Mundo ficciónIniciar sesiónEn el corazón de Londres, Alexander Whitmore, el joven abogado más brillante y uno de los hombres más ricos de la ciudad, lo tiene todo... menos lo único que nunca ha sabido pedir: alguien que lo vea de verdad. Tras un accidente de coche que lo deja temporalmente paralizado, su vida perfecta comienza a tambalearse, mientras su familia intenta aprovechar su debilidad para arrebatarle el control del imperio Whitmore. Para proteger su legado, acepta un matrimonio de conveniencia con Emily Carter, una joven camarera de origen humilde, dulce, educada y con un corazón lleno de luz. Lo que comienza como un acuerdo, pronto se convierte en algo mucho más profundo. En el silencio de la convivencia, Emily no solo cuida de Alexander... también lo comprende. Lo trata con ternura, sin miedo, sin prejuicios, como si detrás del hombre más poderoso de Londres hubiera simplemente alguien que necesita ser amado. Y Alexander, sin poder evitarlo, empieza a sentir por ella algo que nunca había permitido: amor puro, real, imposible de ignorar. Pero él no solo la deja entrar en su mundo... también la protege del suyo. De la familia, de las miradas, y de todo aquello que podría romperla. Entre un matrimonio que empezó como un acuerdo, una conexión que crece en cada gesto y una protección que se vuelve instinto, ambos descubren que lo que nació por necesidad... puede convertirse en el amor más verdadero. Porque a veces, el amor no llega para cambiarlo todo. Llega para salvarlos a ambos.
Leer másLa ciudad de Londres nunca descansaba.
Ni siquiera cuando la lluvia cubría las calles con un manto gris y las luces de los rascacielos se reflejaban sobre el asfalto mojado. Pero dentro de aquellas paredes de cristal, todo parecía detenido en el tiempo. Alexander Whitmore levantó la vista del último expediente del día y observó durante unos segundos el horizonte londinense desde el enorme ventanal de su despacho. Desde la planta más alta del edificio, la ciudad parecía diminuta. El incesante tráfico, los taxis negros recorriendo las avenidas y las personas caminando deprisa formaban parte de un paisaje que contemplaba a diario. Su despacho era tan elegante como sobrio. Estanterías de madera oscura cubrían las paredes, repletas de códigos legales y antiguos volúmenes heredados de generaciones anteriores. Sobre el escritorio de nogal no había un solo documento fuera de lugar. Alexander era un hombre obsesionado con el orden. Cada firma, cada cláusula, cada palabra, todo debía ser perfecto. Porque él no permitía errores, nunca. Aquel bufete no era únicamente su lugar de trabajo, era el legado de su abuelo. El hombre que lo había criado desde niño, quien le enseñó que el prestigio no se heredaba, sino que se ganaba con esfuerzo, disciplina y honor. Años atrás, antes de morir, le dejó en herencia Whitmore & Associates, uno de los bufetes más prestigiosos y poderosos de todo el Reino Unido. Desde entonces, Alexander había dedicado cada día de su vida a proteger aquel apellido y lo había conseguido. Con apenas treinta y cinco años, era considerado uno de los abogados más brillantes del país, los jueces respetaban su inteligencia, sus clientes confiaban ciegamente en él y sus adversarios preferían evitar enfrentarse a él en los tribunales. Nunca aceptaba un caso que supiera que no podía ganar. La puerta del despacho se abrió suavemente. —Señor Whitmore, su agenda ha finalizado por hoy. El coche ya lo espera en la entrada. —Alexander cerró el expediente y se levantó con elegancia. —Gracias, Thomas. —El asistente hizo una leve inclinación de cabeza antes de retirarse. Alexander se colocó la americana, tomó su maletín de cuero y abandonó el despacho. El edificio estaba prácticamente vacío, solo algunos empleados terminaban su jornada mientras él recorría el largo pasillo con paso firme. El ascensor descendió en absoluto silencio. Al salir, el chófer abrió inmediatamente la puerta del vehículo. —Buenas noches, señor Whitmore. —Alexander respondió con un leve movimiento de cabeza y tomó asiento en la parte trasera. El coche arrancó con suavidad, Londres desfilaba tras los cristales tintados mientras la lluvia comenzaba a intensificarse. Alexander aflojó ligeramente el nudo de la corbata, había sido un día largo. Apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos durante apenas unos segundos. Entonces ocurrió, primero sintió un brusco movimiento y después, el grito desesperado del conductor. —¡Los frenos...! El coche comenzó a deslizarse sin control sobre el asfalto mojado. Alexander abrió los ojos de golpe, las ruedas chirriaban con violencia. El conductor luchaba por mantener el control del vehículo, pero era imposible. Un camión apareció de repente atravesando el cruce, todo sucedió en un instante. El volante giró bruscamente, el coche dio un violento trompo, los cristales estallaron, el metal se retorció con un estruendo ensordecedor. Y, finalmente… El impacto. Alexander estaba confuso. Tenía el rostro cubierto de sangre y un agudo pitido le retumbaba en los oídos. Su visión era borrosa y apenas distinguía a las personas que corrían hacia el vehículo destrozado. Intentó moverse, pero su cuerpo había quedado atrapado entre los restos del coche y las fuerzas comenzaban a abandonarlo. Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos. Varias personas corrieron hacia el vehículo destrozado mientras los equipos de emergencia trataban de abrir la puerta, sin que nadie lo advirtiera, al otro lado de la calle una figura permanecía inmóvil bajo un paraguas negro, observó el accidente durante unos segundos, después sacó un teléfono móvil del bolsillo. —Ha salido exactamente como estaba previsto. La llamada terminó, la figura desapareció entre la lluvia y, sin saberlo, Alexander Whitmore acababa de convertirse en el objetivo de una conspiración que cambiaría su vida para siempre.A la mañana siguiente, Emily despertó con una sensación extraña, lo sabía exactamente que era. Quizá inquietud, quizá la conversación que había mantenido con Alexander, la noche anterior seguía rondando en su cabeza.Había algo diferente entre ellos, algo que ninguno de los dos se atrevían a nombrar.Emily se incorporó lentamente en la cama y miró hacia la ventana, el cielo de Londres estaba cubierto de nubes y una fina lluvia golpeaba los cristales. Por alguna razón. Recordó las palabras de Alexander.«Porque eres mi futura esposa.»Se llevó las manos al pecho, aquello no debía afectarla. Su matrimonio era un acuerdo, un contrato. Una solución temporal para los problemas de ambos. Entonces, ¿Por qué cada vez le costaba más recordarlo? Se levantó, se duchó, se vistió y abandonó la habitación. Cuando llegó al comedor, Alexander ya estaba ahí. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones oscuros, el ordenador estaba sobre la mesa y parecía completamente concentrado en algo.Ella se
La puerta del comedor se cerró detrás de ellos, durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una palabra.Emily caminaba lentamente junto a Alexander por el largo pasillo de la mansión. Las luces cálidas de las lámparas iluminaban las paredes, pero ella apenas prestaba atención a nada.Seguía pensando en lo ocurrido, no esperaba que aquella cena terminara así, mcho menos que Alexander la defendiera delante de su familia.Al llegar al salón, Alexander se detuvo.—¿Estás bien? —Emily levantó la mirada.—Sí. —Él la observó unos segundos.—No tienes que decirme que estás bien si no lo estás. —Emily dejó escapar un suspiro.—Estoy un poco incómoda. —Alexander asintió.—Lo imaginaba.—No quería provocar una discusión entre tú y tu familia.—Tú no provocaste nada.—Pero...—Emily. —Su tono consiguió que ella guardara silencio.—Ellos decidieron comportarse así. Tú no tienes ninguna culpa. —Emily bajó la mirada.—No estoy acostumbrada a que alguien me defienda. —Aquella frase hizo que Alexa
Los primeros días en la mansión había pasado demasiado rápido de lo que Emily esperaba, poco a poco había comenzado acostumbrarse a los enormes espacios, al personal de la casa y aquella nueva rutina que todavía le parecía demasiado diferente a su antigua vida.Alexander, por su parte, no había intentado cambiarla. Había respetado sus horarios, su trabajo y sus costumbres. Incluso en que siguiera trabajando hasta que se casarán.Aquella tarde, Emily estaba en la habitación cuándo recibió la llamada de Alex.—¿Si?—Tenemos una cena. — Emily quedó inmóvil.—¿Una cena? — repitió.—Mis padres y mi primo. — ella respiró profundamente.—Ah. — Alex notó inmediatamente el cambio de su voz.—¿Estás nerviosa?—Un poco.—No tienes porque estarlo.—Son tu familia.—Precisamente por eso. — ella guardó silencio. —No quiero que te preocupes por ellos. — continuó él. —Si alguien te dice algo que te incomode, me lo dices.—Puedo defenderme sola. — una pequeña sonrisa apareció en los labios del abogado
El sonido de la llave al girar en la cerradura, anunció la llegada de Emily. Nada más entrar en el pequeño apartamento, el aroma del guiso que preparaba su madre la dibujó una sonrisa.Aquel lugar era humilde, no había muebles de lujo ni grandes ventanales como la mansión Whitmore, pero siempre había estado lleno de cariño.Laura apareció desde la cocina secándose las manos con un paño. —¡Cariño! Ya estás aquí. — Emily dejó el bolso sobre el sofá y caminó hasta abrazarla.—Si. — su madre notó inmediatamente que algo había cambiado en su expresión. —¿Cómo ha ido? — la joven sonrió.—Mucho mejor de lo que imaginaba. — la dos se sentaron en el sofá. Laura esperaba pacientemente, conocía demasiado bien a su hija. Sabía que acabaría contándoselo todo. Emily dejó la carpeta negra sobre la mesa. —Ya hemos firmado el contrato. — Laura abrió sus ojos.—¿Ya? — Emily asintió.—Solo falta la boda. — su madre acarició la cubierta de cuero del documento.—¿Y él? — Emily permaneció unos segundos e





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