que una mujer beba esa cantidad estando sola.

Amanda apretó la mandíbula y tragó otro sorbo sin verlo siquiera.

—Tengo toda la noche, o quizá la vida para hacerlo —respondió con la ironía tan seca como el alcohol—. Y lo seguiré haciendo.

Cuando por fin giró el rostro hacia él, el contraste la golpeó.

Sus ojos azules la escudriñaron sin permiso, profundos, calculadores… pero sobre todo, penetrantes. No juzgaban. Analizaban. Como si intentara leerle el alma.

Jared observó el brillo húmedo en los ojos de ella, ese dolor sin camuflar. Tristeza, despecho y una furia tan silenciosa que casi quemaba.

—Creo que la princesa está muy lejos de casa —murmuró él, con un acento francés capaz de erizar piel incluso en una habitación llena—. Y está bebiendo como si todas las empresas de alcohol fueran a quedarse sin una gota.

Amanda apretó los puños. Ese comentario atravesó la coraza que intentaba construir.

—Y usted es… sorprendentemente amable para alguien que se mete con desconocidos.

Jared sonrió.

Una sonrisa breve. Oscura. Perfectamente peligrosa.

Y esa sonrisa, por razones que no entendía, le estremeció el cuerpo entero.

—Soy muchas cosas—susurró él, inclinándose apenas—, pero amabilidad no existe en mi mundo.

Ella lo desafió con la mirada.

—Entonces deja de preocuparte por desconocidos.

Jared no respondió. Solo levantó la mano con una calma que no admitía discusión, tomó la copa de Amanda… y la apartó.

Ella frunció el ceño, incrédula.

—¿Qué cree que está haciendo?

—Lo suficiente —dijo él, con una suavidad engañosa.

Dejó dinero en la mesa, tomó su antebrazo no con violencia, pero sí con una firmeza imposible de ignorar y la obligó a ponerse de pie.

Amanda ardió. Literalmente.

De furia.

De alcohol.

De indignación.

Y quizá, aunque jamás lo admitiría, de algo más.

—¡Detente! —reclamó mientras él la hacía avanzar entre las mesas—. ¿Está completamente enfermo? ¿Quién se cree que es para ponerme una mano encima?

Jared no volteó. Su andar era tan imponente que ella tuvo que apresurarse para igualar el paso.

—Te estaba observando —murmuró él.

—¡Qué romántico! ¿Ahora es voyeur?

—En absoluto. —Su voz se volvió dura como granito.— Estabas en la mira de dos hombres.

Amanda parpadeó.

El aire desapareció.

Y por un instante —solo uno— dudó.

Pero solo un instante.

—No busco que nadie me defienda —espetó, liberando su brazo de un tirón cuando llegaron al estacionamiento bajo las luces blancas—. Yo soy Amanda Portal. Quizás me engañen, pero no pueden destruirme.

Jared se detuvo.

Y su reacción no fue la que ella esperaba.

No sonrió.

No respondió.

No la fulminó con la mirada.

Simplemente giró el rostro hacia ella muy lentamente, como si acabara de escuchar algo… importante.

Los ojos azules se afilaron.

—¿Portal…?

Amanda respiró, temblorosa, pero manteniendo la cabeza en alto.

—Portal Carrasco —confirmó.

Algo cambió en el aire.

Como si una palabra invisible hubiera sido pronunciada.

Como si el destino hubiera girado sobre su eje.

Jared la miró de arriba abajo, analizando cada detalle como un ingeniero revisando planos cruciales.

—La heredera Portal… —murmuró, como hablando consigo mismo.

—¿Algún inconveniente? —disparó ella, hiriente.

Jared no respondió al instante. La estudió con la precisión quirúrgica de un hombre que construía imperios y los destruía con la misma facilidad.

Sus facciones se endurecieron, y por primera vez Amanda vio en él no elegancia, no arrogancia… sino peligro. Verdadero. Frío. Controlado.

—No tienes idea —susurró finalmente— de lo cerca que estuviste de cometer un error fatal esta noche.

—Lo único fatal aquí fue la traición —espetó ella, la voz quebrándosele sin permiso—. Lo demás me da igual.

Jared frunció el ceño.

Dolor.

Desencanto.

Humillación.

Todo eso emanaba de ella como si su alma entera estuviera sangrando.

Y aunque él no era un hombre amable —ni pretendía serlo—, algo lo detuvo de simplemente darse media vuelta y dejarla marchar.

—No vuelvas a beber así —ordenó.

Ella rió amarga.

—¿Ahora me dará clases de moralidad?

—No —corrigió él, acercándose un paso—. Te estoy diciendo que no voy a permitirlo.

El latido en el pecho de Amanda cambió de ritmo. Un latido más rápido, casi involuntario.

—No eres nadie para mí —respondió, intentando sostener la mirada.

—Tal vez —aceptó él—. Pero tú acabas de decirme algo que no deberías. Y ahora… tengo interés.

Amanda retrocedió un paso.

Jared ladeó apenas la cabeza.

—Tú no necesitas defensa, princesa. —Su voz bajó de tono, profunda como un trueno contenido.— Necesitas control.

—Y tú necesitas dejar de seguirme.

—No te estoy siguiendo —corrigió él—. Estoy asegurándome de que llegues viva a tu departamento.

Amanda abrió la boca para protestar, pero se detuvo.

Porque al mirar alrededor, vio los dos hombres que Jared había mencionado. Dos sombras que se movían en la periferia. Dos pares de ojos que se escondieron rápidamente cuando él giró la cabeza hacia ellos.

El corazón de Amanda dio un salto seco.

—No te necesito —repitió, aunque la voz le salió más baja.

Hubo un silencio. Denso. Magnético. Innegable.

Y por un momento, bajo las luces de Dubái, Amanda Portal sintió que su caída había sido detenida… no suavemente, sino por manos tan duras como el acero.

Manos que, por razones desconocidas, no la dejaban romperse.

El aire del estacionamiento subterráneo era denso, empapado del aroma a gasolina mezclado con el perfume caro que aún flotaba alrededor de Amanda. Sus tacones resonaban apenas, un eco irregular producto del alcohol que todavía latía en su sangre.

Jared la observó con una mezcla peligrosa de paciencia y dominio.

Sus hombros anchos parecían ocupar todo el espacio, y su sombra proyectada por las luces del estacionamiento se extendía como la de un gigante.

Apenas estaban a un metro de distancia, y aun así Amanda lo sentía demasiado cerca.

—Antes de que decidas desmayarte en el suelo —dijo él con esa voz profunda marcada por un acento francés imposible de ignorar—, creo que deberíamos presentarnos adecuadamente.

Ella lo fulminó con la mirada.

—No necesito saber nada de usted.

Él no sonrió esta vez.

Pero él tampoco retrocedió.

—Je suis Jared Davenport. —Lo dijo despacio, con la “r” vibrando, con ese tono que cortaba el aire—. Y sería prudente que no me ignoraras.

Amanda arqueó una ceja.

Reía por dentro, aunque el dolor en su pecho le apretaba las costillas.

—Podrías ser el mismo Dios —escupió, articulando cada letra con altanería soberbia— y no me importaría en lo absoluto.

Un silencio pesado cayó entre ellos.

Jared no reaccionó de inmediato, pero cuando lo hizo… fue devastador.

Sus ojos se oscurecieron.

Su mandíbula se tensó.

Toda su aura poderosa se compactó en un solo gesto: estiró el brazo, la tomó por la cintura y, sin pedir permiso, sin suavidad, sin titubeos, la introdujo en el vehículo negro estacionado a pocos pasos.

Amanda apenas pudo resistirse; sus músculos se sentían de algodón, su cabeza giraba, su respiración estaba entrecortada.

—¡¿Qué diablos crees que haces?! —gritó, empujándolo, aunque él ni siquiera se movió un milímetro.

—Poniéndote en un lugar seguro —respondió él, sin humor—. Y no voy a discutirlo contigo.

La puerta del lado del pasajero se cerró con firmeza.

Amanda golpeó el tablero con la mano.

¿Cuándo diablos se volvió tan débil?

Ella. Amanda Portal. La mujer que jamás permitía que nadie la manejara.

Y ahí estaba, siendo colocada en un asiento como si fuera nada.

Su respiración se volvió pesada.

El alcohol. Ese maldito alcohol.

Jared rodeó la parte delantera del coche y se acomodó en el asiento del conductor. Sus movimientos eran precisos, fluidos, de alguien acostumbrado a estar al mando y nunca en segundo plano.

—Dime dónde vives —ordenó, sin verla.

—No pienso decírtelo —replicó, cruzándose de brazos como si eso compensara la debilidad que sentía en las piernas.

Finalmente, él volteó el rostro.

Sus ojos azules eran hielo.

Hielo que cortaba.

Hielo que no pedía, exigía.

—Mon ange… —su voz descendió, más baja, más profunda, más francesa— no necesitas decírmelo. Es demasiado fácil que yo lo descubra.

Amanda sintió una corriente eléctrica subirle por la columna.

No miedo.

Ira.

Y algo más que no quería identificar.

—Eres un arrogante —murmuró con desprecio.

—Y tú estás tan borracha —respondió él— que ni siquiera podrías caminar tres pasos sin caer. Así que terminemos con esto.

Ella abrió la boca para insultarlo, pero su estómago dio un vuelco.

El mundo giró dos veces más de lo debido.

Tomó aire.

Le temblaban las manos.

Y lo odió.

Lo odió porque tenía razón.

—Bien —gruñó—. Te daré la dirección.

—Eso sería lo más sensato que has dicho en toda la noche —contestó él con una frialdad quirúrgica.

Amanda le dio la dirección entre dientes.

Jared encendió el motor, y el ronroneo grave del vehículo llenó el silencio. La ciudad se convirtió en luces pasando rápidas por las ventanas.

Ella se apoyó contra el vidrio, intentando mantener la dignidad, respirando hondo para no marearse más.

No hablaron en todo el trayecto.

Pero la tensión era tan fuerte que podía sentirse en el aire.

Jared manejaba con la seguridad de alguien que tenía el control del mundo entero. Ni un solo movimiento innecesario. Ni un comentario.

Solo ese aire suyo.

Ese aire que lo hacía parecer impenetrable.

Finalmente, el vehículo se detuvo frente al edificio que Amanda señaló.

Ella abrió la puerta sin mirarlo siquiera.

Ni un gracias.

Ni una despedida.

Nada.

Amanda Portal Carrasco se bajó como si pudiera sostener el peso del planeta… aunque sus piernas temblaban.

Aun así, no titubeó.

No volteó.

Simplemente caminó.

Qué irónico:

No derramó una lágrima frente a él.

No dio señal de debilidad.

Aunque por dentro aún sangraba.

Detrás de ella, escuchó un segundo motor detenerse.

El vehículo de Sebastián.

La voz del asistente resonó en el estacionamiento.

—Señor… ¿está todo bien?

Jared descendió del coche como una sombra larga, elegante y siniestra bajo las luces nocturnas.

Sebastián tragó saliva al ver la expresión de su jefe.

No era enojo.

Era concentración.

Algo en el rostro de Jared había cambiado, como si una pieza recién encajara en su tablero mental.

—Señor… ¿quiere que le prepare la agenda para mañana?

Jared no respondió de inmediato.

Miró hacia donde Amanda entró, como si pudiera seguir viéndola más allá de las paredes, como si la esencia de ella —dolida, rota, orgullosa— lo hubiera marcado de alguna manera que no pretendía admitir.

Finalmente, habló.

—Sebastián.

—Sí, señor.

La voz de Jared bajó.

Tembló el aire.

Tan profunda. Tan autoritaria. Tan francesa…

Una orden que no aceptaba réplica.

—Averíguame absolutamente todo de Amanda Portal Carrasco.

El asistente parpadeó.

—¿Tod… todo, señor?

—Tout. —Jared entrecerró los ojos—. Su familia. Su poder. Sus negocios. Sus enemigos. Y lo que ocurrió en París. No quiero cabos sueltos.

Su voz se volvió más cortante:

—A partir de hoy, Sebastián… esa mujer entra en mi tablero.

El asistente asintió, nervioso.

—De inmediato, señor Davenport.

Jared subió al vehículo nuevamente sin agregar palabra.

Pero antes de cerrar la puerta, murmuró algo para sí mismo, en francés, con la mirada fija en el edificio donde ella había desaparecido.

—Ce n’est pas une femme ordinaire…

No es una mujer ordinaria.

No.

Amanda Portal Carrasco acababa de convertirse en un nombre marcado…

en el radar del hombre más peligroso de Dubái.

Y él nunca marcaba algo sin razon.

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