La mañana en las afueras de Ginebra no se anunciaba con el zumbido de los drones de vigilancia ni con el parpadeo de las notificaciones holográficas, se anunciaba con el canto persistente de un mirlo y el suave crujido de las hojas secas de los robles que rodeaban la residencia principal del Instituto Lila. Para Ariadna, este silencio no era un vacío, sino un lienzo.
Frente al espejo del vestíbulo, Lila se ajustaba las correas de una pequeña mochila azul, no era un equipo de soporte vital, ni llevaba baterías para sensores neuronales. Dentro había un cuaderno de papel rugoso, una caja de lápices de colores y una manzana roja, la misma que en el capítulo anterior había marcado su regreso a la voluntad biológica.
Ariadna observaba a su hija en silencio, conteniendo el aliento, ver a Lila luchar con la cremallera de su mochila era, en muchos sentidos, una prueba de resistencia mayor que cualquier infiltración en la Maladeta. Sus dedos, que una vez procesaron trillones de terabytes por seg