Iván se quedó ahí parado, viendo cómo Raina se iba perdiendo en la oscuridad de la noche.
Encendió un cigarro. La llama bailó un poco por el viento, revelando por un instante la tensión en su rostro.
Reaccionó hasta que sintió el calor de la ceniza quemándole los dedos. Algo brilló en el piso: era un aretito de perla que se le había zafado a Raina cuando se soltó de él.
Se agachó a recogerlo y le pasó el pulgar con cuidado. Todavía tenía ese rastro apenas perceptible de su perfume.
Mientras ta