꧁ ALEJANDRO꧂
El comedor parecía un quirófano: limpio, frío, exacto. Las lámparas colgantes derramaban una luz blanca sobre la mesa de mármol negro, y el reloj antiguo de pared marcaba los segundos como un juez impaciente. Coloqué la servilleta sobre mis rodillas y esperé. El filete soltaba hebras de vapor perfectamente inútiles. El vino, decantado hace veinticinco minutos, ya había alcanzado la temperatura ideal. Isabel, en cambio, no había alcanzado nada: ni la escalera, ni mi paciencia.
Apreté