CUATRO

El silencio que se hace justo después del sonido de la última nota siempre ha sido un presagio.

Amanda lo supo desde niña: ese vacío diminuto que queda suspendido en el aire, entre un acorde y otro, es el hogar de los destinos que están a punto de romperse.

Y allí estaba ella, justo en ese silencio, avanzando hacia el altar.

A cada paso, el jardín entero parecía contener la respiración.

El destino aguardaba, inmóvil, como una bestia en la penumbra.

Amanda, aún bajo el velo, lo observaba sin parpadear, como quien ve un sacrilegio ante sus ojos.

Era el filo de una guillotina envuelto en seda.

Carlos Portal, orgulloso pero ajeno a la tragedia, avanzó junto a su hija con paso firme.

El murmullo del público, la sutileza del viento, el aroma de las flores… todo parecía estar creando un escenario casi celestial para el matrimonio que jamás existiría.

Cuando por fin llegaron al altar, Carlos tomó la mano de Amanda y se la entregó a Enzo.

Fue un gesto solemne, cargado de significado.

Una transferencia simbólica.

Un lazo sellado entre dos dinastías.

Pero para Amanda, ese contacto fue como meter las manos en el fuego. La piel de Enzo estaba tibia. Demasiado tibia. La calidez de los mentirosos.

Amanda sintió que algo en su interior se quebraba con un sonido que solo ella escuchó.

Y entonces ocurrió.

Primero, el movimiento sutil de sus dedos.

Luego, la tensión en su brazo.

Finalmente, un latigazo de fuerza contenida.

¡CRACK!

La bofetada resonó como un trueno arrancando el cielo.

Un sonido redondo, perfecto, brutal.

El rostro de Enzo se giró violentamente hacia la derecha.

El público jadeó con un horror casi coreografiado.

Un murmullo de incredulidad se extendió como un incendio instantáneo.

Los Portal se levantaron de inmediato, confundidos, atónitos, petrificados.

Los Ferreiro, con la dignidad hecha pedazos, emitieron un gemido colectivo, como animales atrapados.

Enzo, con la mano en la mejilla, la miró como si no fuera capaz de comprender qué había sucedido.

No porque desconociera el motivo…sino porque nunca imaginó que Amanda —la dócil, la perfecta, la heredera bien entrenada— fuera capaz de exponerlo así.

En público.

En su propio altar.

En su propio reino.

Amanda respiró hondo.

Su pecho subía y bajaba con un temblor que no delataba debilidad, sino furia contenida.

El velo todavía ocultaba su rostro, pero su postura lo decía todo: era un animal herido…

un animal que acababa de decidir atacar.

Cuando por fin habló, su voz tenía un filo extraño:

una mezcla de quebranto, valentía y desgarro.

—No habrá boda —declaró.

Un murmullo histérico recorrió las filas de invitados. Como si cada palabra de ella fuera una piedra cayendo en un estanque de espejos.—Por lo menos —continuó, tragando saliva, sin perder la compostura— no conmigo.

El sacerdote abrió la boca, pero ninguna palabra logró salir.

Carlos Portal quedó completamente inmóvil.

Lucía se llevó la mano a los labios, como si necesitara contener un grito.

Los abuelos de Amanda se miraron, paralizados por un terror ancestral: un escándalo. Un desastre. Una mancha eterna en la familia.

—Pero eres libre —añadió ella, mirando a Enzo con una calma tan cruel que heló el ambiente—. Libre de casarte con otro miembro de la familia Carrasco.

Hubo un par de segundos en los que nadie comprendió.

Las palabras flotaron en el aire como una nube oscura, espesa, amenazante.

Hasta que Amanda remató:

—Que sean felices.

Y entonces, como si el universo entero se hubiera alineado con su decisión, los acomodadores bien instruidos, sobornados, preparados desde temprano por órdenes de la propia Amanda comenzaron a repartir los sobres. Ella desde que vio todo y supo de aquella desgarradora traición sabía lo que iba a hacer.

Los sobres Blancos. Sólidos. Sellados.

Uno por uno, cada invitado recibió uno.

Y al abrirlos…

Se escuchó el sonido más devastador que puede existir en un evento social:

el horror murmurante.

Dentro de los sobres había fotografías.

Fotografías íntimas.

Fotografías incontrovertibles.

Fotografías que no dejaban ningún espacio para la duda.

Enzo y Elizabeth.

Besándose.

Acariciándose.

Desnudos en un cuarto que no era el suyo, pero tampoco el de ella.

Hotel. Alfombra beige. Ventana abierta.

Un retrato completo de traición. Era otra de las fotografías que le han enviado.

Los invitados comenzaron a parpadear, a palidecer, a cubrirse la boca, a volverse hacia los Ferreiro, hacia los Portal, hacia Amanda…

pero sobre todo hacia Elizabeth.

Elizabeth Carrasco —la tía, la sombra elegante, la hada madrina rota, la amante prohibida—

se quedó sin aire.

Una palidez mortal le invadió el rostro, borrándole cualquier rastro de altivez.

Su pecho subía y bajaba rápidamente, como si buscara oxígeno en un mundo sin atmósfera.

Estaba paralizada.

Trágicamente viva.

Trágicamente expuesta.

Sus manos temblaban mientras sostenía una fotografía que la mostraba a ella misma aferrada al cuerpo de Enzo, con una mirada de deseo que ya no podía negar.

La vergüenza la golpeó como una ola de ácido.

La furia la atravesó como un relámpago.

Y luego… el miedo.

Un miedo tan profundo que parecía hundirla bajo tierra.

Los Ferreiro quedaron en silencio absoluto.

Los Portal, petrificados, Los Carrasco sintieron cómo un trueno partía en dos su prestigio.

Y Amanda…

Amanda simplemente observaba.

El velo aún cubría su rostro.

Era una figura blanca e inmóvil.

Una novia transformada en fantasma antes de tiempo.

Elizabeth intentó decir algo.

Apenas un balbuceo.

—Amanda… yo…

Pero su voz se quebró antes de nacer.

Enzo, completamente destruido, abrió las manos en un gesto torpe, como si quisiera explicar lo inexplicable.

—Am—Amanda… no es lo que parece…

Amanda lo observó con una mezcla de incredulidad y desprecio.

La última mentira.

La más patética.

El último intento de salvar algo que ya estaba consumido por las llamas.

Entonces, con una lentitud solemne, Amanda llevó sus manos hacia su cabeza.

El gesto fue tan suave que muchos creyeron que iba a ajustarse el velo.

Pero no.

Lo retiró.

Y su rostro quedó expuesto al mundo.

No había lágrimas.

No había desesperación.

Solo una serenidad cruel, orgullosa, profunda.

Una reina humillada que había decidido incendiar el reino antes de permitir que la coronaran con una farsa.

Su mirada buscó la de Elizabeth.

La encontró.

Y la atravesó como una lanza.

Buscó la de Enzo.

Y lo quebró en dos.

Los invitados contuvieron la respiración.

Amanda dejó caer el velo al suelo.

El tul blanco cayó con un suspiro suave, como un ala rota, justo a los pies del altar.

Y ella dio un paso atrás.

Luego otro.

Y otro.

Hasta que finalmente se giró y comenzó a correr.

Los tacones golpeaban el mármol con un sonido que parecía marcado por el destino:

un tambor, un himno, un latido.

La novia huyendo.

La novia rebelándose.

La novia renaciendo.

Los gritos comenzaron detrás de ella.

—¡Amanda!

—¡Amanda, hija!

—¡Amanda, vuelve!

—¡POR DIOS, CIERRA EL ACCESO!

—¡ENZO, DETÉNLA!

—¡QUE ALGUIEN HAGA ALGO!

Pero ella ya no escuchaba nada.

El jardín se volvió un torbellino de colores distorsionados.

Las flores parecieron inclinarse para dejarla pasar, como si reconocieran a una mujer liberándose.

La música había cesado, pero el eco de su corazón llenaba el aire con un ritmo frenético.

Corrió por el pasillo floral.

Corrió más allá de las sillas.

Más allá de los murmullos.

Más allá de la humillación hecha espectáculo.

Las lágrimas no llegaron.

No aún.

Ahora era pura determinación.

Puro instinto de supervivencia.

Cuando cruzó el arco principal, una ráfaga de viento cálido la golpeó.

El mundo se abrió delante de ella.

La mansión, los invitados, la ceremonia, el altar mancillado…

todo quedaba atrás.

El velo quedó tendido en el suelo, abandonado, humillado, vencido.

Como símbolo de lo que ella ya no sería.

Amanda no se detuvo.

Ni por un segundo.

Ni para mirar atrás.

Porque ese día no fue la caída de una novia.

Fue el nacimiento de una leyenda.

Un tono literario, elegante, intenso.

DUBÁI

En Dubái, el aire parecía arder incluso después del atardecer.

Las luces doradas de los rascacielos brillaban como cuchillas, cortando el cielo nocturno.

La ciudad se elevaba con una arrogancia arquitectónica que solo podía impresionar a los débiles.

Pero no a él.

Nunca a él.

Porque Jared Davenport no era un hombre que se impresionara.

Era él quien impresionaba al mundo. Nació en París, en una mansión que había pertenecido a su familia por seis generaciones.

Los Davenport, una dinastía marcada por el genio, la frialdad y el legado.

Su padre fue un magnate respetado; su madre, una astrologa célebre, capaz de leer los nacimientos como si fueran profecías.

De ella heredó esa mirada que perforaba almas.

De su padre, la ambición que nunca se saciaba.

Graduado en Arquitectura a los veinte, con honores en la École des Beaux-Arts.

Doctor en Ingeniería Estructural antes de cumplir veinticinco.

Fundador de Davenport Global, una multinacional que controlaba sectores desde infraestructuras hasta tecnología aeroespacial.

Astrologo por herencia, por pasión y por destino:

conocido discretamente entre círculos privados como el lector de galaxias, un hombre que podía comprender la forma en que un nacimiento marcaba una vida.

Y ahora, a sus treinta y tres años, poseía una fortuna incalculable, un poder temido y una reputación legendaria.

Algunos lo consideraban un visionario.

Otros, un depredador.

Pero todos coincidían en algo:

nadie caminaba junto a él sin temblar un poco.

En el piso 118 del Burj Khalifa, la sala de reuniones privada estaba iluminada en tonos ámbar.

Cristales reflejaban la ciudad como si Dubái fuera un mapa de luces ardiendo bajo sus pies.

Jared estaba de pie, con las manos detrás de la espalda, mirando por la ventana.

Su traje negro —hecho a medida en Savile Row— caía como una sombra sobre su figura alta.

Sus hombros eran la definición de autoridad.

Su aura…

bueno.

Su aura era como una tormenta contenida detrás de vidrio.

Su rostro parecía tallado en mármol:

pómulos afilados, mandíbula poderosa, labios que rara vez sonreían —y cuando lo hacían, era con desdén—

y unos ojos azules que no brillaban como mares, sino como acero frío pulido hasta lo mortal.

Su presencia hacía que la habitación pareciera más pequeña.

Y su silencio…

su silencio era peor que cualquier amenaza.

Detrás de él, Sebastián, su asistente personal, revisaba documentos, intentando no dejar que el sudor en sus palmas traicionara su nerviosismo.

Hasta que su teléfono vibró.

Un mensaje.

Una foto.

Una frase corta que encendió un destello de burla en sus labios.

Y ese fue el error.

Jared escuchó ese exhalar contenido.

Esa pequeña risa casi muda.

Se giró.

Lento.

Controlado.

Peligroso.

Fijó los ojos en Sebastián.

—¿Cuál es el chiste?

La voz de Jared era profunda.

No grave, no masculina solamente.

Era una voz que vibraba en los huesos de quien la escuchaba.

Una voz que despertaba temor, respeto… o ambos al mismo tiempo.

Sebastián se congeló.

Tragó saliva.

El teléfono temblaba ligeramente entre sus dedos.

—Se–señor… yo… eh… nada importante…

El ceño de Jared se frunció apenas un milímetro.

—Dije —repitió, avanzando un paso que pareció sacudir la habitación—:

¿Cuál es el chiste?

Sebastián inspiró hondo.

No había escapatoria.

Cuando Jared pedía algo, lo conseguía.

—Es… un rumor, señor.

Desde París.

Parece que… —se aclaró la garganta—

que Enzo Ferreiro fue plantado en el altar esta tarde.

Jared no movió un músculo.

Ni uno.

—¿Y eso te parece gracioso?

—No, señor —contestó de inmediato.

Pero su tono tembló.

—Solo… solo me sorprendió.

Jared entrecerró los ojos.

—Esto —dijo con una calma tan fría que era más insultante que gritar—

no es un gallinero.

No pagarte para alborotar chismes de sociedad.

¿Estamos claros?

Sebastián se enderezó como si una descarga eléctrica atravesara su columna.

—Sí, señor. Disculpe.

La vergüenza le subió en un rubor intenso al rostro.

Jared lo vio, pero no mostró empatía.

Nunca lo hacía.

Ese hombre solo regalaba dos certezas:

poder y distancia.

Volvió a colocarse frente al ventanal, como si aquella interrupción no mereciera más que un instante.

—París está lejos —añadió sin mirar atrás—.

Y sus escándalos no afectan a nuestro cierre petrolero aquí.

Ocúpate de lo que importa.

—Sí, señor.

El silencio volvió a la sala.

Pero era un silencio denso, casi eléctrico.

Sebastián intentó seguir organizando los contratos.

Pero entonces, mientras pensaba en su error, otro pensamiento lo atravesó:

¿Cómo reaccionaría Jared cuando descubriera el otro rumor?

Porque ya se hablaba —en susurros, en cadenas privadas, en fotos clandestinas—

de la verdadera razón por la que Amanda Portal había huido del altar.

Una razón tan grave… tan destructiva…tan personal, todos saben que los Portal son una familia muy respetada y una Heredera dejó plantado a otro heredero.

Detrás de él, Jared seguía observando la ciudad.

Pero algo en su postura cambió sutilmente.

Una tensión mínima en la mandíbula.

Un desvío imperceptible de la mirada.

El silencio aún flotaba en la sala, espeso como humo.

Sebastián intentaba recomponer su respiración, enderezando los documentos frente a él, cuando escuchó el leve chasquido de los dedos de Jared.

Era una señal.

Sutil.

Autoritaria.

Inapelable.

—Sebastián —dijo el CEO sin girarse, aún contemplando Dubái desde lo alto—.Hay un proyecto que no puede esperar.

El asistente alzó la vista de inmediato. —El emirato ha aprobado el terreno en Ras Al Khor para la expansión petrolera —continuó Jared—. Quiero la propuesta arquitectónica lista antes de mi vuelo a París.

París.

La palabra cayó como un peso silencioso, cargado de implicaciones que Sebastián no se atrevió a interpretar.

—Sí, señor. ¿Desea contactar a su equipo interno?

Jared negó apenas con la cabeza.

—No. Este proyecto necesita perspectiva fresca. Y excelencia.

Entonces se giró.

Sus ojos, dos fragmentos de hielo que parecían estudiar universos enteros, se clavaron en Sebastián con aquella intensidad que siempre hacía que el aire dejara de ser respirable.

—Busca tres arquitectos. Los mejores. Los más codiciados. Los que el mundo entero quiera arrebatarme… y no puedan.

Sebastián tragó saliva, pero su voz se mantuvo firme.

—¿Algún requisito más, señor?

Jared caminó hacia él con pasos medidos, como un depredador que no necesita correr para recordar su lugar en la cadena alimenticia.

—Quiero nombres capaces de diseñar más que edificios —dijo con un tono bajo y vibrante—.

Quiero mentes que creen imperios. Que entiendan que la arquitectura también puede ser un arma.

Una sombra amarga o quizá presiente pasó por sus labios.

—Y uno de ellos será el elegido.

Sebastián sintió la piel erizarse.

Casi podía jurar que algo en la atmósfera se había tensado, como si los hilos del destino comenzaran a enroscarse alrededor del nombre de una mujer que Jared aún no conocía.

Asintió con un respeto cargado de nervios.

—Entendido. Empezaré la búsqueda hoy mismo.

Jared inclinó ligeramente el rostro, dándole su aprobación en silencio.

Luego volvió a la ventana, como si hubiera terminado de moldear el mundo a su voluntad.

—Esta expansión será la mayor de nuestra compañía en Medio Oriente —añadió—.

No admito fallas. Y no admitiré mediocridad. Los arquitectos deben estar aquí en diez días.

Presenciales. Listos para presentar.

Su voz descendió a un murmullo que, aun así, retumbó en el pecho de Sebastián.

—Hazlo, Sebastián.

—Sí, señor Davenport.

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