El salón principal de la mansión Miller era un monumento a la frialdad. Con sus techos infinitos y sus muebles de catálogo que nadie se atrevía a usar, se sentía más como un museo que como un hogar. Ava intentaba concentrarse en un libro de Yale, sentada en uno de los sofás de terciopelo azul, mientras Amado buscaba algo de distracción en la enorme pantalla de televisión.
El conflicto comenzó con un sonido metálico: el control remoto chocando contra la mesa de cristal.
—¡Dame eso, mocoso! —grit