El aire de la mañana en el campus de la universidad pública todavía olía a libertad, a café de máquina expendedora y a libros usados. Para Ava, era el único lugar donde el apellido Miller no pesaba como una losa de mármol. Al bajar del viejo autobús, ajustó la correa de su mochila y respiró hondo. El bullicio de los estudiantes corriendo hacia sus facultades era la música que necesitaba para olvidar, aunque fuera por unas horas, el veneno de la mansión.Sin embargo, al girar la esquina del edificio de Artes, la melodía se cortó en seco.Aparcado sobre la acera, desafiando cualquier norma de tránsito, descansaba un deportivo plateado que brillaba con una insolencia obscena bajo el sol. Apoyado contra la puerta del conductor, con un traje gris humo que gritaba millonario en ascenso, estaba Richard. Y a su lado, con una chaqueta de cuero que resaltaba su mandíbula afilada, Lucas King.Lucas no estaba mirando el paisaje; sus ojos de acero estaban fijos en el sendero por el que ella venía.
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