Había pasado un año desde que las últimas cenizas de los servidores de Thorne Corp se enfriaron en los sótanos de Ginebra, un año desde que el mundo dejó de ser un mapa de datos predictivos para volver a ser un lugar de incertidumbre, de libre albedrío y, sobre todo, de ruidos orgánicos.
El Instituto Lila ya no era noticia en las portadas de los diarios financieros, se había convertido en algo mucho más valioso: una constante silenciosa. Sus leyes de protección de datos biológicos habían sido a