Mundo ficciónIniciar sesiónDominic Blackwood es el rostro del miedo. En su mundo, el silencio es supervivencia y su palabra es la última ley. Nadie se atreve a respirar fuerte en su presencia, hasta que ella entra en escena sin pedir permiso. Chloe Donovan tiene una lengua de plata y un instinto de supervivencia nulo. Ella no teme a la oscuridad de Dominic; la desafía, la insulta y la desmantela frente a sus propios hombres. Él es el poder absoluto; ella es la única variable que no puede controlar. Dominic está convencido de que solo quiere someterla. Chloe está segura de que no se dejará domar. Pero en un juego de obsesión donde el deseo se confunde con el odio, Dominic descubrirá que ella no es solo un capricho. Ella es su factura pendiente. El hombre más sanguinario del país está a punto de aprender que, por más alto que sea el trono, siempre hay alguien capaz de hacerte caer de rodilla
Leer másChloe Donovan
Dicen que el instinto de supervivencia es lo que nos mantiene vivos, pero creo que el mío nació defectuoso o, simplemente, decidió tomarse unas vacaciones permanentes. Mi abuela solía decir que mi lengua era un arma cargada y que algún día me dispararía a mí misma.
Bueno, ese día fue hoy.
Caminé por el pasillo del club L’Eclisse ignorando los latidos de mi corazón, que golpeaban mis costillas como un animal enjaulado. Mi coche —el único bien material que realmente amaba, un viejo Mustang del 67 heredado de mi padre— estaba en la acera con las ruedas pinchadas por los matones de un tipo que se creía el dueño del asfalto. No me importaba que este lugar pareciera el centro de operaciones de una sociedad secreta; me importaba que iba a llegar tarde a la entrevista que pagaría mi alquiler.
—Señorita, no puede entrar ahí —me soltó un armario empotrado con traje negro, bloqueando la puerta de doble hoja.
—A un lado, Rambo. Tengo una cita con el dueño del circo y ya voy diez minutos tarde por su culpa —le solté, dándole un pisotón seco con mi tacón de aguja sobre su zapato de charol.
El hombre soltó un gruñido de sorpresa y, antes de que pudiera procesar que una mujer de un metro sesenta y cinco lo había atacado, yo ya había empujado las puertas de roble.
El aire dentro de la oficina era distinto. Olía a caro, a peligro y a algo que no pude identificar de inmediato: poder absoluto. Un tipo estaba de rodillas en el suelo, sollozando de una manera patética, y detrás del escritorio de mármol negro... estaba él.
Dominic Blackwood.
Lo había visto en las noticias. "El rey del acero", lo llamaban los medios legales. "El carnicero de la ciudad", susurraban en los callejones. Tenía una mandíbula tan afilada que podría cortar cristal y unos ojos tan oscuros que daban la sensación de estar mirando hacia un abismo sin fondo. Era guapo, de esa manera cruel en la que son guapos los huracanes justo antes de destruir tu casa.
—¡Tú! —grité, señalándolo con el dedo, ignorando a los otros tres hombres armados que se tensaron al instante.
Dominic no se inmuitó. Sus ojos se clavaron en los míos y, por un segundo, sentí una presión en el pecho, como si la gravedad hubiera decidido ensañarse conmigo. Su mirada era pesada, gélida, desprovista de cualquier rastro de calidez humana.
—¿Perdona? —Su voz fue un susurro bajo, una advertencia que cualquier persona cuerda habría interpretado como un "corre por tu vida".
Pero mi cordura siempre ha sido cuestionable.
—No me pidas perdón, pídeme una explicación de por qué tus simios con traje pincharon las ruedas de mi coche porque "estaba estorbando el paso de su majestad" —solté, caminando hacia su escritorio. Apoyé las manos sobre la superficie pulida, invadiendo su espacio—. Tengo una entrevista de trabajo en quince minutos y ahora tengo que ir en metro por culpa de tu complejo de inferioridad. ¿Qué pasa, Blackwood? ¿Necesitas que todo el mundo se quite de tu camino para sentirte un hombre de verdad?
Escuché el sonido metálico de varios seguros de armas siendo desactivados a mis espaldas. Un escalofrío me recorrió la nuca, pero me negué a pestañear.
Dominic se levantó lentamente. Dios, era una montaña de músculos envuelta en un traje de tres piezas. Su sombra me cubrió por completo, y por un instante, el olor a su perfume —sándalo, tabaco y un toque metálico— me mareó. Se inclinó sobre el escritorio, quedando a escasos centímetros de mi rostro.
—¿Tienes idea de con quién estás hablando, mujer? —preguntó. No parecía enfadado, lo cual era mil veces peor. Parecía curioso, como si fuera un depredador examinando a una presa que, en lugar de huir, le había dado un mordisco.
—Hablo con un hombre que gasta demasiado en gomina y muy poco en educación vial —le respondí, sosteniéndole la mirada cafeina contra sus ojos de obsidiana—. Mueve tus coches, Blackwood. O juro que la próxima vez no entraré a quejarme, entraré con un martillo y veremos qué tal se ve tu precioso Rolls-Royce con un diseño de cráteres.
Por un segundo, vi un destello de algo parecido a una sonrisa en la comisura de sus labios, pero desapareció tan rápido que pensé que lo había imaginado. Él estiró la mano y yo me tensé, esperando que me echara la mano al cuello. En su lugar, rozó un mechón de mi cabello castaño que se había soltado de mi coleta. El contacto fue breve, pero quemó como el hielo.
—Vete —ordenó, volviendo a sentarse con una elegancia letal—. Antes de que cambie de opinión y decida que tu lengua se vería mejor en un frasco sobre mi estantería.
—Pagarás los neumáticos, Blackwood —le grité mientras me daba la vuelta, sintiendo que la adrenalina empezaba a ser reemplazada por un temblor en las manos—. ¡Y cómprate un humidificador! ¡Tu ego me está dejando la piel seca!
Salí del club con el corazón martilleando contra mis dientes. No conseguí el dinero para el taller
Dominic BlackwoodLa mansión, que antes era un hervidero de conflictos, dramas familiares y ruidos constantes, ahora se sentía como un templo dedicado a nuestra propia versión del caos. Pero hoy, ese silencio que tanto me había costado apreciar se sentía como una trampa. Tenía que asistir a la gala de la Fundación Alistair, lo que en el lenguaje de los bajos fondos de Londres significaba una reunión de buitres con esmoquin.Ajusté los gemelos de plata frente al espejo, observando mi reflejo con una mezcla de tedio y desprecio. El clan Blackwood estaba, por primera vez, disperso.Spencer, mi mano derecha y el hombre que normalmente disfrutaría de este tipo de eventos solo por el champagne, me había dado un "no" rotundo por teléfono. Casey había comenzado con sus primeros antojos —al parecer, el heredero de Spencer tenía una fascinación nocturna por los pepinillos con helado de vainilla— y mi hermano se negaba a dejarla sola ni un segundo. Por otro lado, Mia estaba experimentando su pro
ADVERTENCIA: Este capítulo contiene descripciones detalladas de contenido sexual explícito, lenguaje adulto y situaciones de alta intensidad erótica.Dominic BlackwoodEl silencio de la mansión ya no era un peso, sino una oportunidad. Con Liam, Mia, Spencer y Casey fuera de estos muros, el aire se sentía distinto. Las reglas de decoro, los protocolos de seguridad interna y la necesidad de mantener las distancias se habían esfumado con los camiones de mudanza. Ahora, este mausoleo de mármol nos pertenecía solo a nosotros.—Ven conmigo, Ross —susurré contra su oído, tomando su mano con una firmeza que no admitía réplicas.La guié por el ala oeste, hacia una zona que siempre había permanecido cerrada: mi estudio privado de la planta superior, una habitación que ni siquiera el servicio se atrevía a limpiar sin mi presencia. Al abrir las puertas dobles, el olor a cuero viejo, whisky caro y sándalo nos envolvió. La habitación estaba iluminada solo por el resplandor de la ciudad a través de
Chloe DonovanEl cumpleaños número veintitrés de Mia no fue solo una celebración de su vida, fue el cierre de un capítulo oscuro que casi nos destruye a todos. Verla salir de la clínica St. Jude, con esa piel que finalmente había recuperado su brillo y esa mirada de acero que solo una Blackwood posee, fue el mejor regalo para los Donovan. Pero lo que más me impactó fue verla con mi hermano.Liam la miraba como si fuera el centro de su universo personal. Él, que siempre había sido un bloque de granito y violencia, se volvía seda ante ella. La tensión del "embargo" parecía haberse disuelto en una complicidad nueva, más madura. Mia estaba feliz, radiante, y por un momento, entre copas de champagne y risas en el jardín de la mansión, sentí que la guerra con los Rose estaba a un millón de kilómetros de distancia.Sin embargo, la verdadera bomba estalló a la mañana siguiente.—Nos mudamos —soltó Mia durante el desayuno, con una naturalidad que casi hace que Spencer se atragante con su tosta
Chloe DonovanMe desperté sintiéndome eléctrica. Ya no había rastro de la pesadez de las hormonas, ni del mareo de la sedación. Era como si mi cuerpo, finalmente libre de químicos y de la presión de la extracción, hubiera decidido despertar todos sus receptores sensoriales al mismo tiempo.Dominic estaba a mi lado, todavía dormido, con el torso desnudo y esa expresión de calma que solo mostraba en la penumbra. Me quedé observando las cicatrices de su espalda, la fuerza de sus hombros y esa mandíbula que tantas veces se había tensado para no sucumbir a mis provocaciones. Recordé sus "duchas frías", su "noche de no-sexo" y su paciencia infinita de las últimas semanas.Se acabó el tiempo de la paciencia.Me deslicé sobre él con la agilidad de un gato, sentando mi peso sobre sus caderas. Dominic abrió los ojos de golpe, sus pupilas dilatándose al instante al verme allí, vestida solo con una fina bata de seda que no ocultaba nada.—Chloe... —su voz era un rugido bajo, ronco por el sueño—.
Dominic BlackwoodEl amanecer en la terraza nos encontró con los cuerpos entrelazados y el orgullo un poco magullado por la tortura que nos autoimpusimos la noche anterior. Pero la frivolidad de nuestros juegos de poder se evaporó en el instante en que el sol golpeó los cristales. Hoy no era un día para medir quién tenía más autocontrol; hoy era el final del camino. El día de la extracción.El trayecto a la clínica fue radicalmente distinto a los anteriores. No hubo bromas ácidas, ni ironías punzantes sobre Liam o mis "duchas frías". Chloe estaba inusualmente callada, con la mirada perdida en el paisaje urbano de Londres, y su mano, pequeña pero firme, buscaba la mía de forma constante sobre el asiento de cuero del coche.Sentí su miedo. No era el miedo a la aguja o al procedimiento médico en sí; era el miedo a la finalidad. El miedo a que, después de semanas de hormonas, llantos y cambios de humor, el resultado no fuera suficiente para comprar el futuro que ella, en silencio, empezab
Dominic BlackwoodEl comentario de Chloe sobre mis duchas frías se me había quedado grabado como una marca al rojo vivo. Me había llamado "enfermero", me había llamado "caballero impecable" y, básicamente, había sugerido que yo estaba sufriendo la misma sequía que su hermano Liam, solo que sin el anuncio oficial de un embargo.Mi orgullo Blackwood, ese que es capaz de sostener la mirada a un cañón de escopeta sin pestañear, se sintió picado. No iba a dejar que pensara que yo era un simple aprendiz de la paciencia. Si ella quería una tregua de abstinencia, yo le daría la versión más sofisticada, elegante y agónica de la misma.Esa noche, decidí organizar lo que yo llamé internamente una "noche de no-sexo". Si no podíamos cruzar la línea debido a su tratamiento y a nuestra frágil reconstrucción, al menos le demostraría que puedo manejar la tensión mejor que cualquier Donovan en la historia.Convertí mi terraza privada en un santuario de sensualidad contenida. No hubo lirios —aprendí la
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