Isabel estaba sentada junto al ventanal que daba al jardín posterior de la casa. Afuera, el verano comenzaba a ceder lentamente, como si se resistiera a irse del todo. El césped aún conservaba un verde intenso, pero ya no era vibrante; tenía ese tono apagado que anuncia el cambio de estación. Las hojas de algunos árboles empezaban a tornarse doradas, desprendiéndose con suavidad y dejándose arrastrar por el viento salino que llegaba desde el Atlántico. El aire era fresco, pero no frío. Todo era