—Pobrecita... apenas perdió al bebé y ya le están aplicando las reglas de la casa.
—¡Shhh! Cállate, no nos vayan a oír...
Los pasos de las muchachas se fueron alejando hasta que la habitación se quedó en un silencio total, donde solo se escuchaba la respiración entrecortada de Marta.
Intentar acomodarse fue un suplicio. En cuanto sintió el roce de las sábanas en las heridas, el fuego le cortó el aire y el grito ni siquiera pudo salir.
La luz de la luna se colaba por las cortinas, dibujando una