Cap 3

La luz de la mañana se filtraba por los ventanales de doble altura del comedor, pero no traía calidez. Era una claridad blanca, clínica, que hacía que la platería sobre el mantel de lino doliera a la vista. Ava bajó las escaleras con el cuerpo entumecido; no había dormido más de tres horas, alerta a cualquier sonido que viniera del pasillo de las fieras.

Al entrar al comedor, el tintineo de las cucharas contra la porcelana se detuvo. Richard presidía la mesa, oculto tras una edición física del Financial Times. Beatriz y Sienna estaban sentadas a su derecha, luciendo atuendos de mañana que costaban más que el alquiler anual de la antigua casa de Ava.

—Siéntate, Ava. La puntualidad es la primera regla de esta casa —dijo Richard sin bajar el periódico.

Ava tomó asiento frente a Beatriz, asegurándose de que Amado se sentara a su lado. El olor a huevos benedictinos y café recién tostado inundó sus sentidos, pero su estómago estaba cerrado por un nudo de hierro.

De pronto, unos pasos pesados y rítmicos anunciaron la llegada del último integrante. Lucas King entró al comedor. Vestía una camisa negra con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y una actitud de quien es dueño de cada centímetro que pisa. No miró a nadie. Se acercó a la cafetera de plata y se sirvió una taza con movimientos lentos y precisos.

—Buenos días, padre —dijo Lucas con una voz neutra, casi mecánica, mientras tomaba asiento junto a Richard.

El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido discordante. Una risa corta, seca y cargada de veneno brotó de la garganta de Ava. No pudo evitarlo. La ironía era tan espesa que casi podía masticarla.

—¿Algo te parece gracioso, Ava? —preguntó Richard, bajando finalmente el periódico. Sus ojos grises la taladraron con una advertencia silenciosa.

Ava dejó caer el tenedor sobre el plato con un sonido metálico que hizo que Sienna diera un pequeño brinco.

—"Padre" —repitió Ava, saboreando la palabra como si fuera leche cortada—. Es fascinante. El hijo que no lleva tu sangre te llama así con tanta naturalidad, mientras que los que compartimos tu ADN tuvimos que ver cómo nos borrabas de tu vida como si fuéramos un error de cálculo.

Lucas levantó la vista de su café. Sus ojos de acero se cruzaron con los verdes de Ava. No había ofensa en su mirada, solo una curiosidad gélida, como si estuviera diseccionando un insecto interesante.

—Lucas ha mostrado más respeto y lealtad a esta familia en cinco años de la que tú has mostrado en cinco minutos —intervino Beatriz, acomodándose el collar de perlas con un gesto nervioso—. Deberías aprender de él.

Richard dejó el periódico sobre la mesa con una lentitud deliberada que gritaba peligro. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio de la mesa.

—Ya que lo mencionas, Ava... —Richard hizo una pausa, midiendo sus palabras—. He decidido que, para mantener las apariencias ante la junta directiva y nuestros socios, este hogar debe proyectar unidad. Eso incluye que tú y Amado se dirijan a mí como corresponde.

Ava sintió que el aire se volvía denso. El sonido del reloj de pared en el pasillo parecía latir en sus sienes. Tic, tac.

—¿Cómo corresponde? —preguntó ella, fingiendo confusión.

—Quiero que me llames "padre" —ordenó Richard—. No Richard, no Miller. Padre. Delante de los empleados, de los invitados y en esta mesa.

Ava soltó otra risa, pero esta vez fue más suave, más peligrosa. Se inclinó hacia adelante, imitando la postura de su progenitor. El aroma a sándalo de Lucas, que estaba sentado lo suficientemente cerca, volvió a invadir su espacio, pero ella no se distrajo.

—La palabra "padre" implica un vínculo que se construye, no una etiqueta que se compra con un testamento —dijo Ava, y su voz era tan firme que Amado dejó de temblar para mirarla con orgullo

—. Un padre es el que te enseña a andar en bicicleta, el que consuela tus pesadillas y el que no deja que su esposa muera de agotamiento mientras él vive en una mansión.

—¡Suficiente! —rugió Richard, golpeando la mesa. Una taza de té se volcó, manchando el mantel blanco de un color ámbar sucio.

—Nunca te diré así —continuó Ava, su voz elevándose por encima de la ira de él—. Puedes quitarme mi casa, puedes amenazarme con la custodia de Amado, pero no puedes obligar a mi lengua a pronunciar una mentira tan grande. Para mí, eres Richard Miller: el hombre que financia mi estancia aquí por puro ego. Nada más.

Sienna soltó un bufido de indignación, mientras Beatriz miraba a su marido esperando una explosión que no llegó. Richard se quedó en silencio, con la mandíbula apretada hasta que los músculos de su cuello se marcaron.

—Tarde o temprano, te doblegarás, Ava —susurró Richard—. Todos tienen un precio.

—El mío no está en tu cuenta bancaria —sentenció ella.

Ava se puso de pie, haciendo una seña a Amado para que la siguiera. Antes de salir del comedor, su mirada chocó una vez más con la de Lucas. Él seguía allí, impasible, observando el rastro de té derramado en el mantel. Por un segundo, a Ava le pareció ver un destello de algo parecido al respeto en sus ojos grises, pero desapareció tan rápido como llegó.

—Por cierto, King —dijo Ava, deteniéndose en el umbral sin girarse del todo—, el papel de hijo abnegado te queda pequeño. Se nota que debajo de esa camisa cara, el "padre" que tanto respetas no es más que el hombre que te dio una corona que no te pertenece.

Lucas no respondió de inmediato. Solo dejó la taza sobre el plato y se recostó en la silla, observando cómo la melena roja de Ava desaparecía por el pasillo.

—Interesante —murmuró Lucas para sí mismo, ignorando la mirada furiosa de Beatriz.

La guerra en la mansión Miller ya no era solo de palabras. Ava acababa de quemar el primer puente, y el humo empezaba a asfixiarlos a todos

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP