Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a la declaración de Valerio fue tan afilado que pareció cortar el aire climatizado del despacho.
La Condesa Bianca Di Mauro se quedó lívida, con el rostro deformado por una mueca de incredulidad y humillación absoluta. Sus ojos fijos en la mano de Valerio, que seguía anclada con firmeza posesiva en la cintura de Fiorella, destilaban un veneno mortal.
—¿Tu prometida? —la voz de Bianca ascendió un octavo, rozando la histeria— ¡Valerio, esto es una burla intolerable! ¿Vas a cambiar el apellido Di Mauro y nuestra alianza en la Bolsa de Milán por esta... por esta muerta de hambre cuyos astilleros huelen a óxido y ruina? ¡Es una cualquiera que se vende al mejor postor!
Fiorella tensó los músculos, dispuesta a arremeter contra el insulto, pero los dedos de Valerio se hundieron con más fuerza en su costado, ordenándole silencio sin palabras.
El magnate dio un paso al frente, arrastrando a Fiorella consigo, interponiendo su imponente cuerpo de acero entre ella y la furia de los intrusos.
—Mide tus palabras, Bianca —advirtió Valerio.
Su voz, de barítono gélido y pausado, retumbó con una autoridad peligrosa.
—Estás hablando de la futura señora Vitale. Un solo insulto más hacia mi mujer, y me encargaré personalmente de que la Banca Vitale retire todos los fondos de inversión de las empresas de tu familia antes de que abra el mercado de Milán mañana por la mañana. ¿Quieres probar mi paciencia?
Bianca retrocedió un paso, asfixiada por la humillación. Sabía que Valerio no faroleaba, era un depredador capaz de destruir a cualquiera por mero capricho.
Garrick Vitale, dio un paso al frente. Su presencia emanaba el peso de décadas de poder absoluto y crueldad en los negocios. Clavó sus ojos grises y calculadores primero en Fiorella, desnudando sus debilidades en un segundo, y luego en su hijo.
—Estás cometiendo un error estratégico imperdonable, Valerio —sentenció Garrick, con una calma que helaba la sangre— Un Vitale no se casa por impulsos ni por faldas. Los Salvatici son un barco hundido. Si cruzas esta línea y cancelas el acuerdo con los Di Mauro, el Consejo de Administración no te lo perdonará. Las acciones en Milán se resentirán. No juegues con el imperio que construí.
—El imperio lo manejo yo ahora, padre —replicó Valerio, sosteniéndole la mirada con arrogancia— Y yo elijo quién se sienta a mi lado en el Consejo. Mis decisiones no se discuten. Ahora, salgan de mi oficina. Tengo un contrato que firmar con mi prometida.
—Esto no se quedará así —siseó Bianca, con los ojos inyectados en rabia y las manos temblando de envidia— Te arrepentirás de haberme humillado por ella, Valerio.
Con un giro dramático de sus costosos tacones, Bianca salió de la oficina, dejando tras de sí un rastro de perfume amargo.
Garrick Vitale miró a la joven pareja una última vez, con una promesa de tormenta grabada en sus facciones duras, antes de retirarse en un silencio sepulcral.
Las pesadas puertas de caoba se cerraron de nuevo, dejando una atmósfera cargada de adrenalina y un magnetismo oscuro. Fiorella exhaló el aire que contenía, sintiendo el vacío inmediato cuando Valerio la soltó.
—Eres un monstruo despiadado —murmuró ella, frotándose la cintura donde aún quemaba la presión de sus dedos.
—Soy el monstruo que va a salvar el pellejo de tu padre, dolcezza —respondió él, volviendo a su escritorio con una sonrisa indescifrable— Ahora, andando. El tiempo es dinero y tus astilleros no esperarán.
Valerio presionó un botón del intercomunicador. En menos de dos minutos, la puerta se abrió para dar paso al equipo legal de la Banca Vitale. Tres abogados de rostros inexpresivos y trajes oscuros entraron portando unos folders llenos de papeles. Al frente de ellos, el abogado principal colocó un fajo de documentos listos sobre la mesa.
—El contrato de unión civil y rescate financiero está listo, signor Vitale —anunció el abogado con voz monótona.
Fiorella se acercó al escritorio.
El corazón le latía con fuerza en la garganta. Sabía que estaba a punto de vender su libertad, de encadenarse a un hombre peligroso.
Pensó en Paolo Salvatici, su padre, postrado en la cama de un hospital, con el corazón debilitado por las traiciones de Dominic Sforza. No podía fallarle. Ella era una Salvatici, inteligente y luchadora, sobreviviría a este año en el infierno.
—Léelo con cuidado, Fiorella —dijo Valerio, recostándose en su silla de cuero y observándola con detenimiento mientras se servía un vaso bourbon seco— No quiero que después digas que te engañé.
Fiorella tomó el documento. Las páginas estaban llenas de términos financieros complicados, cláusulas de rescate, inyección de liquidez inmediata para los Astilleros Salvatici y los términos del matrimonio de fachada por trescientos sesenta y cinco días.
Sus ojos verdes escanearon las cifras millonarias que congelarían de inmediato el embargo de Dominic. Desesperada por asegurar la supervivencia de su familia, pasó las páginas rápidamente, buscando la línea de la firma.
Lo que Fiorella, obnubilada por la urgencia y la presión, no alcanzó a notar fue una pequeña enmienda en la sección de rescisión de contratos, una cláusula de protección de reputación introducida a última hora por órdenes del equipo legal de los Vitale para blindar el apellido ante los escándalos.
El texto, en una tipografía minúscula, decía: «Cualquier acto público o privado que atente contra la dignidad, la moral o la fidelidad conyugal por parte de la cónyuge beneficiaria, anulará el rescate financiero, otorgando el 100% de las acciones de los Astilleros Salvatici a la Banca Vitale de forma inmediata y sin derecho a indemnización».
Era la trampa de seda con remache de acero. El giro de tuerca que la dejaría a merced del magnate.
Fiorella tomó el bolígrafo de oro que el abogado le ofrecía y, con pulso firme a pesar del temblor interno, estampó su firma en el papel. Valerio hizo lo mismo con un trazo rápido y agresivo.
—Felicidades, dolcezza —murmuró Valerio vaciando el fondo del vaso— Oficialmente eres mi prometida. Ahora, prepárate. El Consejo de Emergencia nos espera.
Horas más tarde, el ambiente en la Gran Sala de Juntas de la Banca Vitale era un polvorín.
Una mesa ovalada de mármol ocupaba el centro de la habitación, rodeada por doce de los directores y auditores más influyentes del sector financiero europeo.
Enormes pantallas proyectaban gráficos de pérdidas, balances comerciales y los movimientos de la Bolsa de Milán.
Fiorella estaba sentada a la derecha de Valerio.
Vestía un traje de cóctel ajustado que ponía de relieve su busto prominente y sus curvas femeninas, contrastando con la severidad del entorno. A pesar del cansancio, sostenía la mirada de los hombres mayores que la miraban con una mezcla de sospecha y lascivia mal disimulada.
—La propuesta del signor Vitale de congelar el embargo de los Sforza es arriesgada —declaró uno de los auditores principales, ajustándose las gafas— Los Astilleros Salvatici tienen una deuda acumulada que no justifica la inversión de capital de la banca. Estamos arriesgando la liquidez del trimestre.
Valerio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Su presencia física dominaba la sala, silenciando los murmullos de inmediato.
—La liquidez de este banco es asunto mío, director —respondió Valerio, con una voz cortante e incisiva— Los Salvatici tienen las patentes de los nuevos motores hidráulicos de alta resistencia. Con la administración correcta, que ahora está bajo mi control, esas acciones triplicarán su valor antes del invierno. El embargo de los Sforza queda cancelado hoy. ¿Alguien tiene alguna objeción legal?
Mientras el auditor comenzaba a desglosar un balance financiero, la atmósfera en la sala se volvió asfixiante para Fiorella comenzando a marearla.
De repente, Fiorella sintió un estremecimiento eléctrico que le recorrió la espina dorsal. Por debajo de la mesa de mármol, la mano grande, cálida y de dedos largos de Valerio se posó con una lentitud deliberada sobre su rodilla desnuda.
Fiorella se tensó en la silla, conteniendo el aliento. Intentó mover la pierna para apartarse, pero la presión de la mano del magnate aumentó, firme e inflexible.
—Como pueden ver en el gráfico tres... —continuaba el auditor, ajeno al drama secreto.
La mano de Valerio comenzó a subir. Deslizó sus dedos grandes por la seda del vestido blanco, ascendiendo con parsimonia por la piel suave y ardiente de su muslo.
Era un juego salvaje, posesivo y absolutamente prohibido.
Valerio mantenía la mirada fija en el auditor, asintiendo con la cabeza a sus explicaciones técnicas, con el rostro serio de un implacable hombre de negocios, mientras sus dedos desataban el caos debajo de la mesa.
Fiorella clavó las uñas en sus propias palmas para no emitir un gemido.
Su busto subía y bajaba con prisa, llamando la atención de algunos ejecutivos que lo atribuyeron al nerviosismo de la reunión.
El calor entre sus piernas se intensificó cuando los dedos de Valerio rozaron la lencería de encaje, reclamándola en secreto, recordándole quién era el dueño de su destino y de su cuerpo a partir de esa tarde.
Valerio giró levemente la cabeza hacia ella.
Sus ojos negros brillaban con un deseo animal indomable, disfrutando de la sumisión forzada de su nueva prometida.
Fiorella tuvo que sostenerle la mirada, con los ojos verdes encendidos de rabia, por no poder controlar lo que ese malnacido hacía con su cuerpo, pero también de placer porque fuera como fuera, ese desgraciado la encendía como nadie.
Terminó mordiéndose el labio inferior para contener los jadeos mientras el Consejo debatía millones de euros, era una tortura humillante, pero deliciosa.
—Bien —concluyó Valerio, retirando la mano del muslo de Fiorella en el último segundo, justo antes de que ella casi perdiera el control de su compostura— Queda aprobado el rescate. Se levanta la sesión.
La chica volvió a respirar con alivio, pero ese alivio de salir de aquella sala fue efímero.
— dolcezza, prepara tus maletas para que mudes esta semana a mi departamento, enviaré a alguien por ti.
Fiorella se giró en redondo y le plantó cara. ¿Qué se creía? ¿Qué ella era una especie de propiedad con la que iba a hacer lo que quisiera?
—No.
—¿Qué dices?
—¡No! no me mudaré contigo hasta después de que nos casemos.
Valerio dejó escapar una risita de asombro.
—Eres terca, me gusta, pero esto no está a discusión.
—¡Pues me vale un pepino! Me mudaré a tu casa cuando sea tu esposa — y salió pisando fuerte hacia el ascensor sin darle espacio para decir nada más.
Mientras esperaba que el chofer trajera su vehículo, Dominic Sforza la interceptó en el vestíbulo privado de ascensores, consumido por la rabia al ver que el embargo fue cancelado.
—¿Crees que te saliste con la tuya? Solo mira lo que Gabriella acaba de filtrar a la prensa de Nápoles —Dominic le mostró la pantalla de su teléfono en la que se veía una foto comprometedora de Fiorella entrando al hotel la noche anterior con el "gigoló de alquiler"— Si no deshaces tus negocios con Vitale, destruiré tu reputación.
Justo cuando Fiorella iba a entrar en pánico al ver el flash de los reporteros que empiezaron a rodear las puertas de cristal del rascacielos, la mano de acero de Valerio la jala hacia atrás, cubriéndola con su abrigo de diseñador.
Y mirando a Dominic con ojos asesinos le susurró a l chica.
—La prensa ya lo sabe, dolcezza. No hay vuelta atrás. Esta noche te mudas a mi casa.







