Madrid lo recibió al anochecer. No con luces ni con la solemnidad habitual de una capital que solía rendirse ante su apellido, sino con un cielo plomizo, bajo, como una losa suspendida sobre la ciudad. El coche se detuvo frente al edificio de Castle Buildings mientras los últimos reflejos del día se apagaban en los cristales de la fachada.
Alejandro bajó de inmediato.
El frío le golpeó el rostro y, por un segundo, le dio la sensación absurda de que necesitaba ese impacto para mantenerse en pie.