Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de Lucas King en la facultad de Economía de Yale era exactamente como él: minimalista, frío y peligrosamente elegante. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de roble oscuro con lomos de libros en cuero, y el aire olía a una mezcla embriagadora de sándalo, papel viejo y café cargado.
Ava entró sin llamar, haciendo que la puerta de madera pesada golpeara contra el tope. Sus pulmones ardían; había subido las escaleras casi corriendo, impulsada por una mezcla de rabia y la humillación que todavía sentía tras la clase.
—¿Qué demonios fue eso, Lucas? —espetó ella, arrojando su mochila sobre una de las sillas de cuero frente al escritorio—. ¿"Asegurar mi ropa"? ¿Te divierte burlarte de mí frente a toda la clase?
Lucas ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba firmando con una pluma estilográfica plateada. La luz de la tarde entraba por el ventanal gótico a su espalda, creando un halo que lo hacía parecer un ángel caído, o un demonio muy bien vestido.
—Se llama disciplina, Miller —respondió él, su voz barítona vibrando en el silencio del despacho—. En Yale, los detalles lo son todo. Si no puedes controlar tu vestuario, ¿cómo espera tu padre que controles un imperio algún día?
—Tú no eres mi profesor de ética, ni mi niñera, y mucho menos mi dueño —Ava caminó hasta el escritorio, apoyando las manos sobre la madera pulida y asomándose a su espacio personal—. Solo eres el hijo de la mujer que destruyó a mi familia. No me pongas las cosas difíciles porque no me voy a quebrar.
Finalmente, Lucas dejó la pluma y levantó la mirada. Sus ojos grises estaban tranquilos, pero con una intensidad que hizo que las rodillas de Ava temblaran por un segundo.
—¿No te vas a quebrar? —Lucas se puso de pie con una lentitud deliberada. Era mucho más alto de lo que ella recordaba en la penumbra del despacho—. Ava, te tomó solo cinco minutos en mi clase para empezar a temblar. No es odio lo que brilla en tus ojos cuando me miras, aunque te mueras por creer que sí.
—Eres un arrogante —susurró ella, aunque su voz sonó menos firme de lo que deseaba.
—Y tú eres una mentirosa —contraatacó él, rodeando el escritorio con pasos felinos hasta quedar frente a ella—. Viniste aquí buscando pelea porque es la única forma en la que sabes procesar que anoche te quedaste sin aliento cuando te toqué.
Ava retrocedió instintivamente, pero su espalda chocó contra la estantería de libros. Lucas no se detuvo. Apoyó una mano a cada lado de la cabeza de Ava, atrapándola entre su cuerpo y la madera. La cercanía era asfixiante. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho, el ritmo pausado de su respiración y ese aroma a sándalo que ahora parecía grabado a fuego en su memoria.
—No me tocaste —mintió ella, clavando sus ojos verdes en los de él—. Solo me viste.
—Te vi —repitió él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro oscuro que le rozó el oído—, y vi que bajo esa fachada de chica rebelde y valiente, hay alguien que se muere por ser descubierta. ¿Qué crees que pasaría si Richard supiera que su perfecta heredera se queda muda cuando su hermanastro está a centímetros de sus labios?
Ava sintió que el corazón le martilleaba el pecho. Sus manos, atrapadas entre sus cuerpos, subieron por el pecho de Lucas, intentando empujarlo, pero sus dedos se enredaron inconscientemente en la tela fina de su camisa negra. Estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban. Ella podía ver las motas plateadas en sus pupilas y la pequeña cicatriz cerca de su ceja.
Lucas bajó la mirada a los labios de Ava. Su mandíbula se tensó. El aire entre ellos se volvió eléctrico, pesado, cargado de una promesa prohibida. Por un segundo, el odio desapareció, reemplazado por una atracción primitiva que ninguno de los dos podía negar. Lucas inclinó la cabeza, sus labios rozando casi la comisura de la boca de ella...
¡Toc, toc!
El sonido seco de unos nudillos contra la puerta resonó como un disparo.
Ambos se separaron como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Ava se alisó el jersey con manos temblorosas, mientras Lucas regresaba a su silla con una calma forzada que solo sus ojos traicionaban.
—Adelante —dijo Lucas, su voz volviendo a ser la del profesor frío y distante.
La puerta se abrió y entró el Decano, el mismo hombre que había procesado la transferencia de Ava.
—Dr. King, lamento interrumpir —dijo el hombre, mirando con curiosidad a Ava—. Solo quería asegurarme de que la señorita Miller se esté adaptando bien a su plan de estudios avanzado. Su padre llamó hace diez minutos para pedir un informe.
Lucas lanzó una mirada de soslayo a Ava. Una sonrisa irónica, la misma que ella odiaba y deseaba a la vez, volvió a sus labios.
—Se está adaptando... a su manera, Decano —respondió Lucas, recostándose en su silla—. La señorita Miller tiene algunas dificultades para seguir las reglas, pero estoy seguro de que mis tutorías privadas corregirán ese comportamiento.
Ava apretó los puños, sintiendo el rostro arder.
—¿Tutorías privadas? —preguntó ella, con la voz cargada de sarcasmo.
—Exactamente —sentenció Lucas, clavando su mirada en ella—. Mañana a las siete, en la biblioteca de la mansión. No llegues tarde, traviesa. Tenemos mucho de qué hablar.
Ava salió del despacho sin mirar atrás, pero todavía podía sentir el calor de Lucas en su piel. La guerra seguía en pie, pero ahora sabía que el campo de batalla era mucho más peligroso de lo que imaginaba: su propio corazón.







