Román traía un suéter gris de cuello alto que le daba un aire todavía más frío y distante.
Echó un vistazo por toda la sala hasta que sus ojos dieron con Raina.
—¿Estás bien? —le preguntó, acercándose poco a poco.
Raina levantó la cara, sin que se le moviera un solo pelo.
—Estoy bien, gracias por preguntar, cuñado.
Ese "cuñado" le cayó como un balde de agua fría; fue un golpe seco para ponerle límites y marcar su distancia.
A Román se le tensaron los dedos, como si hubiera querido tocarla pero