2 El Precio De La Humillación

—Olvídate de Dominic... ¡mira al Adonis que la acompaña! Ese hombre hace que el novio parezca un vulgar aficionado —el murmullo de la marquesa de Sant'Angelo cortó el aire, resonando en los primeros bancos de la iglesia.

Dominic Sforza, plantado frente al altar, sintió que la sangre se le congelaba.

Giró la cabeza, rompiendo toda etiqueta, y su sonrisa se desintegró.

La mujer a la que pretendía humillar avanzaba con el porte de una emperatriz. Pero lo que hizo que a Dominic se le secara la boca no fue el vestido rojo de Fiorella, sino el hombre que la sostenía por la cintura.

Valerio Vitale.

El heredero absoluto de la Banca Vitale. El depredador de los mercados bursátiles de Milán. El hombre que, con una sola firma, podía liquidar las empresas Sforza antes del cierre de la Bolsa el lunes.

Dominic palideció, dando un medio paso atrás.

«No puede ser él», se repitió lleno de terror.

«¿Por qué el hombre más poderoso de Nápoles viene con ella?»

A su lado, Gabriella se quedó lívida. El ramo de orquídeas tembló entre sus manos enguantadas.

La envidia, esa vieja y ponzoñosa conocida que la había corroído desde la infancia a la sombra de los Salvatici, le atenazó la garganta.

Fiorella no venía destruida.

Venía del brazo de un “Adonis” que emanaba una riqueza tan obscena que hacía que la opulencia de la boda pareciera un decorado de segunda mano.

Ni Gabriella, ni los invitados, ni la propia Fiorella sabían quién era él en realidad, para el resto del mundo, Valerio Vitale era un mito esquivo que rara vez se dejaba fotografiar.

Solo Dominic, por sus nexos oscuros con Bianca Di Mauro, quien pregonaba que el patriarca Garrick Vitale obligaría a su hijo a casarse con ella, reconocía el peligro mortal que representaba ese rostro.

Valerio inclinó la cabeza hacia Fiorella, rozando con sus labios la oreja de ella en un gesto de calculada intimidad, mientras avanzaban por el pasillo central.

—Tu ex prometido parece a punto de sufrir un colapso del miocardio, dolcezza —susurró Valerio, su voz vibró directamente en el pecho de Fiorella— Andas del brazo del hombre adecuado.

—Mantén la farsa —siseó Fiorella entre dientes, sosteniendo la mirada fija al frente, aunque por dentro su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.

El aroma a Imperial Majesty la envolvía, recordándole la forma salvaje en que ese mismo cuerpo la había reclamado antes en la suite.

—Todos nos miran… haz tu trabajo.

—Yo siempre cumplo, mi reina. Pero te advierto... no me gusta pasar desapercibido.

Cuando llegaron a la altura de los primeros bancos, justo antes de que se reanudara la marcha nupcial, Valerio se detuvo.

Sabía exactamente cuándo atacar.

Valerio se giró hacia Fiorella.

Con una lentitud exasperante y posesiva, deslizó su mano grande por la curva de su cadera ancha, subiendo por la seda escarlata del vestido hasta afianzarse en su nuca.

Fiorella ahogó un jadeo, abriendo los ojos de par en par bajo sus pestañas oscuras.

Era una demostración de afecto atrevida, casi indecente para la santidad del templo, algo que la orgullosa y recatada Fiorella Salvatici jamás habría permitido en público.

Pero no pudo evitarlo.

Valerio la atrajo hacia su pecho de acero y bajó la cabeza, buscando sus labios carnosos con un beso profundo, denso y cargado de una sensualidad tan explícita que rozaba la profanación.

No fue un beso de cortesía.

Fue una demostración de poder.

Su lengua delineó la boca de Fiorella con una exigencia ardiente, obligándola a arquearse contra él ante los ojos atónitos del novio que no dejaba de mirarla desde el altar haciendo que Gabriella también se girara en su dirección.

Fue un mensaje devastador y directo a los ojos desorbitados de Dominic que parecía decirle: «Fuiste un idiota por dejarla ir, y ahora me pertenece».

Cuando Valerio la soltó, los labios de Fiorella brillaban, húmedos y encendidos.

Ella le sostuvo la mirada, temblando, mientras el murmullo de la iglesia se convertía en un rugido de comentarios escandalizados.

Dos horas más tarde, el banquete en el Palacio Di Mauro era un nido de intrigas. Los chismes de pasillo corrían más rápido que la champaña.

—¿Viste cómo la besó? Eso no es un despecho, Fiorella ya lo superó —Alguien dijo.

—¡Gabriella fue una tonta! Miren a ese hombre, ¡Parece un dios griego! ¿De dónde lo habrá sacado Fiorella? —Y otro.

—¡Y se le nota la clase y el dinero por encima! —Y otro más.

Valerio actuaba su papel a la perfección, le retiraba la silla, le susurraba al oído provocando sus sonrojos y la miraba con una devoción tan perfecta que resultaba escalofriante.

Aprovechando que Valerio se había apartado para tomar una copa, Gabriella se acercó a Fiorella. La novia forzó una sonrisa perfecta y ensayada, y adoptó un tono de falsa dulzura, extendiendo las manos como si buscara una reconciliación íntima.

—¡Fiorella! Qué alegría que hayas venido —Con voz melodiosa, aunque sus ojos destilaban veneno— Estaba tan preocupada de que guardaras rencor... pero veo que entendiste que lo mío con Dominic fue algo inevitable, sabía que tu gran corazón nos perdonaría. ¡La amistad de la infancia está por encima de todo!

Fiorella la miró, sosteniendo su copa con una elegancia impecable.

—Por supuesto —respondió Fiorella con una sonrisa gélida— No hay nada que perdonar. De hecho, vine a agradecerte. Hay mujeres que nacen para conformarse con… las cosas de segunda mano, me alegra ver que has encontrado tu lugar junto a Dominic. Les deseo que su matrimonio dure tanto como el dinero que intentan robarle a mi padre.

La sonrisa de Gabriella se congeló, sus uñas se clavaron en sus propias palmas justo cuando Valerio regresaba y colocaba una mano en la cintura de Fiorella.

—¿Interrumpo algo, dolcezza? —preguntó Valerio, barriendo a Gabriella con una mirada de absoluto desprecio.

—Nada, querido. Solo recordábamos los viejos tiempos.

Gabriella, incapaz de sostenerle la mirada al imponente hombre, se dio la vuelta con el orgullo herido.

Mientras tanto, Dominic observaba la escena desde la barra, consumido por los celos y el pánico. Al ver a Valerio solo por un instante cerca de la terraza, se acercó a él con pasos rápidos, cuidando de que nadie los escuchara.

Tenía el sudor frío perlándole la frente.

—Signor Vitale... —murmuró con voz temblorosa, intentando mantener la compostura— No sé qué clase de juego es este, ni por qué está aquí con Fiorella. Los Astilleros Salvatici están quebrados. Mañana a primera hora sus escrituras pasarán a mis manos mediante el traspaso de créditos de su banco. ¿Va a interferir en el trato de su padre?

Valerio se dio la vuelta despacio, clavando sus ojos de depredador en el novio. Sostuvo la copa de cristal con una calma insultante.

—Los asuntos de la Banca Vitale no se discuten en bodas de segunda categoría, Sforza —escupió Valerio con una voz gélida que heló la sangre de Dominic— Disfruta de tu fiesta. Pero te daré un consejo, no vuelvas a mirar a la mujer que me acompaña si quieres conservar lo poco que te queda.

Dominic retrocedió un paso, el pánico y la humillación le aplastaron el pecho, mientras Valerio se alejaba con la gracia de un monarca.

Al fondo del salón, Bianca Di Mauro observaba todo junto a Garrick Vitale. Bianca ardía en celos al ver al hombre que consideraba su futuro esposo exhibiendo a otra mujer.

—Garrick, mira a tu hijo —siseó Bianca— Está humillándome delante de toda Nápoles con esa muerta de hambre de los Salvatici. Tu acuerdo conmigo sigue en pie, ¿verdad?

—Valerio hará lo que yo ordene, Bianca. Ese matrimonio se celebrará —respondió el anciano con voz severa, ignorando que su hijo ya había tomado el control del tablero.

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