Mundo ficciónIniciar sesiónAva Miller creía conocer el significado del dolor hasta que el último suspiro de su madre la dejó a cargo de lo único que le importaba en el mundo: su pequeño hermano, Amado. Sin embargo, el luto se ve interrumpido por la sombra de un pasado que juró olvidar. Su padre, un magnate poderoso y despiadado que los abandonó hace trece años por una amante, reaparece en el funeral con una orden irrevocable: deben mudarse a la Mansión Miller. Ava se niega a volver al lugar que destruyó a su madre, pero su padre juega su última carta: el control total sobre la custodia de Amado. Sin opciones y con el corazón blindado, Ava cruza las puertas de una jaula de oro donde el odio la espera en cada rincón. Allí se encuentra con una madrastra que desea verla hundida y una media hermana que es el recordatorio viviente de la traición. Pero el peligro más grande no son las intrigas de su padre, sino Lucas King. El hijo de su madrastra, un hombre frío, distante y de una belleza letal, que parece disfrutar de cada uno de sus tropiezos. En un mundo de apariencias, mentiras y secretos familiares enterrados, Ava decide que no será una víctima más. Se convertirá en el caos de esa casa, en la pieza que no encaja... en su pequeña traviesa. ¿Podrá Ava proteger a su hermano sin caer en la red de seducción y frialdad de Lucas? En la mansión Miller, el amor no es una opción, es una debilidad que te puede costar la vida.
Leer másEl cielo sobre el cementerio de la ciudad no era gris, sino de un color plomizo y sucio que parecía asfixiar los pulmones. No llovía a cántaros; era una llovizna persistente, una cortina de agujas frías que se pegaban a la piel y calaban la ropa negra hasta volverla pesada.
Ava Miller no lloraba. Tenía los ojos fijos en la madera pulida del ataúd que descendía lentamente hacia el fango. Sus nudillos, apretados alrededor de la pequeña mano de Amado, estaban blancos, desprovistos de cualquier rastro de sangre. Podía sentir el temblor rítmico del cuerpo de su hermano de doce años contra su costado, pero ella se mantenía rígida, como una estatua de granito tallada para resistir la erosión. El olor era lo que más le dolía. No era el perfume de las flores, sino el aroma metálico de la tierra mojada mezclado con el ozono del aire cargado. Era el olor del final. —Ya casi termina, pequeño —susurró Ava. Su voz sonó rasposa, como si hubiera tragado arena. Amado sollozó, un sonido pequeño y roto que fue sepultado por el golpe sordo de la primera palada de tierra sobre la madera. Pum. Un eco final. El cierre de una vida de sacrificios, de una madre que se consumió trabajando turnos dobles para que ellos tuvieran un techo, mientras el hombre que debía protegerlos se escondía en su torre de cristal. De pronto, el ambiente cambió. No fue un ruido fuerte, sino una alteración en la presión del aire. El sonido del motor de varios vehículos de alta gama cortó el respetuoso silencio del campo santo. Tres camionetas negras, blindadas y brillantes, se detuvieron en el sendero de grava, levantando salpicaduras de lodo que mancharon las lápidas cercanas. Ava no giró la cabeza, pero sus hombros se tensaron tanto que dolían. Se escuchó el portazo seco de una de las camionetas. Luego, el crujir de zapatos de cuero costoso caminando sobre la gravilla con una confianza insultante. Antes de verlo, Ava lo supo por el olfato: un rastro de colonia cítrica de diseñador y el olor a cuero nuevo. Un aroma que no pertenecía a ese cementerio humilde. Una sombra alargada se proyectó sobre el lodo, justo al borde de la fosa. —Te ves exactamente como ella, Ava. La voz era profunda, aterciopelada y carente de cualquier rastro de remordimiento. Ava giró el rostro lentamente. Sus ojos verdes, encendidos como dos brasas bajo su cabello rojo fuego empapado, chocaron con la figura de su padre. Richard Miller lucía un abrigo de lana italiana impecable; ni una sola gota de lluvia parecía atreverse a manchar su solapa. A su lado, dos hombres corpulentos con auriculares y gafas oscuras vigilaban el perímetro como si estuvieran en una zona de guerra y no en un funeral. —Vete de aquí, Richard —escupió Ava. No hubo gritos, solo una orden cargada de un odio añejado durante trece años. —No es forma de saludar a tu padre después de tanto tiempo, y mucho menos frente a tu hermano —dijo el hombre, bajando la vista hacia Amado con una curiosidad clínica, como si estuviera observando un espécimen bajo un microscopio—. Está enorme. Tenía solo un mes cuando... bueno, las cosas se complicaron. —Se complicaron porque nos abandonaste por una mujer que ya tenía una hija de tu misma sangre —respondió ella, dando un paso al frente para tapar la visión de su hermano. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, dejando marcas en forma de media luna—. No tienes nada que hacer aquí. Mi madre está muerta. Ya ganaste. Déjanos en paz. Richard Miller soltó una risa seca, un sonido metálico que no llegó a sus ojos fríos. Sacó un sobre de seda del bolsillo interior de su abrigo y jugueteó con él. —Vine a buscar lo que es mío, Ava. No voy a permitir que mis herederos vivan en este suburbio infecto de pobreza. Prepárate. En una hora vendrán por ustedes. —Prefiero pudrirme en esta fosa antes que poner un pie en tu casa —desafió ella, levantando la barbilla. Su cabello ondulado, ahora oscuro por el agua, se pegaba a sus mejillas con pecas, dándole un aspecto de guerrera herida pero no vencida. —Oh, irás —Richard se acercó un paso, invadiendo su espacio personal hasta que Ava pudo oler el tabaco caro en su aliento—. Porque si no lo haces por las buenas, mañana mismo presentaré la demanda de custodia. Tengo el dinero, los jueces y el poder. ¿Crees que el estado le dejará un niño a una chica de veinte años sin empleo fijo y con una casa hipotecada? En una semana, Amado estará en un internado en Suiza y tú no volverás a ver su rostro. Ava sintió como si el suelo bajo sus pies se abriera de nuevo, pero esta vez no era para enterrar a su madre, sino para tragarla a ella. Miró a Amado, quien la miraba con ojos aterrorizados, aferrándose a su chaqueta gastada. El niño era su vida entera. Su última promesa. —Eres un monstruo —susurró ella, su voz temblando por primera vez. —Soy un Miller, Ava. Y tú también lo eres —Richard dio media vuelta, haciendo una señal a sus guardaespaldas—. Tienen sesenta minutos para empacar. Solo lo esencial. No quiero nada de esa casa vieja contaminando mi mansión. Ava se quedó allí, de pie frente a la tumba de su madre, viendo cómo las camionetas se alejaban dejando una nube de humo gris. El silencio regresó, pero ya no era de luto. Era el silencio antes de la tormenta. —¿Tenemos que irnos con él, Ava? —preguntó Amado con un hilo de voz. Ava se arrodilló en el fango, sin importarle manchar su único vestido negro decente. Tomó el rostro de su hermano entre sus manos frías y lo miró a los ojos. —Solo será por un tiempo, pequeño. Te lo prometo. Ese hombre cree que nos tiene atrapados... —Ava miró hacia la dirección por donde se fue su padre, y un brillo peligroso apareció en sus pupilas—. Pero no sabe que acaba de meter al diablo en su casaLa noche en la mansión Miller no traía paz, solo una oscuridad costosa que parecía amplificar cada pensamiento. Ava salió del cuarto de baño de su habitación, envuelta únicamente en una toalla blanca que se sentía áspera contra su piel húmeda. El vapor todavía nublaba su vista y el aroma a jabón de sándalo —el mismo que usaba Lucas, por alguna razón que la irritaba— llenaba sus pulmones.Caminó hacia su armario, pero se detuvo en seco al ver una silueta recortada contra el ventanal de su habitación.Lucas King estaba allí, sentado en el borde de su poltrona de terciopelo, con una pierna cruzada sobre la otra y un libro entre las manos que ni siquiera estaba leyendo. Sus ojos grises la recorrieron con una lentitud que hizo que el vello de la nuca de Ava se erizara.—¿Qué demonios haces en mi cuarto, Lucas? —siseó ella, apretando el nudo de la toalla sobre su pecho.—Vine a traerte los horarios de Yale —dijo él, señalando un sobre sobre la cama—. Tu padre temía que decidieras perderte e
El aire de la mañana en el campus de la universidad pública todavía olía a libertad, a café de máquina expendedora y a libros usados. Para Ava, era el único lugar donde el apellido Miller no pesaba como una losa de mármol. Al bajar del viejo autobús, ajustó la correa de su mochila y respiró hondo. El bullicio de los estudiantes corriendo hacia sus facultades era la música que necesitaba para olvidar, aunque fuera por unas horas, el veneno de la mansión.Sin embargo, al girar la esquina del edificio de Artes, la melodía se cortó en seco.Aparcado sobre la acera, desafiando cualquier norma de tránsito, descansaba un deportivo plateado que brillaba con una insolencia obscena bajo el sol. Apoyado contra la puerta del conductor, con un traje gris humo que gritaba millonario en ascenso, estaba Richard. Y a su lado, con una chaqueta de cuero que resaltaba su mandíbula afilada, Lucas King.Lucas no estaba mirando el paisaje; sus ojos de acero estaban fijos en el sendero por el que ella venía.
La luz de la mañana se filtraba por los ventanales de doble altura del comedor, pero no traía calidez. Era una claridad blanca, clínica, que hacía que la platería sobre el mantel de lino doliera a la vista. Ava bajó las escaleras con el cuerpo entumecido; no había dormido más de tres horas, alerta a cualquier sonido que viniera del pasillo de las fieras.Al entrar al comedor, el tintineo de las cucharas contra la porcelana se detuvo. Richard presidía la mesa, oculto tras una edición física del Financial Times. Beatriz y Sienna estaban sentadas a su derecha, luciendo atuendos de mañana que costaban más que el alquiler anual de la antigua casa de Ava.—Siéntate, Ava. La puntualidad es la primera regla de esta casa —dijo Richard sin bajar el periódico.Ava tomó asiento frente a Beatriz, asegurándose de que Amado se sentara a su lado. El olor a huevos benedictinos y café recién tostado inundó sus sentidos, pero su estómago estaba cerrado por un nudo de hierro.De pronto, unos pasos pesado
El hierro forjado de los portones de la Mansión Miller se abrió con un gemido eléctrico que a Ava le sonó como el cierre de una celda de máxima seguridad. Mientras la camioneta avanzaba por el camino flanqueado por robles centenarios, ella mantenía la vista fija en sus propias manos, que descansaban sobre el regazo de su vestido negro todavía húmedo.Amado, a su lado, pegaba la nariz al cristal blindado.—Es enorme, Ava —susurró el niño, su aliento empañando el vidrio—. Parece un castillo.—Los castillos también tienen mazmorras, Amado —respondió ella, y su voz cortó el aire acondicionado del vehículo como un bisturí.Cuando el coche se detuvo frente a la escalinata de mármol blanco, la puerta fue abierta por un hombre de uniforme que ni siquiera la miró a los ojos. Ava bajó, sintiendo el peso de su mochila vieja sobre el hombro, un contraste insultante contra la opulencia de la fachada neoclásica.El olor del lugar era lo primero que la golpeó al cruzar el umbral: cera para muebles c
El cielo sobre el cementerio de la ciudad no era gris, sino de un color plomizo y sucio que parecía asfixiar los pulmones. No llovía a cántaros; era una llovizna persistente, una cortina de agujas frías que se pegaban a la piel y calaban la ropa negra hasta volverla pesada.Ava Miller no lloraba. Tenía los ojos fijos en la madera pulida del ataúd que descendía lentamente hacia el fango. Sus nudillos, apretados alrededor de la pequeña mano de Amado, estaban blancos, desprovistos de cualquier rastro de sangre. Podía sentir el temblor rítmico del cuerpo de su hermano de doce años contra su costado, pero ella se mantenía rígida, como una estatua de granito tallada para resistir la erosión.El olor era lo que más le dolía. No era el perfume de las flores, sino el aroma metálico de la tierra mojada mezclado con el ozono del aire cargado. Era el olor del final.—Ya casi termina, pequeño —susurró Ava. Su voz sonó rasposa, como si hubiera tragado arena.Amado sollozó, un sonido pequeño y










Último capítulo