3 Bienvenida a mi imperio, Dolcezza

La música clásica inundaba el palacio mientras Dominic y Gabriella se desplazaban por la pista bajo el brillo de las arañas de cristal bailando el vals.

Sin embargo, los ojos de Dominic no estaban fijos en su esposa.

Su mirada erraba con desesperación hacia los ventanales de la terraza, donde Fiorella reía de espaldas a la pista, completamente ajena a él, mientras el misterioso y apuesto desconocido deslizaba sus dedos por la piel expuesta de sus hombros.

La rabia y el arrepentimiento devoraban vivo a Dominic en medio de su propio festejo.

Al terminar la pieza, el maestro de ceremonias tomó el micrófono para el brindis de honor. Fue en ese preciso instante cuando un murmullo cortó la música de fondo.

Una de las pantallas gigantes del salón, dispuesta para proyectar fotos de los novios, parpadeó de intentando plasmar la infancia de Dominic y Gabriella, pero resultó ser un campo minado imposible de ocultar.

En la primera fotografía, unos pequeños Dominic y Gabriella sonreían en el jardín, pero en una esquina de la imagen, recortada torpemente, se alcanzaba a ver la silueta y la melena oscura de una niña, Fiorella.

En la siguiente, tomada durante un cumpleaños, los novios soplaban las velas, pero justo detrás de ellos, sosteniendo el pastel con una sonrisa generosa que iluminaba su rostro infantil, aparecía de nuevo, Fiorella.

Los murmullos entre los invitados estallaron como pólvora, intercambiando miradas cargadas de malicia.

—Dios mío, miren eso... Si siempre estuvieron los tres juntos.

—Gabriella no era más que la sombra de Fiorella.

—¡Qué ironía tan espantosa! La novia se casó usando los recuerdos de la infancia de la ex de su esposo.

Los chismes golpearon el escenario y, Gabriella sintió que la humillación le encendía las mejillas.

Su intento de mostrar una historia de amor se había convertido en la prueba pública de que ella siempre había sido la intrusa que usurpó el lugar de Fiorella. Su obsesión y sus celos se dispararon al ver que, incluso en su propia boda, su fantasma lo eclipsaba todo.

Fiorella, observando la pantalla desde los brazos de Valerio, sintió una mezcla punzante de nostalgia y amargura que le oprimió el pecho.

Decidida a no regalarles ni un segundo más de su dignidad, le dio la espalda dispuesta a irse con la frente en alto. Sin embargo, el ambiente asfixiante y la carga emocional de la noche hicieron que sus piernas flaquearan en el último escalón de la terraza.

El mundo pareció girar a su alrededor.

Antes de que pudiera perder el equilibrio, los brazos firmes y cálidos de Valerio la envolvieron por la cintura con una fuerza implacable, sosteniendo su cuerpo contra su pecho de acero.

Fiorella levantó la mirada hacia su "gigoló alquilado", atrapada por la intensidad de sus ojos oscuros.

Dominic, que no había dejado de vigilarla, rompió toda la etiqueta y dejó a Gabriella plantada en medio del salón y caminó con paso furioso hacia la terraza, impulsado por unos celos destructivos al ver a su ex mujer en brazos de otro hombre.

—¡Fiorella! —exclamó Dominic, con la voz rota por la rabia, deteniéndose a solo unos pasos de ellos— ¡Suéltala!

Valerio no se inmutó.

En lugar de retroceder, apretó a Fiorella aún más contra su cuerpo, con una sonrisa peligrosa que desató los demonios de Dominic.

El magnate lo miró con desdén.

—Tu tiempo con ella terminó, Sforza, estás haciendo el ridículo, regresa con tu mujer.

Antes de que Fiorella pudiera procesar lo que pasaba, Valerio la tomó por la nuca y le plantó un beso salvaje, oscuro y devorador en mitad de la terraza, desafiando todas las normas de la etiqueta y los planes que su padre tuviera para él.

El beso fue un incendio absoluto bajo la luna. Valerio la reclamó con una posesión tan salvaje y deliberada que a Fiorella se le cortó la respiración, hundiéndose en el calor de su boca mientras el sabor del peligro la embriagaba.

No era solo una actuación para destrozar el orgullo de Dominic, era un desafío abierto al mundo entero.

A pocos pasos, Dominic contemplaba la escena con los ojos inyectados desorbitados, contenido únicamente por el puño de su padrino de bodas, quien lo había alcanzado a tiempo para evitar una tragedia pública en la terraza.

Cuando Valerio finalmente la soltó, dejando los labios de Fiorella encendidos y su mente en un caos absoluto, la miró fijamente a los ojos.

Había una promesa oscura en sus pupilas.

Sin darle tiempo a reaccionar, la guio con firmeza aristocrática hacia la salida, abandonando el Palacio Di Mauro bajo el estallido rezagado de los flashes y el murmullo ensordecedor de la alta sociedad.

El trayecto en el auto fue un silencio cargado de electricidad. Fiorella miraba por la ventanilla, con el corazón galopando contra sus costillas y los labios aun latiendo por el contacto del "gigoló".

Cuando el vehículo se detuvo frente a las puertas de la villa Salvatici, ella se giró hacia él, intentando recuperar su máscara de frialdad e inteligencia.

—Cumpliste con creces tu parte —dijo Fiorella, con la voz ligeramente temblorosa, mientras abría su bolso para sacar el sobre con el resto del dinero acordado— Ver la cara de Gabriella y la humillación de Dominic no tiene precio. Aquí está lo tuyo. Nuestra farsa termina esta noche.

Valerio observó el sobre con una sonrisa enigmática, ladina, casi insultante. No hizo el menor intento por tomarlo. En su lugar, se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Fiorella pudo sentir el calor de su aliento.

—Quédate con el dinero, dolcezza —murmuró Valerio, y sus dedos rozaron con una lentitud exasperante la línea de su mandíbula— Considera el espectáculo de hoy como un regalo de cortesía. Pero no te equivoques... los hombres como yo nunca juegan gratis. Mañana vendré a cobrarme cada segundo de ese beso. Y el precio no se paga en efectivo.

Antes de que una estupefacta Fiorella pudiera exigirle una explicación, el chofer le abrió la puerta.

Confundida, abrumada y con las emociones a flor de piel, bajó del auto, viendo cómo los faros traseros se perdían en la oscuridad de la noche napolitana.

El amanecer del lunes llegó con una pesadez asfixiante. Fiorella apenas había podido pegar el ojo, atormentada por las palabras de su padre convaleciente, el colapso financiero de los astilleros y el recuerdo abrasador de los labios de su acompañante.

Con la armadura de una empresaria dispuesta a pelear por el legado de su familia, se vistió con un impecable traje sastre y se dirigió al imponente rascacielos de la Banca Vitale.

Sabía que era una misión suicida, iba a suplicar una prórroga, a intentar convencer al despiadado y legendario director de la entidad para que no ejecutara las deudas que Dominic pretendía absorber para destruirla.

La secretaria de la alta dirección la recibió con una fría cortesía y la guio a través de las majestuosas puertas de caoba de la oficina principal.

El despacho era inmenso, con ventanales que dominaban todo el golfo de Nápoles. De espaldas a ella, un hombre de hombros imponentes y traje a la medida observaba el mar, sosteniendo una pluma estilográfica de oro.

—Buenos días, Signor Vitale —comenzó Fiorella, tragando saliva y enderezando la espalda con toda la dignidad que le quedaba—Soy Fiorella Salvatici. Sé que su tiempo es valioso, pero he venido a solicitar una revisión de los créditos de los astilleros de mi padre antes de que se consume el traspaso a las empresas Sforza...

El hombre de espaldas dejó escapar una risa baja, barítona y sumamente familiar que congeló instantáneamente el aire en los pulmones de Fiorella.

La elegante silla de cuero giró despacio.

Fiorella dio un paso atrás, abriendo los ojos con un horror absoluto mientras el bolso se le resbalaba de las manos, golpeando el suelo.

Sentado detrás del escritorio más poderoso del sur de Italia, con una mirada depredadora, calculadora y llena de una diversión sumamente peligrosa, se encontraba su "gigoló alquilado".

El hombre al que le había pagado para hacerla olvidar a Dominic.

Valerio Vitale la miró desde su trono de poder, entrelazando los dedos sobre el escritorio, mientras una sonrisa implacable se dibujaba en su rostro.

—Te lo dije en la catedral, dolcezza —murmuró Valerio, con esa voz que la hacía estremecer— Jugar conmigo siempre cuesta más de lo que puedes pagar. Bienvenida a la Banca Vitale...

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