La oficina de Elena Rostova en la sede de Global Axis no estaba diseñada para la comodidad, sino para la intimidación, era un espacio de mármol negro y cristal, situado a una altura tal que las personas en la calle parecían hormigas, para Elena, esa era la única perspectiva válida: la de quien observa el mundo desde arriba, decidiendo qué piezas sacrificar.
Marcus Thorne caminaba de un lado a otro frente al escritorio de Elena, su rostro habitualmente arrogante ahora estaba desencajado por una