No sé cuándo la calma empezó a ser un lujo, pero esta noche parecía más frágil que nunca. Me había acostado temprano, agotada por las horas que llevaba sin dormir después del atentado, cuando sentí algo bajo la almohada. Una hoja arrugada, amarillenta, sin remitente. Solo unas palabras escritas con tinta negra, firmes, urgentes:
“Él no es lo que dice. Pregunta por el cuarto rojo.”
Mi corazón dio un vuelco y mis dedos temblaron. La mansión parecía aún más oscura, como si sus paredes supieran que