El silencio nocturno del Instituto Lila era, en teoría, el triunfo absoluto de Ariadna, no había zumbidos de servidores, ni el pulso eléctrico de Cerbero vigilando los sueños de la humanidad. Pero para Lila, el silencio no era paz, era un lienzo vacío donde su cerebro proyectaba los fantasmas de su cautiverio.
A las tres de la mañana, un grito rompió la quietud, no fue un grito digital, ni una alerta de sistema. Fue un sonido gutural, cargado de un terror puramente biológico.
Ariadna llegó a la habitación de su hija en segundos, encontró a Lila enredada en las sábanas de seda, con el cuerpo arqueado y los ojos abiertos, fijos en un punto inexistente del techo. La niña estaba empapada en sudor, y sus manos rascaban frenéticamente la piel de sus muslos y antebrazos.
—¡Lila! ¡Cariño, mírame! —Ariadna intentó sujetar sus manos, pero la niña estaba en medio de un episodio de "memoria de la piel".
—Está subiendo... —susurró Lila, su voz quebrada por el pánico—. El fluido está frío. Los cabl