Había pasado un año desde que las últimas cenizas de los servidores de Thorne Corp se enfriaron en los sótanos de Ginebra, un año desde que el mundo dejó de ser un mapa de datos predictivos para volver a ser un lugar de incertidumbre, de libre albedrío y, sobre todo, de ruidos orgánicos.
El Instituto Lila ya no era noticia en las portadas de los diarios financieros, se había convertido en algo mucho más valioso: una constante silenciosa. Sus leyes de protección de datos biológicos habían sido adoptadas por setenta naciones, y el "Protocolo Prometeo" de Ethan era ahora el estándar de oro para una internet descentralizada y ciega a la vigilancia.
Pero para Ariadna, la verdadera historia no se escribía en los boletines oficiales, sino en el jardín trasero de su hogar, donde el sol de mediodía bañaba los macizos de flores con una luz que no necesitaba ser filtrada por ninguna interfaz.
Ariadna estaba sentada en un banco de piedra, con una taza de café entre las manos, ya no vestía el gris