Mundo ficciónIniciar sesiónÉl era el hombre de una noche... hasta que se convirtió en el dueño de su destino. Tras sufrir la traición más humillante, Fiorella Salvatici decidió apagar su dolor cometiendo una locura, entregarse a los brazos de un enigmático y letal extraño en un exclusivo bar de Nápoles. Creyendo que jamás volvería a verlo, lo contrata para una última farsa antes de desaparecer, acompañarla a la noche de bodas de su traidor ex prometido, y asistir del brazo de un hombre tan guapo que cortara la respiración. Pero jugar con fuego siempre quema. El problema empieza el lunes por la mañana, cuando entra a la oficina del implacable magnate que tiene el poder de salvar o destruir el negocio de su familia y se encuentra con la misma mirada devoradora de aquella noche. Valerio Vitale no acepta un no por respuesta, y está dispuesto a ofrecerle la salvación que tanto necesita, pero el precio es uno que el orgullo de Fiorella no se puede permitir, un año entero a su merced. Separados por el resentimiento, pero unidos por una química insoportable que amenaza con consumirlos en cada rincón, Fiorella intentará proteger su corazón, sin saber que en el mundo de Valerio, la seducción es un arte donde él ya tiene todas las de ganar.
Leer másFiorella Salvatici contempló el fondo vacío de su tercer Bourbon puro, sintiendo el ardor líquido deslizarse por su garganta.
El bar más exclusivo de la costa napolitana bullía con el murmullo de los ricos y hombres de negocios, pero para ella el mundo se había reducido a un eco distante de traición.
«Te amo, Fiorella, pero Gabriella... ¡Ella despierta algo que tú simplemente no tienes!», las palabras de Dominic, su prometido hasta hacía apenas un par de semanas, se repetían en su mente como un taladro.
Y luego la risita de Gabriella Marotti, su mejor amiga desde la infancia, oculta entre las sábanas de seda que Fiorella misma había elegido para su futuro hogar.
No solo se acostaban, planeaban usar el matrimonio para traspasar los terrenos históricos de su familia en Ischia a la corporación Sforza, aprovechando las deudas que asfixiaban a su padre, Paolo.
Fiorella apretó el vaso con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
Su respiración se agitó, haciendo que el generoso escote de su vestido de satén cereza subiera y bajara de forma tentadora.
Siempre había cargado con el complejo de sus curvas exuberantes, caderas anchas, busto prominente y labios demasiado carnosos, que la hacían sentir más como unpedazo de carne para el deseo ajeno que como una mujer respetada.
Pero esta noche, la humillación la había transformado.
¡Quería quemarlo todo!
Quería recuperar el control de sus decisiones.
—¿Otra ronda, signorina? —preguntó el barman.
—Traiga la botella —respondió ella, con una voz ronca, arrastrando ligeramente las palabras debido al alcohol.
—No creo que la botella sea una buena idea para una dama sola —intervino una voz a su espalda.
Una vibración baja y profunda hizo que a Fiorella se le erizara la piel de la nuca.
Se giró despacio.
El hombre que acababa de sentarse era una contradicción andante.
Su físico era imponente, alto, de hombros anchos que llenaban una camisa de lino blanco ligeramente abierta en el cuello, desvelando una piel bronceada.
Tenía una mandíbula afilada con una barba de tres días perfectamente recortada y unos ojos oscuros, que la escudriñaban con una fijeza depredadora.
Sin embargo, no vestía un traje de etiqueta como los demás hombres del lugar. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada que reposaba en el respaldo de la silla.
Al moverse, el aire entre ellos se impregnó de una fragancia deliciosa, sumamente costosa y compleja, Imperial Majesty, de Clive Christian.
Fiorella lo reconoció al instante, Dominic siempre había codiciado ese perfume, pero nunca había podido permitirse los miles de euros que costaba el frasco.
Un pensamiento distorsionado por el alcohol y el despecho cruzó la mente de Fiorella.
Un hombre vestido de forma informal, en un bar de lujo, usando un perfume que gritaba opulencia, y con una mirada dispuesta a devorar a cualquiera por el precio correcto.
Los rumores de las altas esferas hablaban de acompañantes contratados por las mujeres adineradas.
Fiorella sonrió con amargura. ¡Era perfecto!
—No recuerdo haber pedido tu opinión —provocó ella, clavando sus ojos verdes en los de él— ¿Cuánto cobras por noche?
Valerio Vitale detuvo su vaso a medio camino de sus labios. Sus cejas pobladas se elevaron.
El heredero del imperio naviero más grande del sur de Italia, el hombre ante el cual los banqueros de Milán temblaban, acababa de ser confundido con un gigoló de lujo por una mujer que parecía una diosa del Renacimiento italiano.
Valerio la observó con detención.
Sus ojos se demoraron en los labios carnosos, el cabello oscuro que caía en cascada sobre su espalda y en la silueta exuberante que quería salirse del escote.
Había una mezcla salvaje de dolor, rabia y una sensualidad en ella que le encendió la sangre. Estaba harto de las aristócratas frías como la mujer que su padre intentaba imponerle como esposa.
Esta mujer frente a él era fuego puro.
Una sonrisa mortalmente seductora se dibujó en sus labios y decidió seguirle el juego.
—Depende del cliente —respondió bajando el tono, acortando la distancia entre ambos— Pero para alguien con tu nivel de urgencia... el precio suele ser muy alto. ¿Puedes permitírtelo?
Fiorella soltó una carcajada seca, inclinándose hacia él. El aroma a peligro creó una atmósfera asfixiante y cargada de una tensión eléctrica.
—Tengo con qué comprar tus servicios por las próximas doce horas —Sacando un fajo de billetes y deslizándolos sobre la madera hasta tocar los dedos de Valerio— Acompañame a mi suite.
Valerio miró el dinero y luego la miró a ella.
Sus ojos oscuros destellaron con una mezcla de diversión y un deseo animal que ya no pretendía ocultar. Extendió su mano grande, atrapando los dedos de Fiorella antes de que ella pudiera retirarlos.
Su piel estaba caliente, y el contacto físico envió una descarga eléctrica directo al vientre de la joven.
—Vas muy rápido, dolcezza —acariciando el dorso de su mano con el pulgar, ejerciendo una presión firme que la hizo estremecer— Primero, quiero saber qué estamos rompiendo esta noche. ¿Un corazón? ¿Un compromiso?
—Eso no te incumbe —siseó Fiorella, intentando mantener una firmeza que se desmoronaba ante la proximidad del cuerpo de Valerio.
—Te pago para que hagas un trabajo, no para que hagas preguntas.
—Te equivocas —dijo él, levantándose del taburete.
Su imponente estatura obligó a Fiorella a levantar la cabeza para mirarlo. Valerio guardó el fajo de billetes en el bolsillo de su chaqueta con una lentitud exasperante.
—Me pagas por el placer, pero quiero saber el trasfondo para hacer mejor mi trabajo.
—Solo hazme olvidar.
El trayecto en el ascensor fue un tormento de silencio y miradas eléctricas.
Valerio la recorría con los ojos, deteniéndose en sus caderas anchas, haciéndola sentir desnuda, pero esta vez, extrañamente, no se sintió acomplejada.
Había algo en la mirada que la hacía sentir jodidamente deseada.
En cuanto la puerta de la suite se cerró detrás de ellos, el aire cambió.
Fiorella se giró, pero las palabras murieron en su boca. Valerio dio un paso al frente, la atrapó por la cintura con una mano firme y la empujó contra la madera de la puerta. El impacto fue suave, pero el agarre de él era de acero.
—Bien, mi reina del despecho —susurró Valerio, su rostro a milímetros del de ella— Estás a salvo de tus demonios aquí dentro. Ahora dime… ¿Qué quieres que te haga?
—Shisss… —pidió ella en un gemido débil, abrumada por la intensidad— Solo... hazme olvidar… por favor…
Valerio no esperó más.
Reclamó sus labios en un beso prohibido, robado de la cordura, que comenzó con una ferocidad que le quitó el aliento a Fiorella.
Sus labios carnosos se abrieron ante la invasión posesiva de la lengua de Valerio, que saboreó el Bourbon y la desesperación de la mujer.
Fiorella jadeó, enredando sus manos en su cabello oscuro, tirando de él con una urgencia nacida del dolor y de una atracción salvaje que jamás había experimentado con Dominic.
Las manos de Valerio bajaron por la espalda de Fiorella, delineando sus peligrosas curvas, apretando sus caderas anchas con una posesividad que la hizo jadear contra su boca.
El satén verde del vestido comenzó a ceder cuando él bajó la cremallera trasera con un movimiento experto, dejando la tela caer hasta la cintura, exponiendo la piel blanca y los hombros perfectos de la heredera a la luz de la luna.
Valerio rompió el beso, bajando sus labios por la línea de su mandíbula hasta su cuello, mordisqueando la piel sensible, haciéndola arquear el cuerpo.
—Eres jodidamente hermosa —gruñó él— Demasiado cuerpo para un solo hombre... pero esta noche eres mía.
El contacto de la piel caliente de Valerio contra su busto prominente hizo que Fiorella soltara un gemido alto, perdiendo el control definitivo de la realidad.
El dolor de la traición de Dominic y Gabriella comenzó a difuminarse, reemplazado por un fuego líquido que la consumía por completo.
Se dejó guiar hacia la inmensa cama de la suite, entregándose a los brazos del hombre que creía un servidor de su despecho y un profesional de se*xo, sin saber que se estaba entregando al dueño absoluto de su destino.
Horas más tarde, las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse por el ventanal, tiñendo la suite de un tono grisáceo y frío.
Fiorella abrió los ojos, sintiendo el peso de la resaca física y emocional aplastarle el pecho. A su lado, Valerio dormía de lado, con las sábanas cubriéndole apenas la pelvis, mostrando una espalda musculosa marcada por algunas cicatrices de su juventud en los muelles de Ischia.
El aroma a Imperial Majesty seguía flotando en las sábanas, mezclado con el olor de sus cuerpos.
La realidad la golpeó como un balde de agua helada.
Había pasado la noche con un desconocido.
Había huido del dolor convirtiéndose en lo que siempre temió, carne para el deseo.
Pero al mirar el rostro dormido de Valerio, una idea aún más audaz y desesperada cobró forma en su mente fría y herida.
Dominic y Gabriella se casaban esa misma tarde en la catedral de Nápoles, una boda fastuosa pagada con el dinero que planeaban robarle a su padre. Dominic quería destruirla socialmente para que nadie creyera sus acusaciones de fraude.
Fiorella se levantó de la cama con cuidado de no despertarlo.
Su cuerpo dolía por la intensidad de la noche, pero sus ojos verdes brillaban con una resolución de acero. Se vistió con rapidez con un conjunto de ropa limpia que tenía en su maleta. Luego, se acercó a la mesita de noche, tomó su chequera personal y un bolígrafo.
Escribió una cifra astronómica, una que comprometería parte de sus ahorros personales, pero no le importó. Dejó el cheque sobre la mesa, junto a una nota escrita con caligrafía firme.
Valerio se removió en la cama, abriendo los ojos lentamente debido al ruido sutil del papel. Se incorporó sobre los codos, con el cabello revuelto y la mirada fija en ella.
—¿Te vas tan pronto, dolcezza? —preguntó con una sonrisa perezosa y cínica— El contrato era por doce horas. Todavía te debo el desayuno.
Fiorella no sonrió.
Se colocó sus gafas de sol oscuras, ocultando cualquier rastro de vulnerabilidad, y lo miró desde arriba con una altivez aristocrática que congeló el ambiente.
—El servicio de la noche fue excelente, marinero —dijo Fiorella, con una voz gélida e incisiva— Ahí tienes tu pago extra. Pero el trabajo no ha terminado.
Valerio frunció el ceño, estirando el brazo para tomar el papel de la mesita de noche. Leyó la cifra y luego la nota adjunta soltando una risita de sorpresa. No podía creerlo. Sus ojos oscuros se entrecerraron con curiosidad.
La nota decía:
«Te espero a las 4:00 p.m. en la entrada de la Catedral de Nápoles. Vas a actuar como mi novio en la boda de mi ex prometido. Vístete con el mejor traje que puedas comprar. No llegues tarde».
Valerio apretó el papel entre sus dedos, sintiendo un impulso salvaje de levantarse y someterla allí mismo por su osadía, pero la audacia de la mujer lo fascinó aún más.
Ella creía que lo controlaba con dinero. Eso era nuevo para él, por lo general las mujeres lo buscaban para quitárselo, no para dárselo, eso lo hizo seguirle el juego y unirse a la farsa.
La chica no tenía idea de que el hombre al que pretendía exhibir como un trofeo esa tarde era el dueño del holding financiero que decidiría el lunes si la dinastía Salvatici vivía o moría en la Bolsa de Valores.
—Allí estaré —respondió Valerio, con una sonrisa enigmática que prometía peligro— Pero primero necesito saber tu nombre…
—Fiorella.
—Bien, Fiorella… Pero ten cuidado con lo que deseas. Jugar conmigo suele costar más de lo que puedes pagar. Soy… Valerio.
—Curioso…
—¿Qué es curioso?
—Tu nombre… —Ella sacudió la cabeza como negando alguna tonta idea en su mente y luego sonrió— De nuevo, no llegues tarde.
— Damas y caballeros, aristocracia de Nápoles y socios de la Bolsa de Milán — la voz de Valerio, amplificada por la acústica del salón, resonó con una potencia imponente que congeló las copas de cristal en el aire — Esta noche quiero presentarles oficialmente a la mujer que no solo tiene el respaldo absoluto de mi apellido, sino que pronto se convertirá en la Sra. Vitale. ¡Mi prometida, Fiorella Salvatici!Un jadeo colectivo recorrió el salón. Gabriella abrió la boca con pura rabia, mientras Dominic apretaba los puños hasta dejarse los nudillos blancos.Los aplausos estallaron, acompañados por el rítmico encendido de los flashes. Valerio alzó su copa hacia la concurrencia, se giró hacia Fiorella y, ante la mirada atónita de todos sus enemigos, le plantó un beso firme, posesivo y ardiente en los labios, sellando el anuncio público con el peso implacable de su autoridad.Apenas los aplausos se suavizaron, la orquesta filarmónica dio inicio a los primeros acordes de un vals. Valerio guió
El Palacio Real de Nápoles erigía sus imponentes muros iluminados por proyectores dorados que cortaban la noche mediterránea.La alfombra roja, custodiada por cordones de terciopelo y un enjambre de fotógrafos de la prensa internacional, se había convertido en un hervidero de destellos de luz y murmullos maliciosos.A unos metros de la entrada principal, el convoy de berlinas blindadas de la familia Vitale se detuvo. Dentro del vehículo principal, la atmósfera estaba cargada de una electricidad sofocante.Fiorella apretó los dedos sobre su regazo.El vestido de satén azul profundo se ceñía a su silueta con una precisión magistral, enmarcando la generosa curva de sus caderas anchas y resaltando el escote pronunciado que dejaba al descubierto sus hombros y la línea grácil de su cuello.¡Lucía majestuosa, inalcanzable!Pero bajo la seda, su pulso latía desbocado.Valerio extendió una mano y cubrió los dedos fríos de Fiorella con la calidez abrasadoramente firme de la suya. Su fragancia a
El silencio en la suite médica se volvió denso.Paolo miró a Valerio, buscando algún rastro de engaño en las facciones esculpidas en piedra del magnate, pero solo encontró la frialdad inaccesible de un hombre que no acostumbraba a dar explicaciones a nadie y que, sin embargo, estaba allí, rindiendo cuentas por respeto a la salud de un viejo al que no le debía nada.Fiorella apretó la mano de su padre con delicadeza, interviniendo con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.— Es la verdad, papá. Valerio no me obligó a nada. Fui yo quien aceptó este acuerdo. Dominic nos iba a destruir, Gabriella nos vendió por la espalda. Si no fuera por él, los astilleros habrían sido embargados ya, y tú no habrías tenido la atención médica que te salvó la vida. Por favor, confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.Paolo miró alternativamente a su hija y al magnate.Como un hombre viejo y sabio que había visto pasar los años sobre el mar, no se le escapó el modo en que los ojos de Fiorella busca
El olor a antiséptico y el pitido rítmico, casi angustioso, del monitor cardíaco recibieron a Fiorella y a Valerio al cruzar el umbral de la habitación de aislamiento.Las luces de la sala estaban reducidas a una pálida penumbra que acentuaba la fragilidad de Paolo Salvatici. Sin embargo, en cuanto las puertas dobles se cerraron a sus espaldas, la mirada del anciano se clavó en ellos con una nitidez feroz.A pesar de las pálidas facciones de su rostro y los cables que se extendían por su tórax, los ojos de Paolo ardían con una indignación viva. La pequeña pantalla de televisión colgada en la esquina superior de la pared aún transmitía en silencio el cintillo rojo de la Bolsa de Milán: Gala de Compromiso Vitale - Savatici.— Papá... — Fiorella dio un paso al frente, con la voz quebrada por una mezcla de alivio y angustia.— Aléjate de él, Fiorella — la voz de Paolo resonó áspera, rasposa por el respirador que le habían retirado minutos antes, pero cargada de una autoridad incuestionabl
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