Mundo ficciónIniciar sesiónAriadna “Addy” Vega siempre fue la esposa silenciosa y simple, conocida en la alta sociedad como la "florero" del inalcanzable CEO, Ethan Thorne. Su matrimonio, frío y arreglado, la había condenado a la etiqueta de mujer humilde y sin voz, una vida definida por el apellido de su esposo. Todo cambia la noche en que Ethan sufre un accidente. Él queda en un coma profundo, conectado a un respirador, y Ariadna se enfrenta a su propia muerte social. El clímax llega en el hospital: El ambicioso hermano de Ethan, junto a la descarada amante, se presenta para ejecutar una jugada legal. La confrontan con un contrato de divorcio póstumo y le exigen abandonar la mansión y el imperio Thorne en 24 horas, etiquetándola como una "carga inútil". Pero la esposa florero no derrama ni una lágrima. Con una serenidad gélida, Ariadna desliza un documento diferente sobre la mesa: un antiguo poder notarial y una escritura que la nombra propietaria mayoritaria de un holding clave de la corporación. No solo no se irá, sino que ahora ella decide el destino de Ethan y, más importante, el de su vasto imperio. “Ustedes me definieron. Ahora, yo decido quién soy”, sentencia.
Leer másEl aroma metálico y estéril de la Unidad de Cuidados Intensivos era la única constante que Ariadna Vega conocía desde hacía una semana, fuera, el mundo creía que la elegante mansión Thorne estaba sumida en el luto, pero dentro, Ariadna sentía solo el frío helado de una vida suspendida, observó las líneas verdes y erráticas del monitor de pulso junto a Ethan Thorne, su esposo, el hombre que, hasta hace ocho días, había sido la fuerza silenciosa y distante que definía cada aspecto de su existencia, ahora era solo un cuerpo inerte, un rumor en la alta sociedad.
Ariadna, vestida con un sencillo traje de lana gris que hacía juego con la palidez de su rostro, encajaba perfectamente en la etiqueta de "esposa humilde y afligida", nadie, ni siquiera la enfermera de turno que le ofrecía tazas de café aguado, sospechaba que la mujer de apariencia frágil había dormido menos de cuatro horas al día, no por pena, sino por la planificación exhaustiva de su próximo movimiento.
El matrimonio había sido un pacto de conveniencia: él necesitaba una esposa reservada para consolidar un negocio familiar, ella necesitaba un refugio seguro de una situación personal urgente, un precio que pagó con su anonimato. Durante tres años, ella se había dedicado a ser la imagen perfecta de la esposa de CEO: discreta, hermosa, y completamente invisible, se había ganado la etiqueta de "florero" de la ciudad y era una etiqueta que pronto iba a romper en mil pedazos.
La puerta de la UCI se abrió de golpe, destruyendo la tensa paz.
Entraron dos personas que Ariadna había estado esperando.
El primero era Marcus Thorne, el hermano menor de Ethan, llevaba un traje de diseñador, pero sus ojos brillaban con una codicia apenas disimulada, detrás de él, con un vestido demasiado corto y una sonrisa demasiado grande para un hospital, estaba Giselle Moreau, la supuesta amante de Ethan, según los chismes de la prensa.
Ariadna se levantó lentamente, sus manos cruzadas frente a su cuerpo, adoptando la postura de la esposa doliente, era una máscara que se había perfeccionado con el tiempo.
"Ariadna," comenzó Marcus, su voz untuosa "Lamento interrumpir, pero hay... asuntos urgentes." Hizo un gesto hacia Giselle, que se inclinó sobre el sillón con un aire de superioridad.
"Sí, asuntos urgentes," graznó Giselle "El consejo de administración no puede esperar por el drama, tienen que tomar decisiones sobre el futuro de Thorne Corp."
Ariadna asintió con una calma que los irritó visiblemente "Comprendo ¿Podrían esperar afuera, por favor? Me gustaría terminar de despedirme de mi esposo."
Marcus soltó una risa seca "No tienes tiempo para eso, Ariadna, de hecho, no tienes derecho a estar aquí."
Y ahí estaba.
Marcus sacó una carpeta de cuero y la arrojó sobre la mesita junto a la cama de Ethan "Ethan había comenzado los trámites de divorcio antes del accidente, esto es una orden judicial para que desalojes la residencia Thorne en veinticuatro horas y un documento que te desvincula de cualquier activo de Thorne Corp."
El silencio en la habitación se hizo tan pesado que casi se podía oír el respirador de Ethan.
Giselle se acercó a Ariadna, disfrutando del momento "Te lo advierto, 'florero', las cosas han cambiado, Ethan iba a deshacerse de ti de todos modos, acéptalo."
Marcus añadió con tono paternalista: "Te daremos un modesto fondo fiduciario, pero a partir de ahora, yo, como hermano y único pariente con derechos sobre el control ejecutivo, tomaré las decisiones sobre la corporación y, por supuesto, sobre el… tratamiento de Ethan." Su mirada se dirigió a la máquina que mantenía a su hermano con vida, era una amenaza directa: si Ariadna no se iba, él desconectaría a Ethan.
La presión era absoluta, el tiempo de Ariadna se acababa.
Pero bajo la máscara de la esposa humilde, la mente de Ariadna no estaba rota; estaba haciendo cálculos a una velocidad supersónica, había previsto el movimiento de Marcus, pero no tan rápido, se trataba de un ataque en dos frentes: la difamación social (el divorcio) y la coacción financiera (el control de la empresa y la vida de Ethan).
Ariadna ignoró por completo a Giselle y fijó sus ojos en Marcus.
"¿Divorcio, dice?" Su voz era suave, casi un murmullo, pero poseía una nitidez que Marcus no recordaba. "Ya veo, gracias por la información, Marcus, pero temo que ha traído la carpeta equivocada."
Tomó una respiración profunda y, con un movimiento que sorprendió a ambos, sacó su propio archivo de un discreto bolso de mano, el archivo no era de cuero, sino un simple sobre manila desgastado, lo abrió con calma.
"Verá, durante mi tiempo como 'esposa florero', me dediqué a algo más que seleccionar mantelería."
La primera señal de que Ariadna no era la mujer que creían llegó con el nombre que pronunció, un nombre que solo los círculos financieros más altos conocían.
"¿Sabe, Marcus, quién es el dueño del 'Fondo Fénix'?" preguntó Ariadna, sin esperar respuesta.
Marcus parpadeó, confundido, el Fondo Fénix era un fondo de inversión que, silenciosamente, había comprado acciones de Thorne Corp. en los últimos meses, llegando a tener una participación significativa. "Es... un grupo inversor anónimo, nadie sabe quién lo dirige."
Ariadna sonrió, una leve elevación en la comisura de sus labios que heló la sangre de Marcus, era una sonrisa que no era de alegría, sino de cálculo.
"Se equivoca," corrigió Ariadna. "Lo sé perfectamente, soy yo."
Giselle soltó una carcajada estridente, pero Marcus se quedó rígido, era una burla cruel... ¿o no?
Ariadna deslizó la primera página del sobre manila: un contrato de compra de acciones con fecha de hace dos años, firmado con el seudónimo 'Oráculo Anónimo' y un poder notarial vinculando ese seudónimo a su nombre, Ariadna Vega, las cifras eran astronómicas, el Fondo Fénix, que ella controlaba, poseía justo el 15.1% de Thorne Corp., lo que, combinado con las acciones personales de Ethan, la convertía automáticamente en la accionista mayoritaria no ejecutiva de la compañía.
Su voz, ahora firme y con una autoridad recién adquirida, cortó la atmósfera.
"Ethan me dio este poder notarial hace un año, no me desvincula, de hecho, me otorga la capacidad de votar en su nombre en caso de su 'indisponibilidad a largo plazo'." Miró directamente al rostro pálido de Marcus.
"Esto significa," continuó, señalando los documentos de Marcus con un dedo largo y delgado, "que su orden de desalojo es irrelevante, ya que soy la mayor propietaria, y su intento de controlar el tratamiento de Ethan es nulo, yo decido si él vive o muere, y yo decido quién dirige su imperio."
El silencio regresó, pero esta vez, era el silencio de la derrota, Giselle estaba boquiabierta, Marcus estaba lívido, la mujer que creían tonta y simple había resultado ser la guardiana del castillo, con las llaves y el código de seguridad.
Ariadna recogió su sobre manila con calma. "Ahora, como accionista mayoritaria, mi primera decisión ejecutiva es la siguiente: Ustedes dos, fuera, tienen cinco minutos para abandonar esta UCI, o llamaré a seguridad y a mi equipo legal para iniciar una auditoría inmediata sobre su actividad financiera, Marcus ¿Prefiere que el consejo sepa que su hermano menor ha estado jugando con los activos de la empresa, o prefiere irse tranquilamente?"
Marcus gruñó, la codicia le había hecho subestimar por completo a Ariadna, la burla en sus ojos se había convertido en un odio furioso, pero la amenaza de la auditoría era real.
"Esto no se quedará así, Ariadna," siseó Marcus, recogiendo su carpeta con manos temblorosas. "Volveremos a vernos en la junta directiva."
Ariadna ni siquiera lo miró cuando se retiró con Giselle, cuya cara era una mezcla de envidia y pánico.
Cuando la puerta se cerró, Ariadna permitió que la máscara se relajara ligeramente, su corazón latía fuerte en su pecho, un recordatorio de que esta nueva y feroz Ariadna todavía estaba aprendiendo a respirar.
Se acercó a Ethan, puso su mano sobre la de él, sintiendo el calor inútil de su piel.
"Te subestimaron," susurró. "Y yo te subestimé a ti, te definiste como un esposo frío, pero me diste el poder de luchar por ti."
Su mirada se endureció de nuevo, volviendo a la frialdad estratégica.
"Ahora, yo decido quién soy," se prometió a sí misma, mirando las luces de la ciudad a través de la ventana "Y soy la única mujer que va a salvar esta corporación y descubrir quién te hizo esto."
Había pasado un año desde que las últimas cenizas de los servidores de Thorne Corp se enfriaron en los sótanos de Ginebra, un año desde que el mundo dejó de ser un mapa de datos predictivos para volver a ser un lugar de incertidumbre, de libre albedrío y, sobre todo, de ruidos orgánicos.El Instituto Lila ya no era noticia en las portadas de los diarios financieros, se había convertido en algo mucho más valioso: una constante silenciosa. Sus leyes de protección de datos biológicos habían sido adoptadas por setenta naciones, y el "Protocolo Prometeo" de Ethan era ahora el estándar de oro para una internet descentralizada y ciega a la vigilancia.Pero para Ariadna, la verdadera historia no se escribía en los boletines oficiales, sino en el jardín trasero de su hogar, donde el sol de mediodía bañaba los macizos de flores con una luz que no necesitaba ser filtrada por ninguna interfaz.Ariadna estaba sentada en un banco de piedra, con una taza de café entre las manos, ya no vestía el gris
La mañana en las afueras de Ginebra no se anunciaba con el zumbido de los drones de vigilancia ni con el parpadeo de las notificaciones holográficas, se anunciaba con el canto persistente de un mirlo y el suave crujido de las hojas secas de los robles que rodeaban la residencia principal del Instituto Lila. Para Ariadna, este silencio no era un vacío, sino un lienzo.Frente al espejo del vestíbulo, Lila se ajustaba las correas de una pequeña mochila azul, no era un equipo de soporte vital, ni llevaba baterías para sensores neuronales. Dentro había un cuaderno de papel rugoso, una caja de lápices de colores y una manzana roja, la misma que en el capítulo anterior había marcado su regreso a la voluntad biológica.Ariadna observaba a su hija en silencio, conteniendo el aliento, ver a Lila luchar con la cremallera de su mochila era, en muchos sentidos, una prueba de resistencia mayor que cualquier infiltración en la Maladeta. Sus dedos, que una vez procesaron trillones de terabytes por seg
El aire en el subnivel 5 del Instituto Lila era denso, cargado con el olor metálico del ozono y el zumbido eléctrico de una era que se negaba a morir. Allí, protegida por muros de hormigón reforzado y una jaula de Faraday de última generación, descansaba la Caja Negra de Thorne Corp, eran los últimos tres bastidores de servidores que contenían el núcleo heurístico del Ojo de Dios, la "conciencia" algorítmica que Julian Vane había destilado de los sueños de Lila y de la privacidad del mundo.Ariadna caminaba entre las hileras de cables de fibra óptica, sus pasos resonando en el suelo de rejilla metálica, a su lado, Ethan sostenía una tableta de diagnóstico, aunque su rostro reflejaba que ya no había nada que diagnosticar.—Están en modo de hibernación profunda —dijo Ethan, su voz apagada por el sistema de ventilación—. Pero siguen vivos, Ariadna, mientras estos discos giren, la posibilidad de que alguien, en algún lugar del futuro, encuentre la forma de descifrar el algoritmo de Julian
El Palacio de Justicia de La Haya se alzaba como un bloque de granito y cristal, un símbolo de la voluntad humana de imponer orden sobre el caos. Tras el colapso de Thorne Corp y el fin del Ojo de Dios, el edificio se había convertido en el epicentro de la purga legal más grande del siglo, pero hoy, el juicio no era contra un sistema, sino contra un hombre.Marcus Thorne caminaba hacia el centro de la sala, no vestía los trajes a medida que definían su silueta en las portadas de Forbes, sino el mono naranja de las detenciones internacionales de alta seguridad, sus manos estaban esposadas al frente, y aunque sus hombros permanecían erguidos, su mirada ya no buscaba dominar el mundo. Buscaba, entre la multitud de periodistas y observadores, un solo rostro.Ariadna estaba sentada en la primera fila, a su lado, Ethan mantenía una expresión neutra, mientras que Mudo vigilaba las salidas con su habitual discreción. Ariadna no sentía odio, pero tampoco la calidez de lo que una vez fue su mat
El otoño había comenzado a teñir los bosques que rodeaban el Instituto Lila con una paleta de ocres y dorados, dentro de la residencia, el aire ya no se sentía cargado de la tensión eléctrica de los primeros meses, había una nueva cadencia, una rutina hecha de paciencia, silencio y pequeños pasos que, aunque minúsculos para el mundo exterior, para Ariadna eran conquistas épicas.Lila había progresado, sus piernas ya no temblaban al contacto con el suelo y sus "cicatrices de plata" se habían desvanecido hasta convertirse en finas líneas blancas que solo se veían bajo una luz específica. Sin embargo, su mente seguía siendo un laberinto de lógica binaria, hablaba, sí, pero sus palabras solían ser respuestas a estímulos, descripciones técnicas de su entorno o repeticiones de conceptos que Ethan o los terapeutas le enseñaban.Ariadna, sentada en la mesa de la cocina inundada por la luz de la tarde, pelaba una mandarina, el aroma cítrico, punzante y fresco, llenó el espacio. A su lado, Lila
El silencio nocturno del Instituto Lila era, en teoría, el triunfo absoluto de Ariadna, no había zumbidos de servidores, ni el pulso eléctrico de Cerbero vigilando los sueños de la humanidad. Pero para Lila, el silencio no era paz, era un lienzo vacío donde su cerebro proyectaba los fantasmas de su cautiverio.A las tres de la mañana, un grito rompió la quietud, no fue un grito digital, ni una alerta de sistema. Fue un sonido gutural, cargado de un terror puramente biológico.Ariadna llegó a la habitación de su hija en segundos, encontró a Lila enredada en las sábanas de seda, con el cuerpo arqueado y los ojos abiertos, fijos en un punto inexistente del techo. La niña estaba empapada en sudor, y sus manos rascaban frenéticamente la piel de sus muslos y antebrazos.—¡Lila! ¡Cariño, mírame! —Ariadna intentó sujetar sus manos, pero la niña estaba en medio de un episodio de "memoria de la piel".—Está subiendo... —susurró Lila, su voz quebrada por el pánico—. El fluido está frío. Los cabl
Último capítulo