El silencio que quedó tras la intervención de Jared fue denso, casi físico. Los guardias del jeque se retiraron unos pasos, pero sus miradas seguían clavadas en Amanda como filos curvos, recordándole que en Dubái la libertad era un espejismo. Joaan Al-Nayef, sin embargo, no retrocedió. Sus ojos oscuros, siempre tan seguros, parpadearon con una chispa de duda. No porque creyera realmente en lo que Jared acababa de decir, sino porque nadie, absolutamente nadie, se atrevía a pronunciar una afirmación tan grande sin estar dispuesto a respaldarla con sangre.
—¿Tu prometida…? —repitió Joaan, saboreando cada sílaba con un dejo de ironía.
Jared se mantuvo inmóvil, imperturbable, su traje negro absorbiendo la luz del amanecer como si él mismo fuera una sombra. Amanda sentía su corazón martillando con fuerza, pero no se movió. Daba la impresión de que cualquier gesto sería interpretado como una provocación, y Joaan parecía un hombre acostumbrado a aplastar provocaciones sin pestañear.
—Eso dije