El Palacio Real de Nápoles erigía sus imponentes muros iluminados por proyectores dorados que cortaban la noche mediterránea.
La alfombra roja, custodiada por cordones de terciopelo y un enjambre de fotógrafos de la prensa internacional, se había convertido en un hervidero de destellos de luz y murmullos maliciosos.
A unos metros de la entrada principal, el convoy de berlinas blindadas de la familia Vitale se detuvo. Dentro del vehículo principal, la atmósfera estaba cargada de una electricidad