Mundo ficciónIniciar sesión El precio de la ambición: El renacer de Cristina Para el mundo entero, Cristina Alcázar es la heredera de un imperio: una mujer inteligente, pero marcada por la traición, una dolorosa condición en su pierna y una apariencia que la hace blanco fácil de las burlas. Tras ser humillada y desechada por un cazafortunas, su mundo se derrumba... hasta que Alejandro Villarreal se cruza en su camino. Alejandro es un hombre atractivo, poderoso y uno de los solteros más codiciados de Los Ángeles. Pero detrás de su caballerosidad se esconde una fría ambición: para convertirse en el CEO absoluto de las empresas de su padre, necesita casarse con Cristina. El trato está hecho. Ella busca protección contra la humillación pública; él, el control de un imperio. Durante meses, Alejandro mantiene una doble vida de fiestas y romances ocultos, seguro de que tiene el control del juego y de que Cristina jamás se enterará. Pero cuando la verdad explota en la prensa en un descuido de él, y sus crueles palabras la hieren en lo más profundo, algo cambia dentro de ella. Un encuentro inesperado en un puente de la ciudad despierta a una mujer que había permanecido oculta. La sumisa y descuidada Cristina ha desaparecido. En su lugar, nace una mujer deslumbrante, segura y decidida a no dejarse pisotear por nadie. Al verla llegar al cóctel de la empresa con la frente en alto, Alejandro sentirá por primera vez el peso del orgullo... y del deseo. ¿Podrá Alejandro seguir jugando sus cartas con frialdad, o terminará perdiendo el corazón en la trampa que él mismo construyó?. Una mujer decidida a hacerse respetar. Un hombre atrapado en su propia mentira. ¿Quién ganará el juego del poder?
Leer más—¡Qué rico... ¡Dale más duro! Me encanta.
—Me traes loco, Xiomara. Eres perfecta, deliciosa.
—Y tú eres maravilloso, Rafael. Y lo serás aún más cuando tengas el dinero de esa fea... —se burló la mujer entre risas.
Ambos llegaron al clímax de la pasión. Poco después, Rafael se levantó de la cama y se sentó en el borde; visiblemente agitado, le dijo a Xiomara:
—No sé hasta dónde podré llegar con esa mujer. No la soporto, es tan horrible... Me repugna. No sé si pueda casarme con ella.
—Tienes que hacerlo. Cristina es una mujer millonaria... Además, está loca por ti; te lo entregará todo en cuanto se casen. Imagínate, mi amor: seremos millonarios, lo tendremos todo.
—¿A cambio de qué? ¿De tener que soportarla y... ¡uy, no!, acostarme con ella? Qué asco. Xiomara, yo solo quiero hacer el amor contigo. Además, no sé cómo vamos a mantener la mentira de que somos hermanos, y menos con esa vieja bruja de la nana vigilándonos.
—Tú tranquilo. Ya verás que todo va a salir superbién. Ahora lo importante es que en dos días —dos maravillosos días— seremos millonarios.
Inocente de lo que ocurría a sus espaldas, Cristina recibió feliz su vestido de novia.
—¡Nana! ¡Nana! Mira, ya llegó el vestido... Está listo con el último arreglo —gritó Cristina emocionada, intentando caminar rápido, aunque la discapacidad de su pierna se lo impedía, esa lesión que nunca la dejaba disfrutar plenamente lde los momentos.
—Ya, hija, tranquila. Te puedes caer, no camines así —le pidió su nana al verla tan feliz, avanzando a prisa hacia las escaleras.
Pero la nana no había terminado de hablar, cuando Cristina cae al piso, nuevamente, no era la primera vez que le sucedía eso.
— ¡Ay por Dios ni niña!— Gritó Beatriz, bajando a toda prisa las escaleras para ayudarla.
— Estoy bien nana, ya sabes, a veces olvido que soy una lisiada.
—No digas eso mi amor, solo debes tener mas cuidado, eso es todo.
Cristina era la nobleza en persona; su corazón no conocía la maldad. A pesar de su dulzura, había sufrido mucho: perdió a sus padres en un accidente aéreo cuando era solo una niña, quedándose completamente sola en el mundo, con la única compañía de Beatriz, su fiel nana.
Aquel vestido de novia, blanco y radiante, representaba para Cristina el milagro que jamás pensó vivir. Mientras lo contemplaba, sus ojos se desviaron inevitablemente hacia su pierna. El accidente del segundo piso de la mansión seguía doliendo, no tanto en los huesos como en el alma. Aquella caída la había dejado con una lesión permanente que la obligaba a usar un pesado estabilizador de metal; aun con el aparato, era imposible ocultar la marcada cojera que rompía el ritmo de sus pasos.
Desde niña, el mundo había sido cruel con ella. Las risas ahogadas a sus espaldas y las miradas de lástima sembraron en su interior una timidez profunda, casi asfixiante. Sin embargo, en el corazón de Cristina no cabía el rencor. Su única defensa contra la crueldad ajena había sido volverse invisible: vestía siempre con faldas largas y discretas que intentaban disimular su discapacidad, llevaba el cabello un tanto descuidado y ocultaba su mirada tras unos lentes de armazón grueso. No quería que la vieran; le aterraba llamar la atención.
Por eso, cuando Rafael apareció en su vida declarándole un amor incondicional y, poco después, pidiéndole matrimonio, Cristina sintió que el cielo por fin la miraba con piedad. ¿Cómo no entregarse por completo a un hombre que parecía ver más allá de sus defectos?
Lo que la inocente joven no sospechaba era que su supuesta felicidad había sido fríamente calculada un año atrás.
El vínculo tenía un nombre: Xiomara. Ambas habían compartido aulas en la universidad, pero mientras Cristina transitaba los pasillos intentando pasar desapercibida, Xiomara lo hacía devorando el mundo con la mirada. Procedente de una familia muy humilde, Xiomara había logrado estudiar gracias a una beca, un logro que en lugar de llenarla de orgullo, le sembró una envidia amarga y corrosiva. Para ella, el destino era profundamente injusto: le parecía un insulto de la vida que ella, siendo tan hermosa, sensual y elegante, tuviera los bolsillos vacíos, mientras que Cristina, a quien consideraba "fea" y patética, lo tuviera absolutamente todo.
La riqueza de Cristina no era un privilegio que mereciera; era un botín que debía ser arrebatado.
Con esa obsesión grabada en la mente, Xiomara tejió la red. Le presentó a Rafael, el hombre que siempre había sido su enamorado y que estaba dispuesto a lo que fuera con tal de no perderla. Rafael la amaba con una devoción ciega, casi enferma; por eso, aceptó el macabro plan de seducir a la millonaria y arrastrarla al altar para despojarla de cada centavo.
Para blindar el engaño y justificar la constante presencia de Rafael cerca de ellas sin levantar las sospechas de la nana Beatriz, Xiomara inventó una coartada perfecta. Mirando a Cristina a los ojos con una falsa dulzura, le había asegurado que Rafael era su medio hermano, un hijo que su madre había tenido en otro compromiso.
Cristina, que no conocía la maldad, creyó cada palabra, sin saber que los supuestos hermanos compartían la misma cama, las mismas sábanas y el mismo deseo de verla destruida.
Al llegar la noche, Alejandro cruzó el umbral de la mansión sintiendo el peso de un cansancio denso, acumulado tanto por las exigencias de la corporación como por la agitación interna que no lograba apaciguar. El recuerdo del encuentro matutino en el baño continuaba rondando su mente, chocando de frente con la actitud atenta y marcadamente coqueta que Xiomara le había profesado durante toda la jornada. Buscaba, en el fondo, una excusa para reafirmar su autoridad en casa, pero el ambiente silencioso de la residencia solo le devolvió una calma distante.En el comedor principal, la cena estaba servida. Cristina ya se encontraba a la mesa, vistiendo una bata holgada pero elegante, con el cabello recogido de forma sencilla y la postura erguida. Aunque el esfuerzo de la sesión de rehabilitación física le había dejado los músculos doloridos, su rostro no reflejaba debilidad alguna. Alejandro tomó asiento al otro extremo de la gran mesa de caoba, observándola en silencio durante unos segundo
Al caer la tarde, la luz cálida del atardecer comenzó a filtrarse por los grandes ventanales del despacho principal, pero el ambiente en la oficina no se volvió más ligero. Alejandro permaneció sentado tras su escritorio, con la mirada perdida en los documentos que apenas había logrado revisar. El contacto de la mano de Xiomara sobre su hombro minutos atrás aún dejaba una sensación punzante en su ego: la sutil validación que no encontraba en su propio hogar se la estaba ofreciendo, sin reservas, su nueva secretaria.Xiomara, por su parte, se movía afuera con la precisión de quien sabe exactamente qué hilos mover. Al notar que la jornada laboral llegaba a su fin y que los demás empleados comenzaban a despejar el piso, preparó una carpeta con los compromisos del día siguiente y caminó nuevamente hacia el despacho. No tocó la puerta; simplemente la empujó despacio y entró, dejando que el sonido seco de sus tacones marcara su presencia.—Señor Villarreal, la mayoría del personal ya se h
Las horas siguientes en la oficina transcurrieron bajo una atmósfera cargada de tensión disimulada. Alejandro intentaba enfocar su atención en las cifras de la naviera, pero la imagen del cuerpo de Cristina bajo el agua, mezclada con el rechazo frío que ella le había mostrado, le provocaba una inquietud constante. Cada vez que alzaba la mirada hacia el cristal transparente de su despacho, se encontraba con la figura de Xiomara, quien trabajaba con una postura impecablemente estudiada, asegurándose de que cada uno de sus movimientos resultara atrayente a la distancia. Decidida a dar un paso más en su estrategia, Xiomara esperó el momento en que la oficina quedó en relativo silencio. Preparó una taza de café cargado, ajustó sutilmente su labial frente al espejo compacto de su bolso y caminó hacia la puerta del CEO con paso pausado. Tocó suavemente y, sin esperar a que él la autorizara del todo, ingresó con una sonrisa tibia y una mirada directa. —Pensé que le vendría bien un descans
El ambiente en el piso corporativo de las empresas Villarreal estaba cargado de tensión cuando Alejandro atravesó las puertas del edificio. La discusión en el baño de la mansión continuaba retumbando en su cabeza, alimentando una mezcla de rabia, frustración y deseo reprimido que le resultaba insoportable. Al llegar a la recepción de la oficina principal, se encontró con una fila de mujeres aguardando pacientemente para responder al anuncio de trabajo. Sin detenerse a mirar a nadie, entró a su despacho dando un portazo que hizo eco en toda la planta.Mientras tanto, en la sala de espera, Xiomara aguardaba su turno con una serenidad calculada. Su vestuario, impecable y estratégicamente seleccionado para resaltar su figura sin perder la elegancia profesional, captaba la atención de todos los que pasaban a su alrededor. Cuando la secretaria senior la llamó para la entrevista, Xiomara se puso de pie con gracia y caminó con paso firme hacia la oficina de selección.La entrevista duró ape





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