El silencio nocturno del Instituto Lila era, en teoría, el triunfo absoluto de Ariadna, no había zumbidos de servidores, ni el pulso eléctrico de Cerbero vigilando los sueños de la humanidad. Pero para Lila, el silencio no era paz, era un lienzo vacío donde su cerebro proyectaba los fantasmas de su cautiverio.
A las tres de la mañana, un grito rompió la quietud, no fue un grito digital, ni una alerta de sistema. Fue un sonido gutural, cargado de un terror puramente biológico.
Ariadna llegó a la