—No voy a ir a ese maldito baile —dije, cruzándome de brazos frente al espejo del vestidor, mientras la caja con el vestido que Viktor había encargado seguía cerrada, intacta como mi dignidad.
Viktor se apoyó contra el marco de la puerta. Traje negro impecable, rostro tallado en piedra, mirada que me envolvía como seda y cuchillas al mismo tiempo.
—No es una invitación, Ariadne. Es una exigencia.
Me giré lentamente, clavándole los ojos.
—¿Y tú qué eres entonces? ¿El mensajero elegante de tu papá