Mundo ficciónIniciar sesiónTRES HISTORIAS EN UNA 1. Madre Sustituta, deuda saldada. Sinopsis: Isabel enfrenta un destino mortal: la deuda de su padre de cinco millones la obliga a elegir entre ir a la cárcel o ceder al contrato de Alejandro Castillo. Lo que comienza como una amenaza despiadada la arrastra a casarse con él y ser madre de su hijo. Entre la tensión, los secretos oscuros de Alejandro y la lucha de egos, surge una conexión inesperada, un tira y afloja de deseo y resistencia que amenaza con romper todos sus límites. 2. Encanto y lujuria. Sinopsis: Emily nunca imaginó que un día ordinario se transformaría en un instante que cambiaría su vida para siempre. Al cruzar miradas con Antoine, un hombre irresistible y seguro de sí mismo, se ve envuelta en un juego de seducción que despierta pasiones olvidadas. Él explora los límites del placer; ella descubre que el amor y la lujuria no se planifican: llegan, arrasan y dejan cicatrices imposibles de ignorar. 3. El precio de amarte. Sinopsis: Jasiri, una estrella del pop admirada por millones, esconde tras su éxito un corazón roto y una relación secreta que la consume. Todo cambia cuando conoce a Seo-jun, su nuevo asistente, el único capaz de verla más allá de la fama. Entre heridas, secretos y una conexión inesperada, ambos encontrarán refugio el uno en el otro… pero las fuerzas que intentan separarlos pondrán a prueba un amor tan intenso como peligroso. --------- Tres historias de emociones que arrasan con todo. En un mundo donde la atracción puede ser tan peligrosa como el secreto más oscuro, Isabel, Emily y Jasiri descubrirán que rendirse al corazón puede ser la aventura más arriesgada… y la más intensa de sus vidas.
Leer más—¡SUELTAME, IDIOTA! ¿QUÉ SE SUPONE QUE ESTÁS HACIENDO? —gritó Isabel, luchando con cada fibra de su ser, pero Carlos la mantenía atrapada, su agarre era un yugo de hierro. El dolor de su muñeca era un fuego abrasador que se intensificaba con cada intento de zafarse, pero él no cedía, ni un ápice.
Sus ojos, vacíos como un pozo sin fondo, no mostraban ni rastro de arrepentimiento. Carlos no la veía, no la sentía. Sólo veía una pieza más en un tablero de ajedrez que ya había perdido. Y el aliento de licor barato lo delataba.
Isabel luchaba por respirar, por mantener el pánico a raya, pero el aire se hacía cada vez más denso, asfixiante.
¿Qué estaba pasando?
¿Por qué su padrastro la trataba así?
Ella solo había ido a buscarlo, a sacarlo del casino antes de que empeñara la casa, y él la había arrastrado fuera, por una puerta trasera, como si fuera una cualquiera. El callejón estaba impregnado con el hedor nauseabundo de orines.
—¡Suéltame, Carlos! ¿Qué te pasa? ¿Por qué haces esto? —siguió forcejeando, su voz quebrándose, desesperada.
De repente, un rugido de motor rompió el aire, y una camioneta negra se detuvo abruptamente. Los faros cegaron su vista por un segundo, pero no fue la luz lo que la paralizó. Fue lo que vino después...
Un hombre alto, delgado, de unos treinta y tantos años, emergió del vehículo. Su traje negro parecía esculpido sobre su cuerpo, tan perfecto que no podía ser accidental. La oscuridad parecía abrazarlo, como si fuera una extensión de su propia sombra. Y esos malditos lentes oscuros… ¿Por qué los usaba a esa hora de la noche?
Isabel lo observó, un escalofrío recorriéndole la espalda. No, no era un hombre común. Su presencia era como un vórtice de tensión que la aplastaba, como si el aire a su alrededor fuera más denso, más peligroso.
El hombre se quitó los lentes. Sus ojos, fríos, calculadores, la miraban como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez, una presa a la que estudiar.
—¿Es ella? —preguntó en voz baja, grave, con un tono que no dejaba espacio a dudas. Su voz no tenía emociones, no trataba con una persona. Había hablado de un objeto.
Isabel, atónita, no entendía nada.
¿Qué quería de ella?
¿Quién demonios era ese tipo?
Carlos asintió, una sonrisa vacía curvando sus labios. No era una sonrisa, era una mueca. La satisfacción en su rostro era inquietante, como si estuviera a punto de disfrutar de algo macabro.
—Sí, es ella. No te vas a arrepentir. Es muy habilidosa.
—¡Suéltame, Carlos! —exigió Isabel, su voz rasgada por la rabia, mientras forcejeaba, pero él la mantenía firmemente sujeta, como un muñeco roto.
El hombre de la camioneta chasqueó los dedos. Un segundo después, otro hombre apareció del vehículo. Su caminar era preciso, casi mecánico, como si estuviera cumpliendo una misión que no podía fallar. Con calma, abrió un maletín.
Isabel sintió cómo su piel se helaba al ver la hoja que sacó de dentro. El aire a su alrededor se volvió más pesado, cada respiración más difícil.
El hombre de lentes oscuros la miró, sin inmutarse, mientras su voz rompía el aire:
—Fírmenlo —dijo, su tono cortante como un cuchillo. La frialdad de su voz no dejaba espacio para la negociación.
Isabel sintió como si las palabras fueran dagas clavándose en su mente, atravesándola.
—No creo en la palabra de un borracho ludópata —continuó, y sus palabras la golpearon con fuerza—. Así que quiero asegurarme de que cumplas lo que prometiste.
Isabel dio otro tirón, pero Carlos, como una roca, no la dejaba ir.
—¿Qué es todo esto? —susurró, las lágrimas empezando a asomar en sus ojos, su voz rota, casi inaudible.
El hombre sonrió, pero no era una sonrisa. Era una mueca cruel.
—Oh... así que tu "padre" no te dijo nada. Qué mal padre eres, Carlos —dijo, despectivo.
Carlos se acercó al oído de Isabel y, con una voz temblorosa de miedo, le susurró:
—Si no lo hacía, me iban a quebrar las piernas.
El estómago de Isabel dio un vuelco. ¿Qué estaba escuchando? ¿Cómo podía su vida haber llegado a esto?
—¿Qué hiciste, Carlos? —su voz estaba llena de incredulidad y horror.
Carlos la miró, apenado y con miedo. Con una expresión descompuesta, murmuró:
—Tu padre, a cambio de perdonarle los 5 millones de dólares que me debe, ha acordado darme a su hija como pago. Y yo, bueno... soy un hombre generoso que necesita los servicios de una mujer como tú.
Isabel sintió el suelo desmoronarse bajo sus pies. ¿Había escuchado bien? ¿Estaba diciendo que su vida, su futuro, valía lo mismo que una deuda de juego? ¿Qué clase de monstruo era su padrastro?
—¡No! ¡NO! ¡Claro que NO! —gritó, su voz estaba desgarrada por la furia. Cada intento por liberarse era inútil, pero no podía dejar que Carlos se saliera con la suya—. ¡SUÉLTAME! —vociferó, con el llanto brotando de sus ojos por la impotencia de no tener más fuerza que su padrastro.
Mientras forcejeaba, su mente no dejaba de pensar en un único escape: la universidad. «Yo tengo una vida. Tengo sueños. Me voy a la universidad. Puedo con esto. Aceptaré temporalmente, y cuando llegue el momento, me largaré y este maldito asunto se acabará. Podré huir de todo esto».
—Sueltame, Carlos. Sabes muy bien que no puedo. En unas semanas me iré a París, a la universidad —dijo ella, sin dejar de forcejear.
Un pensamiento fugaz, pero en su mente significaba todo. Si lograba escapar, si lograba irse... todo lo demás no importaría. La presión, el dolor, la humillación, quedaría atrás.
—Con respecto a eso... —dijo Carlos con frialdad—. Esta mañana llegó una carta a la casa. No fuiste admitida.
BOOM.
«¿Qué?». El golpe de esas palabras fue como una explosión en su mente, dejándola completamente paralizada. Sus pensamientos se congelaron en el aire, como si el tiempo hubiera dejado de moverse. No podía ser. No podía ser cierto. Su mundo se desmoronó de inmediato, todo lo que había creído y planeado se derrumbó a su alrededor. Había sido la mejor en su clase. Había trabajado hasta el agotamiento, superado todas las expectativas. No podía no haber sido admitida.
—Eso no puede ser cierto... —susurró con voz quebrada y los ojos inundados de incredulidad. ¿Cómo? ¿Por qué la habían rechazado? Si sus diseños eran los mejores entre todos los postulados, si había puesto su alma en ese trabajo, ¿por qué no la habían admitido? El dolor en su pecho se intensificó. Vio sus sueños romperse frente a sus ojos.
Carlos, al ver su reacción, sonrió cruelmente, disfrutando del sufrimiento de Isabel.
—Sí, es cierto. Y ahora no te queda otra opción. Firma el maldito documento.
Isabel, completamente desbordada, sintió cómo sus esperanzas se desvanecían...
Cinco millones de dólares. ¿Eso era lo que ella valía?
—Firma, Isabel —dijo el hombre de lentes oscuros—. Por lo visto, ya no tienes planes para dentro de unas semanas —el comentario fue totalmente burlón.
Entonces, algo en la mente de Isabel se rompió, y la determinación surgió de lo más profundo de su ser.
—Firmaré... pero con una condición.
—No estás en posición de hacer exigencias —respondió el hombre de traje, impasible. —Tu padre me debe 5 millones de dólares.
—En primer lugar, este imbécil no es mi padre —dijo, fulminando a Carlos con la mirada, liberándose por fin de su agarre con un fuerte tirón—. Y segundo... intuyo que usted me necesita mucho, si está dispuesto a perdonar una deuda de 5 millones de dólares. ¿Estoy en lo cierto?
El hombre tragó saliva.
Isabel se plantó frente a él, decidida.
—Firmaré, pero solo si cubre todos los gastos médicos de mi madre.
Carlos intentó protestar, pero el hombre levantó una mano, silenciándolo.
—Trato hecho. Ahora firma el maldito contrato.
El peso de la decisión la aplastaba. Con el corazón roto, Isabel tomó el bolígrafo, sus manos temblando. Cerró los ojos, respiró hondo, y firmó.
El sonido del bolígrafo sobre el papel resonó en su mente, como el eco de una sentencia. Ya no había marcha atrás.
Las risas de Bradley y sus amigos terminaron de derrumbar las murallas que mantenían mi llanto a raya.Dejé que mis lágrimas corrieran desbocadas por mi rostro.La doctora siguió leyendo la carta.—No quiero vivir en un mundo donde la gente se burla de mí, me desprecia y me mira de soslayo, creyendo que soy abominable, por culpa de este maldito acné en mi cuerpo. Aunque ellos creen que no me doy cuenta de la manera tan despectiva que me miran… ¡Si me doy cuenta! Soy fea y gorda. Antoine se dio cuenta de eso, y por eso se enamoró de alguien más y no quiero vivir en un mundo, donde la única persona que me ha hecho sentir amada, ya no esté conmigo.La doctora Jensen apartó sus ojos de aquella cruel nota y la dejó a un lado. Se puso de pie y se acercó a mí, para sentarse a mi lado y abrazarme, mientras me ahogaba con mi llanto.—Haga… que… se… callen —dije entre sollozos—. ¡Que se callen! —me llevé las manos a los oídos y me los tapé—. No se callan —chillé.Me derrumbé.Las palabras en e
Enero de 2002No sé cuánto tiempo llevaba sentada allí, viendo por la ventana. Tenía casi dos meses ingresada en una clínica psiquiátrica. Pasé navidad y año nuevo rodeada de médicos. Mi papá tuvo que decirle a mi madre que iríamos a pasar las fechas en casa de un amigo suyo, que vivía en Hawái para que ella no sospechara nada. Sabía que mi madre estaba esperando un mínimo desliz para quitarle mi custodia y él no quería eso.Por otro lado, Valerie logró gestionar un permiso especial para ausentarme de clases sin perjudicar mi rendimiento académico. Gracias al cielo siempre fui una de las más sobresalientes de la clase, así que todos los profesores me apreciaban y se mostraron muy dispuestos a posponer mis evaluaciones para cuando me reintegrara.Una semana más y estaría fuera de allí. Al menos eso esperaba.Accedí a ingresar de manera voluntaria luego de que mi padre me lo pidiera. Mi papá y mi madrastra me dijeron que en ese lugar me prestarían la ayuda necesaria para superar mi dep
—¿Pero qué mierda significa eso?—Señor, debe entender que en estos casos, las políticas del hospital lo exigen. Su hija debe quedarse en observación por cuarenta y ocho horas.—Sí, sí, sí. Ya sé de esas políticas, pero fue un accidente. Mi hija no intentó suicidarse. Ella es una niña feliz.—Lo lamento, señor, pero sufrió una intoxicación a causa de psicotrópicos. Debemos mantenerla bajo observación hasta que ella logre mantenerse despierta por más de seis horas continuas. Estuvo muy cerca de no lograrlo. La dosis que consumió fue muy alta.Me costó mucho abrir los ojos. Aún estaba sobre una camilla de hospital y pude oír la voz de mi padre. Discutía con alguien. Traté de moverme, pero no puede, solo sabía que tenía mucha sed.—Agua —balbuceé—. Quiero agua, por favor.No vi a nadie cerca e intenté moverme de nuevo, pero fue en vano. Mi cuerpo se negó a responder.De repente sentí una mano en el pecho.—Shhh. Calma, cielo —era una mujer de tez oscura, delgada y de rostro angelical.—A
Finales del 2001Abrí mis ojos con dificultad. Mis parpados me pesaban mucho. Me costaba mucho respirar y sentía muchas ganas de dormir. Caí en cuenta de lo que había hecho.¡Por Dios! No quería morir.Me moví con torpeza sobre mi cama y me incorporé, haciendo un gran esfuerzo para hacerlo. Estiré mi mano para agarrar el papel donde escribí un montón de estupideces. Lo arrugué y lo lancé a un lado. Me puse de pie y el mundo comenzó a desvanecerse ante mis ojos. Sentí que una lágrima rodaba por mi mejilla.—No quiero morirme —mi voz sonó como un susurro muy lejano.Arrastré mis pasos hasta la puerta y la abrí con las pocas fuerzas que me quedaban. Abrí mi boca para pedir ayuda, para llamar a mi padre, pero mis cuerdas vocales se negaron a emitir ningún sonido.Me estaba muriendo. Podía sentirlo.Apoyé mis manos en la pared del corredor que conectaba mi cuarto con la sala, donde era seguro que hubiese alguien. Ese pasillo medía casi tres metros de largo Sin embargo, en eso momento me pa
Último capítulo