El rugido del motor del deportivo no era nada comparado con el zumbido ensordecedor que Fiorella sentía dentro de su cabeza. El aire se le escapaba de los pulmones.
Sus manos, frías y torpes, temblaban con tal violencia que fue incapaz de abrocharse el primer botón de la camisa de seda oscura de Valerio, la única prenda que llevaba puesta sobre la piel desnuda tras una noche de silenciosa capitulación.
— ¡Reacciona, Fiorella! ¡Mírame! —La voz de Valerio Vitale retumbó en las paredes de mármol d