Mundo de ficçãoIniciar sessãoUn CEO obsesionado con el control. Una asistente que es su única debilidad. Y un contrato que está a punto de romperse. Leo Ferrer es el heredero de Selene Global, un hombre que rige su vida y su imperio bajo un estricto código de eficiencia y frialdad. Para él, las emociones son fallos en el sistema. Sin embargo, tras un escándalo familiar, Leo se ve obligado a imponer una regla de silencio sobre su única distracción: Valeria Soto, su brillante y reservada secretaria ejecutiva. Valeria conoce todos sus secretos, pero guarda uno propio: está enamorada del hombre de hielo. Cuando una trampa corporativa y la ambición de una prima despiadada amenazan con destruir la reputación de Leo, él deberá decidir si protege su linaje o se rinde ante la mujer que se ha convertido en su verdadera prioridad. En un mundo de apariencias, lujos y traiciones, Leo y Valeria descubrirán que el amor es el único factor que no se puede calcular. ¿Podrán mantener el secreto antes de que el caos lo destruya todo?
Ler maisValeria Soto no era una secretaria; era el sistema operativo de Leo Ferrer Black. Durante tres años, había mantenido la División de Innovación de Selene Global funcionando con una fluidez que rayaba en lo milagroso. Sabía la temperatura ideal del café de Leo (37°C), el tono exacto de voz para evitar que su impaciencia se disparara y la única silla en la sala de juntas que lo hacía sentir poderoso.
Valeria era silenciosa, eficiente y, a los ojos de Leo, completamente invisible.
Mientras Leo cerraba una videollamada multimillonaria con Asia, Valeria se movía por el despacho con su blusa sobria, su falda por debajo de la rodilla y sus gafas funcionales que ocultaban sus ojos claros. Ella era una silueta de eficiencia invisible. Reemplazó el agua, silenció el móvil y colocó el informe de mercado correcto sobre su escritorio, justo en el ángulo de visión que Leo prefería.
Leo, alto y tan imponente como su padre (Damián) en sus mejores años, pero con la mirada ética y concentrada de su madre (Luna), asintió sin mirarla. "Gracias, Valeria. La eficiencia de ese informe es excelente."
"De nada, Sr. Ferrer", respondió Valeria, su corazón latía con la familiar punzada de dolor dulce. Él solo la elogiaba por su trabajo. Para él, ella era una herramienta perfecta. Y ella lo amaba. Amaba su ambición dirigida por la ética (un eco de la redención de Damián), su implacable enfoque. Su amor era un lujo que no podía permitirse. Su salario era para la medicina de su madre, no para ensueños.
Leo salía con modelos. Mujeres de cabello espectacular, piernas kilométricas y rostros cincelados que visitaban la oficina con frecuencia, dejando un rastro de perfume caro.
Esa certeza de ser invisible se había grabado en Valeria hace un año, en el peor momento de su vida, cuando el velo entre su mundo y el de Leo se rasgó de la manera más dolorosa.
Un día, apurada por entregar un contrato urgente antes del cierre del mercado, Valeria asumió que Leo estaba en una reunión externa. Entró sin llamar y se detuvo en seco, el contrato resbalando de sus manos.
Leo no estaba en su escritorio. Estaba contra la pared de cristal con vistas a la ciudad, inmerso en una escena que quemó la retina de Valeria.
Estaba de pie, su traje impecable y su camisa desordenada, mientras la modelo Gabriela —una belleza rubia platino— estaba de espaldas a la puerta, apoyada en el cristal. Sus movimientos eran urgentes, apasionados, acompañados por jadeos silenciados que hacían vibrar el aire de la oficina. La escena era cruda y sin un atisbo de privacidad.
Valeria retrocedió, su rostro ardía. El sonido de su contrato cayendo sobre la alfombra de lana interrumpió la escena. Leo se giró de golpe; su expresión era una mezcla de furia impaciente y molestia por la interrupción.
"¡Valeria!", siseó Leo, arreglándose la ropa con movimientos bruscos.
Gabriela se ajustó el vestido con una sonrisa maliciosa, mirando a Valeria con absoluto desdén. "Vaya, la secretaria", susurró con voz azucarada. "No te molestes, cariño. Pronto seré la señora Ferrer. A Leo le gustan las mujeres que se ven bien sin diez capas de ropa de abuela."
Valeria huyó, el corazón latiéndole desbocado, sintiendo el calor de la humillación en cada centímetro de su piel. Y un dolor en su corazón, al ver al hombre que amaba con otra mujer. Nunca más volvió a entrar sin llamar, y se aseguró de que sus blusas fueran siempre de cuello alto y sus gafas opacas.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso, algo que Valeria nunca habría permitido. Era Mía Ferrer Black, la hermana gemela de Leo. Mía era la antítesis de su hermano: vestía con arte, se movía con espontaneidad y su sonrisa era un imán.
"¡Leo! ¿No vas a almorzar?" preguntó Mía, ignorando el aire tenso del despacho.
"Tengo una reunión con el equipo de Singapur en una hora. Valeria, cancela mi almuerzo."
"Ya está cancelado, Sr. Ferrer", respondió Valeria al instante.
Mía puso los ojos en blanco, luego se giró hacia Valeria con una calidez que siempre sorprendía a la secretaria. Mía y Valeria eran amigas improbables; Mía era la única persona en la oficina que miraba a Valeria a los ojos.
"Valeria, ¿ya almorzaste? Vamos, te invito a la cafetería, no puedes vivir solo de café."
Valeria sintió el pánico. Compartir espacio con Mía era seguro; compartirlo con Leo era peligroso. "Gracias, Mía, pero tengo que preparar el resumen de Singapur para el Sr. Ferrer."
"No te preocupes por si almorza o no Valeria, Mía", intervino Leo, sin mirar a ninguna de las dos. "Valeria es indispensable en este momento. La necesitamos aquí."
Mía le dio a su hermano una mirada de reproche que él ignoró olímpicamente.
Mientras Paz lidiaba con sus antojos de mangos y Oliver revisaba los sistemas de seguridad, en el jardín de Lomas de Chapultepec se gestaba la batalla del siglo. Don Carlos, el pavo real del embajador vecino, había cometido el error de saltar la verja para picotear las flores de lavanda de Mía.Don Carlos desplegó su cola, un abanico de plumas azules y verdes que brillaban bajo el sol mexicano, y soltó un graznido ensordecedor que despertó a las gemelas.—¡Ese pájaro otra vez! —gritó Julián desde la ventana—. ¡Va a despertar a todo el vecindario!Pero Missiu Leguau ya estaba en posición. No se escondió. Caminó por el borde de la fuente de cantera con una lentitud calculada, moviendo la punta de su cola negra. Don Carlos, acostumbrado a asustar a perros falderos, sacudió sus plumas con un ruido metálico para intimidarla.Missiu ni pestañeó. Se sentó, se lamió una pata con total indiferencia y luego, con la velocidad de un rayo, saltó sobre el lomo del ave.—¡Santo Dios! —exclamó Ethan,
El silencio en la habitación fue absoluto. Julián soltó una carcajada tan fuerte que despertó a Missiu Leguau, que dormía a los pies de Mía.—¡Toma ya! —gritó Julián, señalando a Oliver—. ¿Quién es el que tiene el "catálogo de novias" ahora? ¡Bienvenido al club de los padres de princesas, Thorne! ¡Te vas a tragar cada una de tus palabras!Oliver estaba pálido, procesando la información. —¿Tres meses y medio? ¿Me lo ocultaste durante el escape en el Caribe? ¿Durante la auditoría de Vance? ¿Paz, cómo pudiste...?—Soy amiga de los Ferrer, Oliver. Y como ellos manejo el estrés y los secretos mejor que nadie —respondió ella, dándole un beso corto pero firme—. Además, quería ver tu cara cuando te dieras cuenta de que el "rey Leo" va a tener una hermana que lo va a tener bajo su control desde el primer día.Mía se reía desde la cama. —Paz, eres mi heroína. Ahora sí que los hombres de esta familia están acabados. Cuatro niñas contra un niño. ¡Espera! No nos olvidemos de los tres varones de L
Mientras la familia celebraba, Ethan estaba en una oficina de cristal en la Avenida Reforma, enfrentándose a un equipo de auditores enviados por Arthur Vance. Estaban intentando congelar los fondos del "Castillo" alegando irregularidades.Fue una batalla de ocho horas. Ethan, impecable en su traje gris, desmontó cada argumento de Vance con una precisión quirúrgica. Al salir del edificio, victorioso y con los fondos liberados, se encontró con Alice, que lo esperaba en la acera con un pequeño ramo de margaritas.—¿Ganaste? —preguntó ella con timidez. —No solo gané, Alice. Los he dejado sin argumentos para los próximos cinco años —respondió Ethan, soltando el maletín y tomándola por la cintura.En medio del caos de la Ciudad de México, entre los coches y la gente que caminaba deprisa, Ethan besó a Alice con una pasión que detuvo el tiempo. —Gracias por ser mi ancla, Alice. Sin ti, este abogado solo sería un hombre amargado en un despacho.Al caer la noche, con los niños dormidos y Missiu
Arthur Vance insistió en ofrecer una cena de "cortesía" en la cubierta de su yate, el Gilded Cage. Paz, con su instinto de loba de negocios, aceptó solo para ganar tiempo mientras los mecánicos revisaban el avión.—Mantén a los niños en la villa con Alice, Oliver —susurró Paz—. Mía y yo iremos a ver qué quiere este tiburón.Durante la cena, mientras Vance intentaba deslumbrarlas con champán de mil dólares y promesas de "paz corporativa", Paz dejó caer su servilleta. Al agacharse, notó algo extraño bajo la mesa de caoba: un receptor de señal satelital de alta frecuencia. Aprovechando un descuido de Vance, escaneó un código QR en la base del equipo con su anillo inteligente.—Mía, no es una cena, es una transmisión —le susurró Paz al oído—. Martina está escuchando todo desde Nueva York en tiempo real. Este yate es una estación de espionaje flotante.Mía, que no pierde la elegancia ni con contracciones leves, sonrió a la cámara oculta en el centro de mesa. —Espero que estés tomando notas
El Fragmento del DelitoLlegó el día de la inauguración de la Academia de Arte de Alice. Juliette estaba radiante, paseando entre los caballetes de los niños. Julián, nervioso por el evento, sacó un pañuelo de su bolsillo para secarse el sudor, y con él, voló un pequeño objeto brillante que rebotó en el suelo de parqué, deteniéndose justo en los pies de la abuela.Era un fragmento de cristal azul, perfectamente reconocido como la "mano derecha" del Ángel de Ginebra.Juliette lo recogió con dos dedos, su mirada se volvió de acero y miró fijamente a Julián, que se puso del color del papel. —Así que... "estudio de la luz", ¿verdad? —dijo Juliette mirando a Alice, que intentaba esconderse tras un cuadro.—Abuela, yo... —empezó Paz a intentar defender a Julián. —Silencio —sentenció Juliette—. Sé perfectamente lo que pasó esa noche con Alvear. Sé que rompieron mi estatuilla. Pero también sé que Alice mintió para proteger a este par de inútiles —señaló a Julián y Oliver— y
El timbre sonó con la autoridad que solo una persona en el mundo posee. Juliette había llegado de sorpresa desde Ginebra, escoltada por dos asistentes y su aura de hierro. Entró en el gran salón justo cuando Julián intentaba ocultar los restos mal pegados de la estatuilla detrás de un jarrón de flores.—¿Y mi "Ángel de Ginebra"? —preguntó Juliette, quitándose los guantes de seda—. Ese cristal es el alma de esta casa.Oliver y Julián se quedaron mudos, pero Alice, con una calma angelical, dio un paso al frente sosteniendo un boceto.—Abuela, no está en su sitio porque me he tomado el atrevimiento de "descomponerlo" —dijo Alice con una sonrisa dulce—. Estoy trabajando en una nueva serie de esculturas abstractas para la galería de San Telmo. He usado los fragmentos para estudiar cómo la luz de Buenos Aires atraviesa el cristal de los Ferrer. Es un proyecto sobre la resiliencia: la belleza que surge de lo que parece roto.Juliette miró a Alice, luego a los fragmentos brillantes y finalmen
Último capítulo