Mundo ficciónIniciar sesiónJuliana Ríos nunca imaginó que trabajar en la Villa Echeverría la conectaría con la herencia de una de las familias más adineradas del país. Tras la muerte de Don Santiago Echeverría, el testamento revela una condición inesperada: Sebastián Echeverría, su único heredero, solo podrá acceder a toda la fortuna si se casa con ella. Para Sebastián, la exigencia es absurda… y más porque Juliana es la mujer a la que engañó, utilizó y le rompió el corazón años atrás. ¿Podrá convencerla de casarse con él?
Leer másTodos esperaban lo mismo: dinero, propiedades, parte de la empresa... Pero el abogado cerró la carpeta sobre la mesa con calma.
—Para dar inicio a la lectura del testamento del señor Santiago Echeverría —dijo—, debo pedir que todos se retiren, a exepcion de Sebastián.
El murmullo comenzó de inmediato.
—¿Qué? —la voz del padre de Sebastián cortó el aire—. ¿Y nosotros qué? Somos sus hijos, su familia...
El abogado no se inmutó. Solo repitió la petición, esta vez con más firmeza:
—Si no salen, no habra lectura. Así de simple.
El silencio se hizo más pesado.
Sebastián finalmente habló.
—Salgan.
Todos se giraron a verlo, consternados. Nadie quería obedecer. Pero al final comenzaron a levantarse y a salir uno tras otros, mientras murmuraban protestas y lanzaban miradas de resentimiento hacia el abogado y Sebastián.
El último en salir cerró la puerta con fuerza y el sonido resonó en toda la habitación.
Sebastián se sentó lentamente frente al escritorio.
—Empiece —dijo.
El abogado abrió su malentín y sacó un sobre sellado.
—Esto es para usted —dijo.
Sebastián frunció el ceño y tomó el sobre. Al detallarlo mejor, vio la letra de su abuelo: Para Sebas. No pudo evitar el vuelco en su corazón y que los ojos se le empañaran, pues así solo le decía él, su abuelo.
Sebastián rompió el sello y rápidamente saco el papel, lo desdobló y leyó:
“Sebastián, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy y te debes estar preguntando por qué te elegí solo a ti. Estoy seguro que el resto de la familia está furiosa en este momento. Me alegra. Pues pasé mis últimos años rodeado de personas que solo me visitaban cuando necesitaban dinero. Todos… excepto tú.”
Sebastián detuvo la lectura y tomó una hinda bocanada de aire, soltandola de golpe.
“Tú siempre fuiste distinto al resto. Tú no venías a mí por dinero. Venías porque me querías, me respetabas... Venías a verme. A hablar conmigo. A jugar ajedrez. Eso te convierte en el único que todavía conserva algo que esta familia perdió hace mucho tiempo: humanidad.”
De nuevo hizo una pausa, porque el llanto en sus ojos amenazaba con desbordarse.
“Ahora vamos al punto importante. Durante los últimos años de mi vida, alguien cuidó de mí cuando nadie más lo hizo. Juliana. Ella no pertenece a nuestro mundo, y eso es exactamente lo que me hizo encariñarme con en ella, porque ella se parece a ti aunque no lo creas. Es amable de forma genuina, no porque se le pague. Y te soy sincero, de haber tenido 40 años menos, la habría hecho mi esposa, porque mujeres como ella, ya no existen en este mundo...”
Sebastián exhaló una risa corta, incrédula.
“Pero no es para mí. Es para ti.”
—¿Qué? —dijo Sebastian entre dientes y levantó la mirada hacia el abogado que lo observaba con atención—. Esto es una broma, ¿verdad?
El abogado se mantuvo sereno.
—No lo es. Lea hasta el final, por favor.
Sebastián volvió a la carta...
“Sé lo que eres, Sebastián. Sé cómo te han criado, pero también sé que eres el único que puede romper el ciclo de arrogancia, de avaricia, de ambición... que se apoderó de esta familia.
Te he dejo toda mi fortuna a ti. Solo a ti. No dejaré ni un solo centavo a mis hijos ni a sus vástagos contaminados. Pero hay una condición.”
Sebastián frunció el entrecejo.
“Para acceder a mi herencia, deberás casarte con Juliana Ríos.”
—¿Pero que coño es esto? —Sebastián dejo la carta sobre la mesa y se puso de pie de un salto—. No pienso hacer semejante cosa.
—¿Leyó la carta completa? —preguntó el abogado, no por curiosidad sino para asegurarse de cumplir correctamente el protocolo.
Sebastian negó con la cabeza.
—No necesito seguir leyendo. Se nota a leguas que mi abuelo estaba desvariando cuando escribió esa carta.
—Señor, debe leer la carta completa.
Resignado, Sebastián tomó de nuevo la carta y la terminó de leer:
“Y sé lo que estás pensando. Entiendo muy bien que Juliana no encaje en tus absurdos estándares de belleza. Sé el tipo de mujeres que te atraen, lindas por fuera, pero vacías por dentro. Juliana no es eso. Y precisamente por eso te hago este obsequio. Quizás no te des cuenta ahora… pero la belleza real no es la que entra por los ojos. Es la que se te queda dentro sin pedir permiso. Y Juliana es eso. Es calidez humana, paciencia, lealtad. Y eso, Sebastián… eso es mucho más valioso que la belleza física. Podrías mirar su cuerpo y no entender por qué te hablo así de ella. Podrías pensar que he perdido la razón. Pero si le das la oportunidad, si la miras de verdad… vas a ver lo que yo ví.”
Sebastián dejó el papel sobre la mesa y se echó a reir.
—No. No vo a hace semejante cosa —sintió que un escalofrío le recorria la espalda—. No voy a casarme con... esa mujer.
—De acuerdo, está en todo su derecho a negarse, pero si no se casa con Juliana Ríos en seis meses, la herencia total de su abuelo pasa automáticamente a nombre de ella.
—¿Que dijo?
—Tal como lo oye.
—Mi abuelo perdió completamente la cabeza.
El abogado lo observó y añadió:
—Hay otra cosa —dijo el abogado.
—¿Más?
—Debes permanecer casado con ella, por lo menos un año para que todo tenga validez.
—Esto no tiene sentido.
El abogado cerró su malentín.
—Es la voluntad del señor Santiago Echeverría y ha quedado notificado.
El abogado cerró su maletín con calma.
»Eso es todo —dijo.
Se levantó y salió del despacho.
Sebastián se quedó de pie. Inmóvil. Sin mirar nada en concreto.
Exhaló una risa corta, sin humor, y dijo entre dientes.
—¿Cómo demonios voy a hacer para casarme con una mujer a la que ya le rompí el corazón y de seguro me desprecia?
Juliana se dejó caer en el suelo y se abrazó a sí misma, mientras las lágrimas salían a raudales de sus ojos. Porque no era solo lo que él había dicho. Sino porque, de nuevo, Sebastián había encontrado una forma de lastimarla.Los recuerdos llegaron sin avisar. Las risas, las miradas, la forma en que él la tocaba, los besos... El primero, torpe, escondido, como si el mundo no existiera, las palabras suaves que le hicieron creer que, por primera vez, no había algo mal en ella, que su cuerpo no era imposible de desear, que alguien podía mirarla… y elegirla.Juliana cerró los ojos con fuerza y el recuerdo se torció.Las carcajadas de Cristóbal y Tomás retumbaron en su mente con crueldad, las palabras burlonas, la verdad cayendo encima de ella como un golpe.No había sido amor. Había sido un juego. Una apuesta. Y lo peor no era solo eso. Era que ella le había creído ciegamente, se había entregado por completo, incluso cuando se lo dijo, cuando le comentó lo importante que era para ella gu
Sebastián estaba de pie frente a Juliana, inmóvil. Tenía la mandibula tensa, los hombros rigidos y la expresión de alguien que no debería estar ahí, pero que no tenía opción.Ella lo miró confundida.«¿Que hace él aquí?», se preguntó en su mente.El silencio entre ellos era denso, cargado de todo lo que no se había dicho durante años.—No… esto es una locura —dijo Sebastián entre dientes, retrocediendo y dándose la vuelta.Juliana parpadeó, más confundida que nunca, como si no estuviera segura de haberlo escuchado bien. Y antes de que él pudiera girarse del todo, antes de que pudiera escapar de ese momento, su mano salió con rapidez y lo sujetó del brazo.El contacto fue mínimo, pero suficiente para detenerlo.—¿Qué es una locura? —preguntó ella, sin elevar la voz, pero con una firmeza que venía de algo más profundo que la simple curiosidad.Sebastián se quedó quieto.El gesto de ella lo había desarmado más de lo que habría querido admitir. No era solo la mano en su brazo. Era el hech
Minutos antes…Apenas llegó al borde de las escaleras, los vio a todos. Sus miradas se clavaron en Sebastián como agujas. Su padre, en el centro. Recto. Inamovible. Su madre, rígida, con las manos entrelazadas con una tensión que delataba control más que calma. Su tía Isabella inclinada hacia adelante, como si la paciencia le quemara la piel. Su tío Rafael con esa sonrisa torcida que nunca significaba nada bueno. Sus primos… su hermana… todos ahí, esperando.—¿Qué pasó? —soltó Tomás antes de que Sebastián terminara de bajar—. ¿Qué te dijeron?—¿Por qué te querían a solas? —añadió Camila de inmediato.—¿Qué te dejó el abuelo? ¡Habla ya! —insistió Cristóbal.Las voces se superpusieron.Una encima de otra.Como si quisieran arrancarle la verdad a la fuerza.Sebastián no respondió, solo los observó en silencio, porque ya los conocía y si algo había aprendido en esa familia era que el dinero no tenía amigos. Sabía que justo en ese momento, todos calculaban cuánto les correspondía de la cua
Sebastián caminaba deprisa por el pasillo, mientras la frase seguía clavada en su cabeza. «Debo casarme con Juliana». Apretó la mandíbula sin darse cuenta. No tenía tiempo para pensar. Solo para resolver...Giró en el pasillo sin mirar y chocó con alguien.El impacto fue seco.Y la otra persona cayó al suelo con fuerza, junto con pañuelos y un balde a medio llenar...Sebastián se detuvo y, cuando bajó la mirada, vio a Juliana tirada en el suelo, quien lo miraba sorprendida, como si no entendiera lo que acababa de pasar. Él sintió algo incómodo en el pecho.La condición del testamento volvió a su mente como un golpe.“Debes casarte con Juliana Ríos, si no, todo pasará a nombre de ella”.Su mirada se endureció debido a la rabia que se apoderó de él.¿Por qué ella? ¿Por qué esa mujer que no le despertaba ni un mal pensamiento?Juliana intentó incorporarse, apoyando una mano en el suelo.—¿Está bien? —preguntó ella, con voz baja.El semblante de Sebastián cambió y los recuerdos del pasado
Último capítulo