El gimnasio de la mansión Miller era un espacio de cristal y metal pulido que daba hacia los jardines traseros, todavía sumergidos en la neblina azulada de las seis de la mañana. El aire estaba frío, pero el silencio era aún más pesado. Ava entró arrastrando los pies, vestida con unas mallas negras desgastadas y una camiseta de tirantes que dejaba ver las pecas de sus hombros. Su cabello rojo estaba recogido en una coleta alta y apretada, dándole un aire de guerrera lista para el sacrificio.
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