Mundo de ficçãoIniciar sessãoNoel Silva estaba a punto de casarse con su primer amor. Raina Lara, que había estado a su lado durante siete años, no lloró ni hizo un escándalo. Incluso fue ella quien le organizó una boda por todo lo alto. El mismo día de la ceremonia, Raina también se vistió de novia. En una calle engalanada, las caravanas de boda se cruzaron. Al encontrarse, Noel alcanzó a escucharla decir con calma: —Que seas feliz. Él no lo soportó y corrió tras ella durante varias cuadras, hasta que la alcanzó. Con la voz quebrada por las lágrimas, le gritó: —Raina, eres mía. Pero en ese momento un hombre bajó del auto, la rodeó con los brazos y, mirándolo de frente, respondió: —Si ella es tuya, entonces, ¿yo de quién soy?
Ler maisIván se quedó ahí parado, viendo cómo Raina se iba perdiendo en la oscuridad de la noche. Encendió un cigarro. La llama bailó un poco por el viento, revelando por un instante la tensión en su rostro.Reaccionó hasta que sintió el calor de la ceniza quemándole los dedos. Algo brilló en el piso: era un aretito de perla que se le había zafado a Raina cuando se soltó de él. Se agachó a recogerlo y le pasó el pulgar con cuidado. Todavía tenía ese rastro apenas perceptible de su perfume.Mientras tanto, ya lejos de la casa de los Herrera, Raina abrazaba el celular contra el pecho. En la pantalla se veía una foto vieja: la sonrisa de su mamá. Las luces de la ciudad pasaban rápido por el vidrio del taxi, iluminándole la cara, pero ninguna de esas luces lograba quitarle la tristeza que cargaba en la mirada.Al día siguiente, en las oficinas del Grupo Franco.Raina golpeteaba el contrato con la punta de los dedos mientras fruncía el ceño. La luz del sol entraba por el ventanal e iluminaba ju
—Iván ya me puso al corriente —dijo Román, con la mirada perdida en la oscuridad de los árboles—. Si necesitas que averigüe algo por mi cuenta, solo dime..—No hace falta —lo cortó Raina en seco—. Yo misma me voy a encargar.Román apretó la taza con fuerza.—A fin de cuentas... soy tu cuñado. No tienes por qué mantener tanta distancia conmigo.La relación entre los dos pendía de un hilo... Él sabía que no podía estirar más la cuerda. Si lo hacía, perdería hasta el derecho de estar ahí, parado junto a ella, dirigiéndole la palabra. Raina entendió perfectamente por dónde iba la cosa.—No es así, Román. Es que tú ya tienes tu propia vida y alguien por quien ver. Y yo... yo lo tengo a Iván.Román soltó una risita amarga.—Es cierto. Tienes a Iván.En el mundo de ella ya no quedaba lugar para él. Lo único que podía hacer era hacerse el tonto y tratar de protegerla bajo el papel de "cuñado", pero ella no estaba dispuesta a darle ni ese poquito de consuelo.A la luz de la luna, las faccione
Román traía un suéter gris de cuello alto que le daba un aire todavía más frío y distante.Echó un vistazo por toda la sala hasta que sus ojos dieron con Raina.—¿Estás bien? —le preguntó, acercándose poco a poco.Raina levantó la cara, sin que se le moviera un solo pelo.—Estoy bien, gracias por preguntar, cuñado.Ese "cuñado" le cayó como un balde de agua fría; fue un golpe seco para ponerle límites y marcar su distancia. A Román se le tensaron los dedos, como si hubiera querido tocarla pero se hubiera arrepentido al mero momento.—Si necesitas cualquier cosa...—No hace falta —lo interrumpió ella—. Iván se encarga de todo.No fue solo un "no", fue una advertencia: ella tenía esposo y él estaba ahí mismo.—Es verdad... Iván lo manejará bien —murmuró Román, con una sombra de amargura en la voz.A unos metros, Iván no les perdía detalle. Se acercó justo a tiempo y la agarró por la cintura, pegándola a él como marcando territorio.—Hermano, en vez de andar tan pendiente de nosotros, me
—Pobrecita... apenas perdió al bebé y ya le están aplicando las reglas de la casa. —¡Shhh! Cállate, no nos vayan a oír...Los pasos de las muchachas se fueron alejando hasta que la habitación se quedó en un silencio total, donde solo se escuchaba la respiración entrecortada de Marta. Intentar acomodarse fue un suplicio. En cuanto sintió el roce de las sábanas en las heridas, el fuego le cortó el aire y el grito ni siquiera pudo salir.La luz de la luna se colaba por las cortinas, dibujando una raya pálida en el piso.Marta se quedó mirando el techo, con la mirada perdida. Estaba acostumbrada a que la trataran así desde que era niña. Pensaba que ya debería ser inmune, pero cada vez le dolía más. Y ese dolor solo servía para alimentar el odio que le hervía por dentro. Con las manos temblorosas, buscó en el fondo del cajón de su mesita de noche y sacó un celular que tenía escondido. El brillo de la pantalla le iluminó la cara, que se veía toda demacrada, casi como un fantasma. Buscó
A Marta se le heló la sangre. Conocía de sobra a esos tres tipos. Eran los perros fieles de la familia Quiles... Ricardo la había encontrado.Un segundo después, el hombre entró caminando despacio, midiendo cada paso. El golpe seco de su bastón contra el piso retumbaba en el silencio como una amenaza. Marta se hizo chiquita en la cama, tratando de esconderse donde no había espacio.—Pa... papá... —alcanzó a decir. Se puso tan pálida que parecía que se iba a desmayar ahí mismo.Ricardo barrió la habitación con una mirada fría. Se detuvo apenas un segundo en Fernando, el médico.—Lárgate —dijo sin siquiera levantar la voz.Fernando no esperó ni un segundo más. Salió disparado de la habitación con la mirada baja, sin animarse a mirar a Marta.Ricardo se sentó a un lado de la cama. Esa calma suya daba escalofríos.—Ya me enteré de que perdiste al bebé —dijo él, y no sonaba a pregunta, sino a una sentencia de muerte—. Y que también dejaste ir la herencia de los Fonseca. ¿Es verdad?Marta
Las luces del techo encandilaban, crudas y sin vida. El olor a cloro lo llenaba todo, metiéndose en la garganta como un nudo frío que te recordaba dónde estabas.Cuando sacaron a Marta del quirófano, no tenía ni una gota de color en la cara. Tenía los labios secos, todos partidos.—El bebé... ¿dónde está mi bebé? —preguntó apenas con un hilito de voz, aferrándose a la mano de la enfermera.La enfermera evitó su mirada y le susurró: —Lo siento, no se pudo salvar. Ahora descanse, es joven, podrá tener más hijos después.A Marta se le vino el mundo encima. ¿Que otros?Solo ella sabía lo que le había costado ese hijo.Soltó a la enfermera y se quedó ida, con los ojos clavados en el techo, mientras las lágrimas se le resbalaban hasta el pelo sin hacer ni un ruido.El cuarto se quedó en un silencio pesado, donde lo único que se oía era el "bip, bip" de la máquina. Noel estaba parado frente a la ventana, dándole la espalda. El cigarrillo se había consumido entre sus dedos hasta llegar al f





Último capítulo