Nada de cloro áspero ni café barato: la sala estaba impregnada del perfume sutil de eucalipto y vainilla, un lujo silencioso que hablaba más de dinero que de medicina. El aire acondicionado zumbaba con una constancia que le raspaba los nervios a Isabel. Tenía las manos frías y una banda elástica marcándole la muñeca. El reloj digital de la pared avanzaba a golpes secos; cada minuto parecía un gramo más de peso sobre su pecho.
Alejandro se había sentado a su lado con el aplomo de quien espera un