Las luces del techo encandilaban, crudas y sin vida. El olor a cloro lo llenaba todo, metiéndose en la garganta como un nudo frío que te recordaba dónde estabas.
Cuando sacaron a Marta del quirófano, no tenía ni una gota de color en la cara. Tenía los labios secos, todos partidos.
—El bebé... ¿dónde está mi bebé? —preguntó apenas con un hilito de voz, aferrándose a la mano de la enfermera.
La enfermera evitó su mirada y le susurró:
—Lo siento, no se pudo salvar. Ahora descanse, es joven, podrá