Mundo ficciónIniciar sesiónDominic Blackwood es el rostro del miedo. En su mundo, el silencio es supervivencia y su palabra es la última ley. Nadie se atreve a respirar fuerte en su presencia, hasta que ella entra en escena sin pedir permiso. Chloe Donovan tiene una lengua de plata y un instinto de supervivencia nulo. Ella no teme a la oscuridad de Dominic; la desafía, la insulta y la desmantela frente a sus propios hombres. Él es el poder absoluto; ella es la única variable que no puede controlar. Dominic está convencido de que solo quiere someterla. Chloe está segura de que no se dejará domar. Pero en un juego de obsesión donde el deseo se confunde con el odio, Dominic descubrirá que ella no es solo un capricho. Ella es su factura pendiente. El hombre más sanguinario del país está a punto de aprender que, por más alto que sea el trono, siempre hay alguien capaz de hacerte caer de rodilla
Leer másDominic BlackwoodSi pensaba que dirigir un imperio criminal y logístico en los muelles de Londres era estresante, es porque no conocía lo que significa estar casado con una Chloe Donovan embarazada de tres meses. La boda fue, en palabras de Spencer, "el evento del siglo", pero para mí fue el inicio de una nueva era de servidumbre voluntaria.Chloe ha pasado de ser una artista independiente y serena a ser una fuerza de la naturaleza que se despierta a las tres de la mañana exigiendo pepinillos con chocolate fundido. Y yo, el hombre que hace temblar a sus rivales, me encuentro recorriendo las gasolineras de la ciudad en pijama porque "el chocolate de la despensa no tiene la textura correcta".Hoy era la cita de control de los tres meses. Chloe estaba radiante, aunque un poco irritable porque el olor del cuero de mi coche nuevo le producía, según ella, "ganas de cometer un crimen".—Dominic, deja de tamborilear los dedos en el volante. Me pones nerviosa —me espetó mientras caminábamos po
Dominic BlackwoodHabía pasado un mes y medio desde que puse ese anillo en el dedo de Chloe, y mi vida se había convertido en un torbellino de decisiones que nunca pensé tomar. Muestras de lino para los manteles, catas de menús que siempre terminaban conmigo pidiendo un filete simple, y Spencer enviándome correos electrónicos con el asunto "Logística de la Boda Real".Pero hoy, el ruido del mundo se había detenido.Estábamos en el despacho de la mansión. Chloe me había pedido que subiera porque tenía algo para mí. Estaba de pie junto a la ventana, con la luz de la tarde bañando su silueta, y frente a ella, apoyado en un caballete y cubierto por una tela de terciopelo azul, estaba un lienzo.—¿Te acuerdas de esto? —preguntó ella, con una sonrisa que escondía algo más que nostalgia.—¿Cómo olvidarlo? —me acerqué, colocándome detrás de ella y rodeando su cintura con mis brazos—. Fue mi excusa favorita. "Señorita Donovan, necesito que pinte mi retrato". Una mentira descarada para tenerte
Chloe DonovanLa mansión Blackwood todavía olía ligeramente a las tostadas carbonizadas de Dominic, pero el ambiente ya no era de desastre, sino de una calidez vibrante. Spencer y Casey habían llegado hace una hora con la pequeña Izzi, quien ahora gateaba a toda velocidad por la alfombra del salón persiguiendo a Gárgola. El perro, por su parte, parecía haber encontrado a su alma gemela en la bebé; ambos eran igual de caóticos y ruidosos.—Dominic, en serio, el detector de humo de la entrada principal me envió una alerta al móvil —decía Spencer, desparramado en el sofá con una copa de vino en la mano—. Pensé que los Rose habían vuelto para un segundo asalto, pero veo que el único enemigo fue una rebanada de pan integral.—Cállate, Spencer. Estaba probando la resistencia térmica de la cocina —respondió Dominic con su habitual tono gélido, aunque no podía ocultar la chispa de felicidad en sus ojos mientras me rodeaba los hombros con el brazo.—Bueno, antes de que sigan peleando por la ef
Chloe DonovanMe desperté con esa sensación de pesadez deliciosa que solo queda después de una noche de entrega absoluta. La luz del sol se filtraba tímidamente por las cortinas de terciopelo de la mansión, iluminando el anillo de compromiso en mi mano derecha. Sonreí como una tonta, estirándome entre las sábanas de seda que aún conservaban el aroma de Dominic.Sin embargo, algo faltaba. El lado de la cama de la Gárgola estaba frío y vacío.De repente, un olor extraño empezó a filtrarse por debajo de la puerta. No era el aroma a café recién hecho que solían preparar los empleados. Era algo más... industrial. Algo que olía a desesperación y a tostadora en llamas.—¿Dominic? —llamé, pero no hubo respuesta.Me puse su camisa de seda negra, que me quedaba como un vestido corto, y salí de la habitación. A medida que bajaba las escaleras, el olor a quemado se intensificaba, acompañado por el sonido de una alarma de humo que alguien —probablemente un hombre con muy poca paciencia— intentaba





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