Todo en la sala olía a hierro viejo y ambición mal disimulada.
El mármol negro bajo mis tacones resonaba con cada paso que daba, como si el suelo mismo reconociera el peso de lo que estaba a punto de suceder. Iba vestida de blanco, por supuesto. Ironía o provocación, no lo tenía claro. Pero Viktor me había mirado con una mezcla de furia y orgullo cuando crucé el umbral con el cuello erguido, los labios pintados de rojo y la espalda desnuda bajo la seda ajustada.
"Pareces una maldita ofrenda," m