El olor a antiséptico y el pitido rítmico, casi angustioso, del monitor cardíaco recibieron a Fiorella y a Valerio al cruzar el umbral de la habitación de aislamiento.
Las luces de la sala estaban reducidas a una pálida penumbra que acentuaba la fragilidad de Paolo Salvatici. Sin embargo, en cuanto las puertas dobles se cerraron a sus espaldas, la mirada del anciano se clavó en ellos con una nitidez feroz.
A pesar de las pálidas facciones de su rostro y los cables que se extendían por su tórax,