Cap 2

El hierro forjado de los portones de la Mansión Miller se abrió con un gemido eléctrico que a Ava le sonó como el cierre de una celda de máxima seguridad. Mientras la camioneta avanzaba por el camino flanqueado por robles centenarios, ella mantenía la vista fija en sus propias manos, que descansaban sobre el regazo de su vestido negro todavía húmedo.

Amado, a su lado, pegaba la nariz al cristal blindado.

—Es enorme, Ava —susurró el niño, su aliento empañando el vidrio—. Parece un castillo.

—Los castillos también tienen mazmorras, Amado —respondió ella, y su voz cortó el aire acondicionado del vehículo como un bisturí.

Cuando el coche se detuvo frente a la escalinata de mármol blanco, la puerta fue abierta por un hombre de uniforme que ni siquiera la miró a los ojos. Ava bajó, sintiendo el peso de su mochila vieja sobre el hombro, un contraste insultante contra la opulencia de la fachada neoclásica.

El olor del lugar era lo primero que la golpeó al cruzar el umbral: cera para muebles costosos, orquídeas frescas y un perfume floral tan empalagoso que la hizo querer estornudar. No había rastro del olor a hogar, a café recién hecho o a detergente barato que inundaba su antigua casa.

En el centro del gran recibidor, bajo una lámpara de araña que proyectaba miles de fragmentos de luz fría, la esperaba "la nueva familia".

Beatriz Miller, la mujer que había desmantelado el matrimonio de sus padres, vestía un conjunto de seda color crema que gritaba "dinero viejo". A su lado, una chica de unos dieciséis años, con el cabello rubio perfectamente alisado y una expresión de aburrimiento supremo, examinaba sus uñas pintadas de rosa pálido.

—Vaya —la voz de Beatriz era una caricia de terciopelo con veneno oculto—. Richard no mencionó que traerías el barro del cementerio en los zapatos.

Ava se detuvo en seco. No bajó la cabeza. De hecho, enderezó la espalda hasta que cada vértebra crujió, ignorando la mirada de advertencia que su padre, Richard, le lanzaba desde el despacho al fondo del pasillo.

—Es barro de la tumba de mi madre, Beatriz —contestó Ava, con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos verdes—. Supuse que te resultaría familiar, considerando que pasaste años cavándola mientras ella seguía viva.

El color desapareció del rostro de Beatriz por un segundo antes de que sus labios se apretaran en una línea fina.

—Sigues teniendo esa lengua vulgar de los suburbios —intervino la adolescente, dando un paso al frente. Era la media hermana, la prueba viviente de la traición—. Soy Sienna. Y más vale que entiendas que en esta casa hay reglas. No puedes entrar aquí con esa ropa de segunda mano y esperar que te tratemos como a una igual.

Sienna recorrió con la mirada el vestido de Ava, deteniéndose en un pequeño desgarro en la manga. Soltó una risita burlona que hizo que Amado se encogiera detrás de su hermana.

—Tu madre debe estar revolcándose en su tumba de clase baja al ver lo poco que te enseñó sobre clase —añadió Sienna.

Ava sintió un calor volcánico subiendo por su garganta. Dio dos pasos rápidos, invadiendo el espacio personal de Sienna hasta que la chica rubia tuvo que retroceder, chocando contra una mesa de cristal. El sonido de las llaves de Ava al golpear la mesa fue lo único que rompió el silencio tenso.

—Escúchame bien, princesa de plástico —siseó Ava, bajando la voz hasta que solo ellas tres pudieran oírla—. Mi madre me enseñó a trabajar por lo que quiero, no a abrir las piernas para robarle el marido a otra mujer como hizo la tuya.

—¡Cómo te atreves! —chilló Beatriz, dando un paso adelante con la mano levantada.

Ava ni siquiera parpadeó. Agarró la muñeca de la mujer en el aire antes de que pudiera tocarla. La fuerza de Ava, forjada cargando cajas en su trabajo de media jornada y cuidando a un niño pequeño, sorprendió a la madrastra.

—Atrévete a tocarme y te juro que este "barro del cementerio" será lo último de lo que te preocupes —amenazó Ava, soltando la muñeca de Beatriz con un desprecio evidente—. He perdido lo único que amaba hoy. No tengo nada que perder, pero tú... tú tienes muchas alfombras caras que no querrías ver manchadas de sangre.

—¡Richard! —gritó Beatriz, volviéndose hacia el despacho—. ¡Controla a esta salvaje!

Richard Miller salió del despacho, ajustándose los gemelos de oro. Sus ojos recorrieron la escena con una frialdad absoluta. No parecía molesto; parecía entretenido.

—Ava, ve a tu habitación. Es la del ala oeste, al final del pasillo. Amado tiene la habitación contigua —ordenó el hombre sin emoción—. Y Beatriz, acostúmbrate. Te dije que ella no es como Sienna.

Ava no esperó a que dijeran más. Tomó la mano de Amado y empezó a subir las escaleras imperiales. Sus botas dejaban huellas húmedas en la alfombra blanca, un rastro de rebelión que no pensaba limpiar.

—Ava... tengo miedo —susurró Amado mientras subían.

—No lo tengas. Mientras yo respire, nadie en esta casa te va a mirar mal, ¿entendido? —le aseguró ella, besando su frente.

Al llegar al rellano del segundo piso, Ava se detuvo. Sintió una mirada quemándole la nuca. No era la mirada histérica de Beatriz ni la envidiosa de Sienna. Era algo diferente. Algo pesado, oscuro y extrañamente familiar.

Lentamente, giró la cabeza hacia la sombra del pasillo superior.

Apoyado contra el marco de una puerta de caoba, con los brazos cruzados sobre un pecho ancho cubierto por un jersey de punto negro, estaba él. Lucas King. Su cabello oscuro estaba revuelto, y sus ojos, grises como el acero antes de una tormenta, la recorrían de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y desdén.

No dijo nada. Solo se despegó de la pared con una elegancia felina y se acercó a ella. El aroma a sándalo y lluvia fresca que desprendía era embriagador, un contraste con el olor artificial de la casa.

Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Bonito espectáculo, Miller —dijo Lucas. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Ava—. Pero un consejo: en esta casa, los que muerden primero suelen terminar con un bozal.

—Entonces será mejor que compres uno de mi talla, King —respondió Ava, sin retroceder ni un milímetro—, porque no pienso dejar de morder.

Lucas esbozó una sonrisa lenta, casi imperceptible, que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Ava. No era un escalofrío de miedo. Era algo mucho más peligroso.

—Ya veremos cuánto dura esa chispa antes de que esta casa te consuma —susurró él, antes de pasar por su lado sin rozarla, dejándola con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas.

Ava observó cómo se alejaba. La guerra acababa de empezar, y el enemigo era mucho más guapo de lo que esperaba

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