Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche en la mansión Miller no traía paz, solo una oscuridad costosa que parecía amplificar cada pensamiento. Ava salió del cuarto de baño de su habitación, envuelta únicamente en una toalla blanca que se sentía áspera contra su piel húmeda. El vapor todavía nublaba su vista y el aroma a jabón de sándalo —el mismo que usaba Lucas, por alguna razón que la irritaba— llenaba sus pulmones.
Caminó hacia su armario, pero se detuvo en seco al ver una silueta recortada contra el ventanal de su habitación. Lucas King estaba allí, sentado en el borde de su poltrona de terciopelo, con una pierna cruzada sobre la otra y un libro entre las manos que ni siquiera estaba leyendo. Sus ojos grises la recorrieron con una lentitud que hizo que el vello de la nuca de Ava se erizara. —¿Qué demonios haces en mi cuarto, Lucas? —siseó ella, apretando el nudo de la toalla sobre su pecho. —Vine a traerte los horarios de Yale —dijo él, señalando un sobre sobre la cama—. Tu padre temía que decidieras perderte en el camino mañana. Aunque veo que tienes problemas más urgentes que la puntualidad. Lucas soltó una risa baja, una burla que encendió la sangre de Ava. —Vete de aquí. Ahora —ordenó ella, dando un paso al frente con el rostro encendido. —¿O qué, Miller? ¿Vas a morderme de nuevo? —él se puso de pie, acortando la distancia con esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba—. Te ves ridícula tratando de parecer ruda vestida con un pedazo de algodón. Ava, cegada por la indignación, intentó empujarlo hacia la puerta. Pero al levantar los brazos para golpearle el pecho, el nudo traicionero de la toalla, mal asegurado por las prisas y la humedad, se deshizo por completo. El tejido blanco resbaló por su cuerpo, amontonándose en el suelo de mármol. El silencio que siguió fue absoluto. Ava se quedó congelada, su piel blanca contrastando con el rojo fuego de su cabello ondulado. Estaba completamente desnuda frente a él. Lucas no apartó la mirada; sus ojos se oscurecieron, pasando del gris acero a un carbón ardiente. El aire en la habitación pareció desaparecer, reemplazado por una tensión tan espesa que quemaba. Lucas dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal hasta que Ava pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Él bajó la mano y, con los dedos rozando apenas la curva de su hombro, bajó lentamente por su brazo. Ava soltó un suspiro entrecortado, incapaz de moverse, atrapada por la intensidad de su presencia. —No eres tan valiente ahora, ¿verdad, traviesa? —susurró él, con la voz rota y profunda, a milímetros de sus labios. Justo cuando Ava sentía que el mundo iba a estallar, el sonido de unos tacones resonó con fuerza en el pasillo de mármol. Eran los pasos de Beatriz, la madrastra, acercándose a la habitación. —¡Ava! ¿Estás despierta? Tenemos que hablar sobre la cena de mañana —gritó la mujer desde el otro lado de la puerta. El hechizo se rompió. Lucas se separó de ella con una agilidad asombrosa, recogió la toalla del suelo y se la arrojó a la cara antes de desaparecer por la puerta del balcón con la rapidez de una sombra. Ava se envolvió frenéticamente, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado, justo un segundo antes de que Beatriz abriera la puerta sin llamar. A la mañana siguiente, el campus de la Universidad de Yale lucía imponente. Los edificios góticos y la hiedra trepando por las paredes hacían que Ava se sintiera como una intrusa en un reino extraño. Llevaba un jersey de cuello alto para ocultar el hecho de que todavía sentía el rastro de los dedos de Lucas en su piel Consultó su horario. Economía Política de Élite. Aula 402.. Al entrar, el aula magna ya estaba llena de estudiantes con iPads y ropa de diseñador. Sienna estaba en la tercera fila, rodeada de amigas que se reían mientras la señalaban. Ava ignoró el nudo en su estómago y se sentó en la última fila, buscando pasar desapercibida. De pronto, el murmullo cesó. La puerta delantera se abrió y un hombre entró con paso firme, dejando un maletín de cuero sobre el escritorio de madera noble. Vestía un traje negro a medida que le sentaba como una armadura y una camisa blanca impecable con los primeros botones desabrochados. Ava sintió que el mundo se detenía. Era él. Lucas King se giró hacia la clase, apoyando las manos sobre la mesa. Su mirada barrió la sala con una autoridad gélida hasta que se detuvo exactamente en los ojos verdes de Ava. Una chispa de triunfo y pura malicia bailó en sus pupilas. —Buenos días a todos —dijo Lucas, y su voz barítona resonó en cada rincón del aula—. Soy el Dr. Lucas King. Para algunos de ustedes, seré el guía que los llevará a la cima del mundo financiero. Para otros... —hizo una pausa deliberada, sosteniendo la mirada de una Ava petrificada—, será la peor pesadilla que han tenido que enfrentar. Sienna soltó una risita de orgullo, creyendo que el comentario iba para los demás, pero Ava sabía la verdad. El hombre que la había visto desnuda la noche anterior, el mismo que la había provocado hasta el límite, ahora era el dueño de sus notas y de su futuro académico. —Abran sus libros en la página diez —continuó Lucas, sin dejar de mirarla—. Y Miller... espero que hoy hayas aprendido a asegurar mejor tus argumentos de lo que asegura tu ropa. Un murmullo de confusión recorrió el aula, pero Ava solo pudo apretar los dientes, sintiendo que la guerra acababa de volverse mucho más personal... y mucho más prohibida.






