A Marta se le heló la sangre. Conocía de sobra a esos tres tipos.
Eran los perros fieles de la familia Quiles... Ricardo la había encontrado.
Un segundo después, el hombre entró caminando despacio, midiendo cada paso. El golpe seco de su bastón contra el piso retumbaba en el silencio como una amenaza.
Marta se hizo chiquita en la cama, tratando de esconderse donde no había espacio.
—Pa... papá... —alcanzó a decir. Se puso tan pálida que parecía que se iba a desmayar ahí mismo.
Ricardo barrió l