Mundo ficciónIniciar sesiónAriadne es una enfermera que se ve arrastrada por las deudas familiares y la desesperación. Sin salida, acepta un acuerdo que cambiará su vida para siempre: convertirse en la esposa temporal de Viktor, el peligroso y carismático heredero de la mafia rusa. Lo que comienza como una unión por conveniencia se convierte rápidamente en una encrucijada de poder, celos y traiciones. Atrapada entre la creciente pasión que la consume y los oscuros secretos del mundo de Viktor, Ariadne deberá decidir si su corazón puede sobrevivir al fuego de una relación tan peligrosa. Lo que no sabe es que al firmar su contrato con el “diablo”, ha entrado en un juego donde el amor y la lealtad se confunden, y la única salida podría ser perderlo todo.
Leer másLa nieve cae como una promesa.Silenciosa. Persistente. Fría… y, de alguna manera, reconfortante.Estamos en medio de la nada. Una cabaña de madera al norte, rodeada por pinos altos y una niebla que parece salida de un sueño demasiado largo. El tipo de lugar que huele a leña, a tierra húmeda y a nuevas oportunidades. Aquí no hay disparos. No hay gritos. No hay cadáveres esperando justicia. Solo nosotros. Viktor. Yo. Y la pequeña vida que crece en silencio dentro de mí.A veces lo escucho moverse por las noches, en la cocina, en la sala, en la terraza. Camina como si esperara que el pasado tocara la puerta en cualquier momento. Yo lo observo desde la cama, con una mezcla de ternura y miedo. Porque lo amo. Y porque sé que ese amor no es suficiente para protegernos de lo que se viene.Hoy amaneció antes que yo. Lo encontré junto al ventanal, solo con un suéter de lana y una taza de café negro en la mano. Miraba la nieve caer como si pudiera descifrar algún mensaje en cada copo.—¿Estás c
La paz es una ilusión elegante.Un susurro dulce antes de la próxima explosión.Después del juicio, el mundo debería haber respirado. Deberíamos haber tenido una tregua, un momento para lamer las heridas y pensar en qué demonios hacer con todo lo que quedó. Pero no. Los cadáveres apenas estaban fríos cuando comenzaron los movimientos.Mensajes en clave. Autos sospechosos. Miradas que duran medio segundo más de lo permitido.Y Viktor… Viktor no duerme. No realmente.Desde hace días se levanta en mitad de la noche, revisa las cámaras, da órdenes al teléfono en ruso, se ducha en silencio con los puños apretados. Lo observo desde la cama como quien mira a un lobo herido: hermoso, mortal y tan jodidamente solo.—¿Vendrán por nosotros? —le pregunté anoche, con la voz rasgada por la vigilia.Me miró. Una sola vez.—No por nosotros. Por mí.Y entendí.Mi nombre ya no es el blanco.Pero mi cuerpo… sigue siendo el campo de batalla.Hoy, todo se fue al demonio.Y no porque nos dispararan —que ta
La primera vez que entré a esta sala, lo hice con las rodillas temblando y la mirada baja. Hoy… cada paso que doy resuena como un disparo. Cada pisada es una advertencia.Ya no soy solo la esposa del heredero. Ni la huérfana que buscaba sobrevivir. Soy la hija de un linaje olvidado. La herencia de un poder más antiguo que las promesas rotas de esta sala. Y ellos… lo saben.—¿Está segura de lo que está haciendo, señorita? —pregunta uno de los ancianos, mirando mis manos como si esperara que se prendieran fuego.—Nunca estuve más segura —respondo, sin pestañear.El salón del consejo parece una escena congelada. Rostros tallados en piedra. Secretos ocultos tras arrugas que han presenciado demasiadas traiciones.A un lado, Viktor. Silencioso. Firme. Imponente. Su presencia es una promesa sin palabras. Y sin embargo, esta batalla es mía.—Estoy aquí para hablar de justicia —digo, mi voz proyectándose como una campana de cristal—. Y para hablar de la verdad que ustedes han enterrado
Dicen que los hombres como yo no sufren. Que somos hechos de piedra, de pólvora y de promesas rotas. Que nada puede quebrarnos.Mentira.El corazón de un demonio también se parte… solo que hace más ruido.Y el mío estalló la primera vez que la vi caer.Ariadne.Mi esposa por contrato. Mi perdición. Mi redención. Y ahora… Una muñeca dormida en una cama fría, conectada a más cables que los que debería soportar un cuerpo humano.El cuarto olía a desinfectante, a silencio… y a muerte lenta.—¡Despierta! —rugí, lanzando el escritorio contra la pared. El sonido del impacto fue como un disparo. Nadie se atrevió a detenerme.El consejo de los ancianos estaba afuera, murmurando fórmulas y profecías antiguas. Yo solo escuchaba el latido irregular de esa máquina.Pip… Pip… Pip…Cada pitido era una burla.Cada segundo sin su voz, una tortura.—¡Si no despierta, los mato a todos! —advertí sin pensar. O quizás pensándolo demasiado. Y lo peor… es que no mentía.Ella me salvó. Se entregó al fueg
Último capítulo