La luz de la mañana entraba por los ventanales del gran comedor con una claridad hiriente, iluminando las partículas de polvo que flotaban sobre la mesa de caoba. Era un día de una belleza insultante. Amado ya se había ido; el sonido de los neumáticos del coche del chófer crujiendo sobre la grava todavía resonaba en los oídos de Ava como una despedida.
Ava estaba sentada frente a un plato de porcelana fina que contenía un desayuno que le revolvía el estómago. No había tocado ni un solo bocado.