Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire de la mañana en el campus de la universidad pública todavía olía a libertad, a café de máquina expendedora y a libros usados. Para Ava, era el único lugar donde el apellido Miller no pesaba como una losa de mármol. Al bajar del viejo autobús, ajustó la correa de su mochila y respiró hondo. El bullicio de los estudiantes corriendo hacia sus facultades era la música que necesitaba para olvidar, aunque fuera por unas horas, el veneno de la mansión.
Sin embargo, al girar la esquina del edificio de Artes, la melodía se cortó en seco. Aparcado sobre la acera, desafiando cualquier norma de tránsito, descansaba un deportivo plateado que brillaba con una insolencia obscena bajo el sol. Apoyado contra la puerta del conductor, con un traje gris humo que gritaba millonario en ascenso, estaba Richard. Y a su lado, con una chaqueta de cuero que resaltaba su mandíbula afilada, Lucas King. Lucas no estaba mirando el paisaje; sus ojos de acero estaban fijos en el sendero por el que ella venía. Al verla, una sonrisa lenta y asimétrica curvó sus labios. No era una sonrisa de bienvenida, sino una cargada de una ironía letal, como si supiera un secreto que ella aún no descubría. —¿Qué hacen aquí? —espetó Ava al llegar frente a ellos. Su voz atrajo las miradas curiosas de sus compañeros. —Vinimos a asegurarnos de que tu despedida de este lugar sea ordenada —dijo Richard, consultando su reloj de platino con impaciencia. —Despedida? No me voy a ningún lado, Richard. Tengo clases —respondió ella, ignorándolos y buscando con la mirada a su grupo de amigos. —Siempre tan terca, Miller —intervino Lucas. Su voz barítona fluyó como seda peligrosa—. Deberías aprender a leer entre líneas. Tu padre solo está haciendo lo que mejor sabe hacer: limpiar el desorden. Ava sintió una punzada de rabia. Le dedicó a Lucas una mirada cargada de desprecio y, sin decir una palabra más, se dio la vuelta. Vio a sus amigos, Sofía y Diego, esperándola cerca de la entrada. Corrió hacia ellos, refugiándose en la normalidad de sus bromas y en la charla sobre el examen de historia del arte. Durante horas, logró enterrar la imagen de Lucas sonriendo bajo el sol. Pero la realidad la espera agazapada al final del pasillo. Al terminar la última clase, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de un naranja violáceo, el altavoz del pasillo pronunció su nombre: Ava Miller, favor de presentarse en la oficina del decano. El despacho del decano olía a papel viejo y a decisiones burocráticas. El hombre, un tipo de unos sesenta años que siempre había sido amable con ella, ni siquiera se atrevía a sostenerle la mirada. Sobre su escritorio descansaba un sobre de cuero con el escudo de la Universidad de Yale, la institución de la Ivy League más prestigiosa del país. —Ava, lamento informarte que tu transferencia ha sido procesada —dijo el decano, aclarándose la garganta—. Tus créditos han sido validados por la administración central. Mañana mismo comienzas en Yale. —¿De qué está hablando? Yo no solicité ninguna transferencia —exclamó Ava, sintiendo que el suelo se inclinaba—. ¡Este es mi lugar! No pueden echarme así. —Hubo una... donación generosa para el fondo de becas de esta facultad —susurró el hombre, señalando el sobre—. Tu padre cree que aquí no estás alcanzando tu máximo potencial. Mis manos están atadas, hija. Los Miller no piden favores, dan órdenes que el banco no puede rechazar. Ava salió de la oficina sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. La rabia le quemaba la garganta. Bajó las escaleras de la facultad casi corriendo, empujando la puerta principal con una fuerza que hizo que los cristales vibraran. Afuera, el campus ya estaba casi vacío, envuelto en las sombras del atardecer. Excepto por el deportivo plateado. Lucas seguía allí, pero ahora estaba solo. Estaba apoyado contra el capó, con un cigarrillo apagado entre los labios y la mirada perdida en el horizonte. Al escuchar el estruendo de la puerta, giró la cabeza. Su expresión era ilegible, pero la chispa de burla en sus ojos seguía intacta. —¿Cómo se siente ser una mercancía, Miller? —preguntó él, su voz cortando el aire fresco de la tarde. Ava caminó hacia él, deteniéndose a solo unos centímetros. Podía oler el sándalo y el tabaco, una combinación que empezaba a asociar con el peligro. —Tú sabías esto —le acusó ella, señalándolo con el dedo—. Esa sonrisa de esta mañana... sabías que Richard iba a comprar mi educación como quien compra un caballo de carreras. Lucas se separó del auto con una lentitud exasperante, acortando la distancia entre ellos hasta que Ava tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás. Él estiró la mano y, con una delicadeza que le resultó aterradora, apartó un mechón de cabello rojo de la frente de ella. —En este mundo, Ava, nadie es dueño de su destino si hay un cheque de por medio —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia oscura—. Tu padre te quiere en Yale para tenerte bajo vigilancia. Y yo... bueno, yo estaré allí para asegurarme de que no te metas en demasiados problemas. O para causarlos contigo. —No voy a ir —siseó ella, aunque en el fondo sabía que Richard usaría a Amado para obligarla de nuevo. —Oh, irás —Lucas sonrió, y esta vez la ironía se mezcló con algo parecido a la fascinación—. Porque eres una Miller, aunque te duela. Y los Miller siempre terminan donde pertenecen: en la cima, o destruyendo a los que intentan bajarlos. Sube al auto. Tu padre te espera para la cena de celebración. Ava apretó los puños, resistiendo el impulso de abofetearlo. Sabía que Lucas King no era solo el mensajero; era el guardián de su nueva celda de oro. —Esta no es una celebración, Lucas —dijo ella, subiendo al asiento del copiloto con una dignidad feroz—. Es una declaración de guerra. Y te prometo que en Yale voy a ser la peor pesadilla que tú y Richard hayan tenido jamás. Lucas cerró la puerta por ella y rodeó el auto. Antes de arrancar el motor, la miró de reojo. —Eso espero, traviesa —murmuró él para sí mismo—. Porque este lugar se estaba volviendo demasiado aburrido






