Mundo ficciónIniciar sesiónDOS HISTORIAS EN UNA 1. Madre Sustituta, deuda saldada. Sinopsis: Isabel enfrenta un destino mortal: la deuda de su padre de cinco millones la obliga a elegir entre ir a la cárcel o ceder al contrato de Alejandro Castillo. Lo que comienza como una amenaza despiadada la arrastra a casarse con él y ser madre de su hijo. Entre la tensión, los secretos oscuros de Alejandro y la lucha de egos, surge una conexión inesperada, un tira y afloja de deseo y resistencia que amenaza con romper todos sus límites. 2. Encanto y lujuria. Sinopsis: Emily nunca imaginó que un día ordinario se transformaría en un instante que cambiaría su vida para siempre. Al cruzar miradas con Antoine, un hombre irresistible y seguro de sí mismo, se ve envuelta en un juego de seducción que despierta pasiones olvidadas. Él explora los límites del placer; ella descubre que el amor y la lujuria no se planifican: llegan, arrasan y dejan cicatrices imposibles de ignorar. *Dos historias de deseo, poder y emociones que arrasan con todo. En un mundo donde la atracción puede ser tan peligrosa como el secreto más oscuro, Isabel y Emily descubrirán que rendirse al corazón puede ser la aventura más arriesgada… y la más intensa de sus vidas*
Leer más—¡SUELTAME, IDIOTA! ¿QUÉ SE SUPONE QUE ESTÁS HACIENDO? —gritó Isabel, luchando con cada fibra de su ser, pero Carlos la mantenía atrapada, su agarre era un yugo de hierro. El dolor de su muñeca era un fuego abrasador que se intensificaba con cada intento de zafarse, pero él no cedía, ni un ápice.
Sus ojos, vacíos como un pozo sin fondo, no mostraban ni rastro de arrepentimiento. Carlos no la veía, no la sentía. Sólo veía una pieza más en un tablero de ajedrez que ya había perdido. Y el aliento de licor barato lo delataba.
Isabel luchaba por respirar, por mantener el pánico a raya, pero el aire se hacía cada vez más denso, asfixiante.
¿Qué estaba pasando?
¿Por qué su padrastro la trataba así?
Ella solo había ido a buscarlo, a sacarlo del casino antes de que empeñara la casa, y él la había arrastrado fuera, por una puerta trasera, como si fuera una cualquiera. El callejón estaba impregnado con el hedor nauseabundo de orines.
—¡Suéltame, Carlos! ¿Qué te pasa? ¿Por qué haces esto? —siguió forcejeando, su voz quebrándose, desesperada.
De repente, un rugido de motor rompió el aire, y una camioneta negra se detuvo abruptamente. Los faros cegaron su vista por un segundo, pero no fue la luz lo que la paralizó. Fue lo que vino después...
Un hombre alto, delgado, de unos treinta y tantos años, emergió del vehículo. Su traje negro parecía esculpido sobre su cuerpo, tan perfecto que no podía ser accidental. La oscuridad parecía abrazarlo, como si fuera una extensión de su propia sombra. Y esos malditos lentes oscuros… ¿Por qué los usaba a esa hora de la noche?
Isabel lo observó, un escalofrío recorriéndole la espalda. No, no era un hombre común. Su presencia era como un vórtice de tensión que la aplastaba, como si el aire a su alrededor fuera más denso, más peligroso.
El hombre se quitó los lentes. Sus ojos, fríos, calculadores, la miraban como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez, una presa a la que estudiar.
—¿Es ella? —preguntó en voz baja, grave, con un tono que no dejaba espacio a dudas. Su voz no tenía emociones, no trataba con una persona. Había hablado de un objeto.
Isabel, atónita, no entendía nada.
¿Qué quería de ella?
¿Quién demonios era ese tipo?
Carlos asintió, una sonrisa vacía curvando sus labios. No era una sonrisa, era una mueca. La satisfacción en su rostro era inquietante, como si estuviera a punto de disfrutar de algo macabro.
—Sí, es ella. No te vas a arrepentir. Es muy habilidosa.
—¡Suéltame, Carlos! —exigió Isabel, su voz rasgada por la rabia, mientras forcejeaba, pero él la mantenía firmemente sujeta, como un muñeco roto.
El hombre de la camioneta chasqueó los dedos. Un segundo después, otro hombre apareció del vehículo. Su caminar era preciso, casi mecánico, como si estuviera cumpliendo una misión que no podía fallar. Con calma, abrió un maletín.
Isabel sintió cómo su piel se helaba al ver la hoja que sacó de dentro. El aire a su alrededor se volvió más pesado, cada respiración más difícil.
El hombre de lentes oscuros la miró, sin inmutarse, mientras su voz rompía el aire:
—Fírmenlo —dijo, su tono cortante como un cuchillo. La frialdad de su voz no dejaba espacio para la negociación.
Isabel sintió como si las palabras fueran dagas clavándose en su mente, atravesándola.
—No creo en la palabra de un borracho ludópata —continuó, y sus palabras la golpearon con fuerza—. Así que quiero asegurarme de que cumplas lo que prometiste.
Isabel dio otro tirón, pero Carlos, como una roca, no la dejaba ir.
—¿Qué es todo esto? —susurró, las lágrimas empezando a asomar en sus ojos, su voz rota, casi inaudible.
El hombre sonrió, pero no era una sonrisa. Era una mueca cruel.
—Oh... así que tu "padre" no te dijo nada. Qué mal padre eres, Carlos —dijo, despectivo.
Carlos se acercó al oído de Isabel y, con una voz temblorosa de miedo, le susurró:
—Si no lo hacía, me iban a quebrar las piernas.
El estómago de Isabel dio un vuelco. ¿Qué estaba escuchando? ¿Cómo podía su vida haber llegado a esto?
—¿Qué hiciste, Carlos? —su voz estaba llena de incredulidad y horror.
Carlos la miró, apenado y con miedo. Con una expresión descompuesta, murmuró:
—Tu padre, a cambio de perdonarle los 5 millones de dólares que me debe, ha acordado darme a su hija como pago. Y yo, bueno... soy un hombre generoso que necesita los servicios de una mujer como tú.
Isabel sintió el suelo desmoronarse bajo sus pies. ¿Había escuchado bien? ¿Estaba diciendo que su vida, su futuro, valía lo mismo que una deuda de juego? ¿Qué clase de monstruo era su padrastro?
—¡No! ¡NO! ¡Claro que NO! —gritó, su voz estaba desgarrada por la furia. Cada intento por liberarse era inútil, pero no podía dejar que Carlos se saliera con la suya—. ¡SUÉLTAME! —vociferó, con el llanto brotando de sus ojos por la impotencia de no tener más fuerza que su padrastro.
Mientras forcejeaba, su mente no dejaba de pensar en un único escape: la universidad. «Yo tengo una vida. Tengo sueños. Me voy a la universidad. Puedo con esto. Aceptaré temporalmente, y cuando llegue el momento, me largaré y este maldito asunto se acabará. Podré huir de todo esto».
—Sueltame, Carlos. Sabes muy bien que no puedo. En unas semanas me iré a París, a la universidad —dijo ella, sin dejar de forcejear.
Un pensamiento fugaz, pero en su mente significaba todo. Si lograba escapar, si lograba irse... todo lo demás no importaría. La presión, el dolor, la humillación, quedaría atrás.
—Con respecto a eso... —dijo Carlos con frialdad—. Esta mañana llegó una carta a la casa. No fuiste admitida.
BOOM.
«¿Qué?». El golpe de esas palabras fue como una explosión en su mente, dejándola completamente paralizada. Sus pensamientos se congelaron en el aire, como si el tiempo hubiera dejado de moverse. No podía ser. No podía ser cierto. Su mundo se desmoronó de inmediato, todo lo que había creído y planeado se derrumbó a su alrededor. Había sido la mejor en su clase. Había trabajado hasta el agotamiento, superado todas las expectativas. No podía no haber sido admitida.
—Eso no puede ser cierto... —susurró con voz quebrada y los ojos inundados de incredulidad. ¿Cómo? ¿Por qué la habían rechazado? Si sus diseños eran los mejores entre todos los postulados, si había puesto su alma en ese trabajo, ¿por qué no la habían admitido? El dolor en su pecho se intensificó. Vio sus sueños romperse frente a sus ojos.
Carlos, al ver su reacción, sonrió cruelmente, disfrutando del sufrimiento de Isabel.
—Sí, es cierto. Y ahora no te queda otra opción. Firma el maldito documento.
Isabel, completamente desbordada, sintió cómo sus esperanzas se desvanecían...
Cinco millones de dólares. ¿Eso era lo que ella valía?
—Firma, Isabel —dijo el hombre de lentes oscuros—. Por lo visto, ya no tienes planes para dentro de unas semanas —el comentario fue totalmente burlón.
Entonces, algo en la mente de Isabel se rompió, y la determinación surgió de lo más profundo de su ser.
—Firmaré... pero con una condición.
—No estás en posición de hacer exigencias —respondió el hombre de traje, impasible. —Tu padre me debe 5 millones de dólares.
—En primer lugar, este imbécil no es mi padre —dijo, fulminando a Carlos con la mirada, liberándose por fin de su agarre con un fuerte tirón—. Y segundo... intuyo que usted me necesita mucho, si está dispuesto a perdonar una deuda de 5 millones de dólares. ¿Estoy en lo cierto?
El hombre tragó saliva.
Isabel se plantó frente a él, decidida.
—Firmaré, pero solo si cubre todos los gastos médicos de mi madre.
Carlos intentó protestar, pero el hombre levantó una mano, silenciándolo.
—Trato hecho. Ahora firma el maldito contrato.
El peso de la decisión la aplastaba. Con el corazón roto, Isabel tomó el bolígrafo, sus manos temblando. Cerró los ojos, respiró hondo, y firmó.
El sonido del bolígrafo sobre el papel resonó en su mente, como el eco de una sentencia. Ya no había marcha atrás.
Desde la noche de apertura de No Temptation, Antoine, y Jordan no habían tenido una noche tan ajetreada como esta. El lugar está abarrotado de gente, y una fila inmensa de personas esperan afuera para poder entrar, y degustar un platillo del chef Leblanc.Gracias a una excelente reseña de un crítico gastronómico, publicada en The Angeles Times hace tres semanas atrás, la buena fama del restaurante ha ido en ascenso día tras día.Cuatro meses han transcurrido desde que Antoine y Emily volvieron a estar juntos. Min-jun ha comenzado a trabajar en la cocina de No Temptation como ayudante de su cuñado, quien lo prepara para ser Chef Tournant. Con suerte, puede llegar a convertirse en uno muy bueno, en poco tiempo.La señora Soo-min acude todas las mañanas, de lunes a viernes, de ocho a once de la mañana. Es la consejera nutricionista de Vanity, quien diseña planes de alimentación para las personas interesadas en mejorar su estilo de vida. Mientras Antoine se encarga de ayudarlos a esculpi
Cuando por fin el auto se detiene frente a la casa de Antoine, Emily lanza una rápida mirada a la edificación, pero enseguida clava la mirada sobre el tablero del vehículo.—¿Vamos? —indaga Antoine, abriendo la puerta.—Yo no pienso entrar allí —masculla Emily.Él resopla con frustración, y cierra la puerta que acaba de abrir, de un portazo. Emily da un respingo.—¿Se puede saber porque no quieres entrar? —Antoine está a un milímetro de perder la paciencia.—Sé a la perfección qué es lo que estás tramando —ella gira su rostro y lo encara—. Sé cuál es tu estrategia.—¿Mi estrategia? —Él abre mucho sus ojos—. A ver, según tú, ¿Qué es lo que estoy tramando?—Quieres engatusarme de nuevo, seducirme, hacerme caer en tu trampa… Pero no. Esta vez no pienso ceder. Sea lo que sea que me tienes que decir, dímelo ahora. Ya me harté de todo esto. Te seguí el juego por evitar que hicieras el ridículo en Mimi’s…—¡Madre mía! —Exclama él, al borde de un colapso nervioso—. Nunca pensé que fueras tan
No puede dejar de dirigir la mirada a la entrada, cada vez que la puerta se abre y entra o sale alguien, pensando que puede ser ella.Y aunque sabe que aún no es la hora pautada, se siente muy ansioso. La manera en que juguetea con sus manos sudorosas lo deja en evidencia. Mira de nuevo la hora en la pantalla de su móvil. Faltan diez minutos para las dos de la tarde.Lo que Antoine no sé imagina es que desde afuera, a través del cristal de una ventana, lo observa un par de ojos marrones. Es la mujer que se adueñó de sus pensamientos y su voluntad. La misma que se debate entre la nostalgia, la rabia, el perdón y el desamor.Emily siente que el corazón se le puede salir del pecho en cualquier momento, y que un nudo en el estómago amenaza con hacerle devolver el almuerzo que su madre le obligó a comer antes de salir de casa.Se ve tentada a darse la media vuelta e irse, pero se detiene un minuto a pensarlo mejor. Su madre tiene razón, esa criatura inocente que crece dentro de ella, no tie
꧁ ANTOINE꧂Los ojos de Dante se fijan en los míos. Sé lo que quiere, pero no voy a ceder a sus encantos caninos. Me llevo el último bocado de filete a la boca, mientras él ladea la cabeza. Me limpio la comisura derecha de mis labios con una servilleta de tela, me levanto de mi silla, recojo mi plato y lo llevo al lavavajillas. Arreglo la cocina a la velocidad del rayo.Ya está por comenzar un nuevo episodio de Máster Chef Junior, y no pienso perdérmelo.Tomo asiento sobre el sofá de la sala y enciendo el televisor. Por fin, algo de descanso. He estado toda la tarde en el gimnasio, procurando mantener mi mente ocupada, y apenas llegué a casa, me puse a hacer la maleta. Quizás un par de semanas con mi hermana, en Canadá, me ayuden a ordenar mis pensamientos. Me percato que Dante no me ha quitado la mirada de encima ni un segundo.—¿Qué? —le pregunto, levantando una ceja—. ¿Acaso no tienes comida? —me pongo de pie en un brinco y me dirijo al área de servicio, para fijarme en el bol de co





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