Mundo de ficçãoIniciar sessãoLas puertas de cristal del vestíbulo privado vibraron bajo el asedio de los reporteros. Los flashes de las cámaras fotográficas se sucedían como ráfagas destellando agresivamente contra la penumbra de la tarde.
—¡No mires! —ordenó Valerio con un rugido gélido, pegando el cuerpo de Fiorella contra su pecho de acero.
La mano grande del magnate se posó firmemente sobre su nuca, obligándola a sepultar el rostro en la solapa de su abrigo italiano de diseñador.
El aroma a madera y cuero de Valerio la inundó como un refugio asfixiante y protector a partes iguales.
Con un movimiento fluido el heredero la arrastró en dirección contraria, empujándola hacia el ascensor de servicio.
—¡Valerio, suéltame! ¡La prensa tiene fotos mías! ¡Dominic va a destruirme! —exclamó Fiorella con la voz quebrada, mientras las puertas metálicas se cerraban, aislando el bullicio ensordecedor de los paparazzi.
—Nadie lo hará, dolcezza —replicó él, mirándola desde su imponente estatura con unos ojos negros fijos en su rostro.
El ascensor se detuvo con una sacudida en el nivel subterráneo, las puertas se abrieron donde los esperaba el motor de un Lamborghini Aventador negro azabache ya rugía en ralentí, encendido a la distancia.
—Sube —ordenó Valerio, abriendo la puerta de tijera del deportivo con un ademán tajante.
Fiorella no tuvo tiempo de dudar.
Se deslizó en el asiento de cuero negro, con el corazón golpeándole las costillas. Valerio rodeó el capó con zancadas felinas y se acomodó al volante.
El auto rugió, los neumáticos chirriaron contra el pavimento y salieron disparados por la rampa de evacuación trasera, esquivando la emboscada de los medios.
Una vez en la autopista Fiorella miraba la pantalla de su teléfono con las manos temblando de forma descontrolada. Las redes sociales de las revistas de sociedad de Milán y Nápoles ya estaban ardiendo con la filtración.
—¡Mira esto! —exclamó ella, mostrando la pantalla con desesperación— Es la foto de la noche en la suite del hotel... Gabriella se aseguró de que se vea mi rostro perfectamente. ¡Esto es una ejecución pública! Si mi padre enciende el televisor en la clínica y ve este escándalo, su corazón no lo va a resistir. ¡Está convaleciente, Valerio! ¡Una recaída lo mataría!
Valerio cambió de marcha con un movimiento seco y preciso, manteniendo la vista fija en el asfalto nocturno. El perfil de su mandíbula cuadrada lucía inalterable, como si la crisis no fuera más que un peón en su tablero de ajedrez.
—Tu padre no va a morir por una foto, Fiorella, a menos que tú sigas actuando como una víctima acorralada —dijo él, con voz baja y pausada destilando un pragmatismo brutal— Escúchame bien. Dominic Sforza cree que ha jugado una carta maestra, pero mi equipo de relaciones públicas ya está redactando el comunicado oficial.
—¿Qué comunicado? —preguntó ella, frunciendo el ceño, intentando buscar un ápice de cordura en la frialdad de su captor.
—Esa foto "escandalosa" de nuestra noche de pasión en el hotel no es una prueba de libertinaje, dolcezza. Mañana a primera hora, los periódicos titularán que simplemente somos una pareja enamorada como cualquier otra —reveló Valerio, esbozando una sonrisa ladina y calculadora— Explicaremos que los Salvatici y los Vitale uniremos lazos.
Fiorella se quedó sin aliento, asimilando la magnitud del contraataque.
—Pero para que el mundo se trague la mentira... —empezó ella.
—Para que el público, la Bolsa de Milán y tu ex prometido se lo crean, tenemos que ser inseparables —la interrumpió Valerio, girando el volante para adentrarse en la zona residencial más exclusiva de la costa— Vivirás conmigo, respirarás conmigo y sonreirás a mi lado ante cada maldita cámara. Tu antiguo compromiso con Sforza pasará a la historia como un error de tu juventud. Eres una Vitale ahora. Compórtate como tal.
El Lamborghini se detuvo en el helipuerto privado del ático de Valerio, un palacio de cristal y acero suspendido sobre un acantilado con vistas al mar negro de Nápoles. Al bajar del auto, el viento marino agitó el vestido de Fiorella, recordándole la vulnerabilidad de su posición.
Valerio la guio hacia el interior.
La adrenalina de la persecución y el miedo que los había empujado hasta allí parecieron mutar súbitamente, transformándose en una corriente de pura electricidad estática que saturó el espacio entre los dos.
—Toma… bebe esto —él le acercó una taza humeante después de un rato de haberla dejado a solas en el balcón con vista al mar para que se relajara.
—Gracias…
Fiorella tomó la taza y bebió a pequeños sorbos.
—Estarás bien aquí, nadie entra si no está autorizado.
La mujer dejó la taza medio vacía en la mesita de centro dispuesta a poner distancia, pero Valerio ya estaba sobre ella otra vez. Extendió sus dedos para apartar un mechón oscuro del rostro de la chica con cuidado.
El roce encendió las mejillas de Fiorella sin que pudiera disimularlo.
Valerio bajó la vista de sus ojos verdes a los carnosos labios de ella y se inclinó casi sin pensar acorralándola contra la pared de mármol del recibidor.
Sus manos grandes se plantaron a ambos lados de la cabeza de Fiorella, atrapándola en el espacio que delimitaban sus brazos.
La proximidad física era devastadora, el busto prominente de ella subía y bajaba aceleradamente, rozando el pecho de acero de Valerio con cada bocanada de aire.
—¿Qué haces? —susurró Fiorella.
—Asegurándome de que entiendes las reglas del juego, mi reina —murmuró Valerio, inclinándose tanto que sus labios carnosos casi rozaron la línea de la mandíbula de ella.
La tensión sex*ual acumulada durante la reunión del Consejo, el recuerdo de sus dedos largos ascendiendo por su muslo por debajo de la mesa, e invadiendo su piel dentro de su delicada lencería estalló en el aire.
Valerio bajó la mirada a la boca de Fiorella con un hambre animal. Ella intentó sostenerle el desafío, pero el calor que emanaba de la anatomía del magnate la hizo temblar.
Sus labios atacaron los de Fiorella en un beso robado, posesivo y ardiente que le arrancó un jadeo de sumisión involuntario.
Fiorella enredó las manos en las solapas de la chaqueta de él, debatiéndose entre empujarlo o enredar sus piernas en sus caderas para entregarse por completo a la delicia del castigo.
Las manos de Valerio bajaron a su cintura, apretándola contra su dureza erecta, demostrándole el poder absoluto que ejercía sobre su anatomía.
Fue un roce salvaje, una caricia prohibida que descendió por la curva interna de sus caderas, dejándola completamente indefensa, deseando que el suelo desapareciera y que él la tomara allí mismo, sobre el mármol frío.
Sin embargo, justo cuando el fuego amenazaba con consumirlos y traspasar el límite hacia la entrega total, Valerio se apartó de golpe.
Fiorella abrió los ojos, parpadeando, con los labios encendidos y el cuerpo reclamando más.
Valerio la miró con una fijeza oscura, respirando con dificultad, pero la rigidez de sus facciones demostraba que su mente analítica había retomado el control, su teléfono personal vibraba insistentemente en el bolsillo de su traje.
—Los asesores de prensa —dijo Valerio, con la voz ligeramente ronca— Tengo que atender el golpe mediático antes de que abra el mercado asiático.
Se dio la vuelta y se encaminó hacia el ala del despacho del ático, dejándola sola en la penumbra del recibidor, con la piel ardiendo y una humillante sensación de insatisfacción flotando justo en medio de sus piernas.
Luego de un rato, la tormenta exterior parecía haberse calmado en los medios de comunicación gracias a las órdenes directas de la Banca Vitale. Valerio regresó al dormitorio principal.
Fiorella ya se había duchado, había tenido que dejar que el agua helada le apagara las ganas, no iba a ser la muñequita de juegos de Valerio, a la que dejaba encendida esperando encontrar caliente después de un rato.
¡No! ella tenía dignidad.
Se había puesto una de sus camisas de algodón egipcio blanco, que a ella le quedaba a medio muslo, acentuando la redondez de sus piernas y la silueta de sus curvas femeninas bajo la tenue luz de las lámparas.
El ambiente en la inmensa cama King Size era un polvorín de resentimiento silencioso. Fiorella estaba sentada en un extremo de la cama, con los brazos cruzados y la espalda rígida como una tabla.
—¿Vas a dormir ahí como una estatua o piensas descansar? —preguntó Valerio, desabrochándose los primeros botones de la camisa mientras se sentaba al borde del colchón.
—No sé cómo puedes actuar como si nada hubiera pasado —siseó Fiorella, con los ojos verdes chispeando de indignación— Te atreviste a tocarme hoy bajo la mesa del Consejo, delante de tus auditores... Me usaste para demostrar tu poder, para humillarme en secreto mientras decidías el destino de los astilleros de mi padre. ¡Eres un cínico!
Valerio se giró despacio, escudriñándola con la mirada.
—¿En verdad eso es lo que te molesta? ¿O, que no haya terminado lo que comencé hace rato?
—¡Vete al diablo, Valerio!
Sin darle la oportunidad de continuar la discusión, Fiorella se dejó caer sobre las almohadas y le dio la espalda de forma abrupta, halando las sábanas de seda para cubrirse hasta los hombros.
Valerio soltó un bufido corto, apagó las luces principales y se acostó a su lado, manteniendo una distancia física que no lograba disminuir la asfixiante tensión que flotaba entre los dos cuerpos en la oscuridad.
El silencio de la noche se prolongó por horas, denso y cargado de palabras no dichas.
A las tres de la mañana, un sonido estridente cortó la quietud del dormitorio. El teléfono de Valerio, comenzó a sonar con una vibración insistente sobre la mesa de noche.
Fiorella se tensó de inmediato bajo las sábanas, presintiendo el peligro.
Valerio se incorporó de un solo movimiento, respondiendo la llamada con su habitual tono autoritario.
—Habla Vitale.
La voz al otro lado de la línea era rápida, entrecortada y cargada de una urgencia médica evidente.
Fiorella se giró despacio, tratando de adivinar las palabras en la penumbra.
Conforme pasaban los segundos, la postura de Valerio se volvió de piedra. Sus ojos negros se fijaron en la silueta de Fiorella con una gravedad que le heló la sangre a la joven.
—Entendido. Manténganlo estable. Vamos hacia allá —dijo Valerio con voz gélida antes de cortar la comunicación.
El magnate dejó el teléfono y miró a Fiorella. El rostro de Valerio estaba ensombrecido por una expresión de severidad.
—¿Qué pasa? —preguntó Fiorella, con la voz temblando, incorporándose en la cama mientras el pánico le oprimía el pecho— ¿Es mi padre? ¿Pasó algo en la clínica?
Valerio se levantó de la cama, encendiendo una luz de cortesía que iluminó la gravedad de sus facciones.
—Es Paolo —sentenció el magnate, clavando su mirada en ella— El director del hospital acaba de llamar. Dominic Sforza estuvo en su habitación hace un par de horas. Discutieron por el levantamiento del embargo... Tu padre acaba de sufrir un paro cardíaco.







